Casi un año después, Brais Lorenzo todavía se emociona cuando recuerda San Vicente de Leira. Había llegado a la aldea cuando el fuego ya había pasado y, entre las casas arrasadas, encontró a dos vecinos que comenzaron a reconstruir con palabras la vida que había existido allí: los trabajos comunitarios en la plaza, las fiestas, las escenas cotidianas de un núcleo rural que, frente a sus ojos, había quedado reducido a una imagen de desolación.
«Iban narrando esas escenas de vida propias de cualquier aldea y ante ti lo que tenías era una escena de completa desolación, una aldea completamente arrasada por el fuego».
En medio de aquel paisaje descubrió todavía una vivienda ardiendo por dentro. Alarmado, avisó a un grupo de vecinos. La respuesta terminó de devolverle la magnitud de lo ocurrido: «¿Pero qué más da que arda esta casa ya? ¿No te das cuenta de cómo está toda la aldea?». «San Vicente de Leira queda dentro de mí para el resto de mi existencia», admite el fotógrafo.
Ese recuerdo forma parte ahora de «Lume», la exposición que Lorenzo presenta en el Centro Cultural Avenida de A Rúa después de haber pasado por el Parlamento Europeo. Son 25 fotografías seleccionadas entre los miles de imágenes realizadas durante la oleada de incendios de 2025, un trabajo que no pretende limitarse a documentar lo ocurrido, sino mantener abierto un debate que el fotógrafo considera todavía pendiente.
La inauguración en A Rúa permitió, además, que las fotografías regresasen al territorio y se encontrasen con quienes vivieron directamente aquellos incendios. Algunas de esas personas tomaron la palabra, aportaron sus experiencias y se emocionaron ante unas imágenes que presenciaron en directo.
Para Lorenzo, ahí reside parte del sentido del fotoperiodismo: «Llevar las historias también a los lugares donde suceden las cosas», practicar una suerte de periodismo «de ida y vuelta» que no se agota cuando una fotografía se publica y desaparece de la actualidad.
Su objetivo es otro: «Ponerlo en el debate público, político, social, a todos los niveles que se pueda» y hablar no solo de las consecuencias, sino de las causas y de las posibles soluciones.
Incendios que ya no se pueden apagar
Lorenzo lleva fotografiando fuegos forestales desde 2011 y esa perspectiva temporal le permite medir una transformación que, asegura, no puede explicarse únicamente por el número de hectáreas quemadas.
Cuando comenzó, recuerda, un incendio de 300 o 500 hectáreas ya era considerado un gran incendio forestal y recibía ese tratamiento también desde el punto de vista informativo. En agosto de 2025 llegó a encontrarse con cuatro o cinco fuegos simultáneos que superaban las 10.000 hectáreas cada uno. La diferencia fundamental está, sin embargo, en su comportamiento.
Los denominados incendios de sexta generación pueden alcanzar tal intensidad que llega un momento en el que los medios de extinción dejan de tener capacidad para combatirlos de manera efectiva. «Llega un momento que no se pueden apagar».
