El agosto que Valdeorras no olvida
Doce meses después del incendio que recorrió la comarca, destruyó viviendas y dejó miles de hectáreas de monte, viñedos y cultivos calcinados, regresamos a aquellos días a través de quienes los vivieron. No para abrir de nuevo las heridas, sino para recordar lo ocurrido y, sobre todo, a las personas que estuvieron detrás de aquella tragedia.
Ha pasado un año, pero hay imágenes que permanecen. El valle cubierto de humo, las noches iluminadas por el fuego, vecinos esperando con tractores y mangueras a las puertas de sus pueblos, carreteras cortadas, personas desalojadas y una pregunta que durante aquellos días se repetía en prácticamente toda Valdeorras, ¿hasta dónde va a llegar?
Hoy las llamas ya no están. La vegetación comienza lentamente a recuperar algunos espacios y la vida ha seguido su curso, aunque el paisaje conserva todavía las cicatrices de aquel agosto. También las conservan quienes perdieron una vivienda, una viña, un castañar o simplemente contemplaron durante horas cómo el fuego amenazaba aquello que habían conocido toda su vida.
Recordar ahora lo sucedido no significa regresar únicamente al dolor. Significa también poner nombre a quienes estuvieron allí, recuperar las historias que quedaron detrás de las grandes cifras y reconocer una solidaridad que surgió casi espontáneamente cuando la emergencia comenzó a superar cualquier previsión. Porque aquel incendio también se contó desde las calles y desde los pueblos.
Somos Comarca estuvo allí durante aquellos días. Habló con quienes defendían sus viviendas, con quienes tuvieron que abandonarlas, con alcaldes desbordados por una situación que cambiaba cada hora y con vecinos que recorrían carreteras llevando agua o comida. Un año después recuperamos algunas de aquellas voces para que lo ocurrido no quede reducido a una cifra de hectáreas quemadas.
14 de agosto. El comienzo de unos días que cambiarían Valdeorras
El jueves 14 de agosto de 2025, un incendio declarado en Larouco —mi compañera y yo éramos testigos tras presenciar otro ocurrido en Chandrexa de Queixa— comenzaba a avanzar por un territorio castigado por las altas temperaturas y unas condiciones especialmente adversas. En aquellas primeras horas resultaba imposible imaginar que aquel fuego terminaría atravesando municipios, saltando carreteras y ríos y alcanzando prácticamente todos los rincones de la comarca.
Las noticias comenzaron a sucederse con rapidez. Larouco fue el primer escenario, pero el fuego avanzó hacia Petín, luego atravesó el Sil y llegó a A Rúa y desde allí a otros puntos de Valdeorras. Cada nuevo parte ampliaba el perímetro afectado y cada cambio de viento modificaba las previsiones. Lo que inicialmente parecía una emergencia localizada comenzaba a adquirir una dimensión difícil de controlar.
A medida que avanzaban las horas, la preocupación se trasladó también a los pueblos. Ya no se miraba únicamente hacia el monte para comprobar dónde estaba el humo. Los vecinos empezaban a preguntarse por dónde podía entrar el fuego, qué caminos estaban abiertos y qué podían hacer si finalmente las llamas se acercaban a las viviendas.
15 de agosto. El miedo comienza a entrar en los pueblos
El 15 de agosto, Valdeorras empezó a comprender que se enfrentaba a algo diferente. El incendio continuaba creciendo y las llamas avanzaban hacia distintos núcleos. Llegaron los primeros desalojos y también las primeras noches fuera de casa para vecinos que tuvieron que marcharse sin saber qué encontrarían cuando pudiesen regresar.
Durante aquellas horas el fuego dejó de ser algo que ocurría en el monte para convertirse en una amenaza directa para las personas. Las carreteras comenzaron a sufrir cortes, los servicios se vieron condicionados y la preocupación se extendió por una comarca que seguía pendiente del viento y de unos frentes que cambiaban continuamente.
También empezó entonces una dinámica que se repetiría durante los siguientes días. Familiares llamando a familiares, vecinos avisándose unos a otros, grupos de mensajería que no dejaban de recibir información y personas intentando averiguar qué estaba ocurriendo en su pueblo mientras las comunicaciones y los accesos se complicaban.
16 de agosto. Cuando ya no se trataba de salvar el monte
El sábado 16 de agosto marcó uno de los momentos más duros. En Vilamartín, Cernego tuvo que ser evacuado y las llamas alcanzaban ya San Vicente de Leira, mientras el fuego avanzaba peligrosamente hacia otros núcleos. La emergencia había cambiado definitivamente de dimensión: ya no se trataba únicamente de monte. Había viviendas en peligro.
En aquellos momentos, los propios vecinos intentaban contener el avance con los medios disponibles. Tractores particulares, motobombas, palas y mangueras se sumaron al trabajo de los servicios que se encontraban sobre el terreno. La multiplicación de incendios en la provincia hacía que los recursos disponibles tuviesen que repartirse entre numerosos frentes.
San Vicente de Leira y Cernego quedarían para siempre asociados a aquellos días. El fuego entró en los pueblos y destruyó viviendas, construcciones y recuerdos acumulados durante generaciones. También alcanzó otras zonas de Vilamartín, un municipio que terminaría convirtiéndose en uno de los lugares donde la huella humana del incendio resultó más dolorosa.
Unos meses después, el propio alcalde de Vilamartín describiría aquellos tres o cuatro días como los más difíciles que había vivido en sus años de responsabilidad política. Hablaba de impotencia, de falta de medios suficientes para tantos incendios simultáneos y, sobre todo, de la sensación de contemplar cómo algunos pueblos iban a arder sin poder evitarlo.
17 de agosto. Los pueblos se preparan para defenderse
El domingo 17 de agosto, el incendio había alcanzado ya unas 6.000 hectáreas y entraba en O Barco. Outarelo y Vilanova esperaban la llegada del fuego mientras vecinos con tractores y palas se situaban en las zonas desde las que podían intentar impedir que las llamas alcanzasen las viviendas.
La situación tampoco daba tregua en Vilamartín. Arnado y Penouta recibían indicaciones para desalojar y en Correxais los vecinos luchaban contra las llamas. A la emergencia se añadían además problemas con el abastecimiento: en A Rúa, Petín y Vilamartín el elevado consumo de agua y las cenizas dificultaban su correcta potabilización.
Pero entre todas aquellas noticias comenzaron a aparecer historias que explicaban el incendio desde otra perspectiva. Una de ellas fue la de Roblido. Sus vecinos se habían organizado antes de que llegasen las llamas, reunieron una veintena de desbrozadoras y repasaron el perímetro del monte conscientes de que podían terminar teniendo que defender ellos mismos su pueblo.
Cuando finalmente el fuego saltó el río y avanzó empujado por fuertes rachas de viento, aquella preparación dejó de ser preventiva. Los vecinos tuvieron que enfrentarse a lo que llevaban horas temiendo. De aquellos momentos quedó una frase recogida por Somos Comarca que, un año después, sigue resumiendo cómo vivieron aquella jornada: «Estivemos sós para salvar o noso pobo».
18 de agosto. Una comarca en vela
El domingo había terminado con otro dato difícil de asimilar. En apenas doce horas, la superficie quemada por el incendio originado en Larouco había pasado de unas 6.000 a alrededor de 12.000 hectáreas. El fuego avanzaba por Larouco, Petín, A Rúa, Vilamartín, Rubiá y O Barco y continuaba extendiéndose.
La madrugada y el lunes 18 de agosto fueron especialmente largos en muchos pueblos. En Viloira hubo vecinos combatiendo las llamas prácticamente a las puertas de sus viviendas. En Soulecín y Santigoso se mezclaban la angustia y la impotencia, mientras en Alixo regresaba inevitablemente el recuerdo del gran incendio sufrido apenas tres años antes.
Óscar, vecino de Viloira, contó entonces a Somos Comarca cómo había visto aproximarse el fuego durante cerca de dos horas. Las llamas llegaron a quedarse a apenas dos metros de su vivienda. Como él, cientos de personas pasaron aquellas noches pendientes del monte, sin dormir y preparadas para actuar si el fuego cambiaba nuevamente de dirección.
Para entonces, la emergencia ya había transformado completamente la vida cotidiana de Valdeorras. Había pueblos desalojados, viviendas dañadas, servicios alterados y miles de hectáreas quemadas. Sin embargo, al mismo tiempo que el incendio se extendía, comenzaba a crecer otra red mucho más difícil de cuantificar: la formada por quienes decidieron ayudar.
Cuando ayudar significaba simplemente estar
No todos quienes participaron aquellos días llevaban uniforme. Hubo agricultores que pusieron sus tractores a disposición de los pueblos, personas que repartieron agua y comida, vecinos que ayudaron a limpiar perímetros y jóvenes que se desplazaron allí donde creían que podían ser útiles. Muchas veces no hacía falta conocer a quien necesitaba ayuda.
En algunos lugares, esa colaboración fue decisiva para proteger viviendas y núcleos. Mientras los servicios de extinción combatían numerosos frentes simultáneamente, los vecinos hicieron cuanto estaba en sus manos para reducir el riesgo alrededor de las casas. Se mojaban tejados y fachadas, se retiraba vegetación y se vigilaban continuamente posibles reproducciones del fuego.
No todo salió bien. Hubo pueblos donde las llamas ganaron la batalla y familias que perdieron mucho más que bienes materiales. Por eso, recordar la solidaridad no significa convertir aquellos días en una historia heroica ni suavizar sus consecuencias. Significa reconocer que, en medio de una situación extrema, hubo muchas personas que decidieron no mirar hacia otro lado.
Un año después, esa memoria sigue presente. Vilamartín ha decidido reunir el próximo 22 de agosto a quienes colaboraron durante aquellos días en un acto de agradecimiento a los voluntarios. Es una forma sencilla de recordar algo que las cifras nunca podrán recoger: detrás de cada hectárea quemada hubo personas intentando proteger a otras personas.
Después del fuego llegó el silencio
Cuando las llamas comenzaron finalmente a alejarse, llegó el momento de regresar. Y regresar no siempre significó volver a casa. En algunos lugares suponía caminar entre paredes ennegrecidas, entrar en viviendas dañadas o descubrir que aquello que se había dejado apenas unas horas antes ya no existía de la misma manera.
Seis días después del inicio del incendio, las llamas comenzaban a desaparecer del horizonte, pero el balance provisional superaba ya las 20.000 hectáreas. Los nueve concellos de Valdeorras habían resultado afectados de una u otra forma y los daños se contaban en viviendas, templos, viñedos, explotaciones y servicios básicos que habían quedado alterados.
Era el comienzo de otra etapa, mucho menos visible que la del fuego y probablemente mucho más larga. Había que evaluar daños, solicitar ayudas, reconstruir viviendas, recuperar explotaciones y comprobar qué cultivos sobrevivirían. Para muchas familias, el incendio no terminó cuando dejaron de verse las llamas en las montañas.
Las viñas también guardan memoria
El fuego llegó a Valdeorras cuando faltaba muy poco para la vendimia. Alcanzó viñedos y dejó cepas quemadas o seriamente dañadas, añadiendo incertidumbre a familias que dependen directamente de ellas. Meses después todavía resultaba imposible saber con certeza cuáles sobrevivirían y cuáles tendrían que ser arrancadas y plantadas de nuevo.
José Luis Rodríguez, viticultor de Vilamartín, perdió cerca de mil cepas. En enero de este año ya había recibido una ayuda económica por pérdida de renta, pero continuaba esperando la primavera para conocer la verdadera dimensión de los daños. Su historia explica bien por qué las consecuencias de un incendio no terminan cuando se extingue.
Y, sin embargo, la viña también terminó siendo símbolo de resistencia. En diferentes puntos del territorio las parcelas cultivadas ayudaron a frenar el avance de las llamas. Mientras alrededor quedaban laderas completamente negras, algunas líneas de cepas permanecían como una frontera entre el fuego y aquello que había conseguido sobrevivir.
Un año después
Doce meses más tarde, Valdeorras continúa hablando de aquel agosto. No necesariamente para permanecer anclada en él, sino porque todavía quedan preguntas, aprendizajes y consecuencias. En A Rúa, la exposición «Lume», del fotógrafo Brais Lorenzo, ha vuelto a reunir estos días a personas que vivieron los incendios y ha demostrado que existe todavía necesidad de compartir lo sucedido.
El Concello rues ha anunciado incluso su intención de organizar nuevas jornadas durante el otoño para analizar, esta vez desde una perspectiva más técnica, qué ocurrió y qué puede hacerse para evitar que una situación semejante vuelva a repetirse. Recordar adquiere así otra dimensión: la memoria también puede servir para aprender y prevenir.
En Vilamartín, el recuerdo llegará de otra manera. El próximo sábado se rendirá homenaje a quienes ayudaron durante el incendio. Quizá sea una de las formas más serenas de conmemorar este primer aniversario: no volver a mirar únicamente hacia las llamas, sino hacia quienes estuvieron allí cuando alguien necesitó una mano.
Porque un año después siguen existiendo pérdidas que no pueden medirse en hectáreas y recuerdos que probablemente acompañarán siempre a quienes vivieron aquellos días. Pero también permanece la certeza de que, cuando el fuego recorrió Valdeorras, hubo una comarca entera pendiente de sus pueblos y muchas personas dispuestas a ayudar.
No se trata de volver a abrir una herida que necesita tiempo para cerrar. Tampoco de olvidar lo sucedido para poder continuar. Entre ambas cosas existe un espacio para la memoria, para reconocer a quienes estuvieron allí y para aprender de lo ocurrido con la esperanza de no tener que volver a vivirlo.
Ha pasado un año. El paisaje comienza poco a poco a cambiar y la vida ha continuado en los pueblos que aquellos días estuvieron rodeados por las llamas. Pero hay acontecimientos que forman ya parte de la historia de un territorio y que merecen permanecer en su memoria. No por el fuego. Por las personas que lo vivieron.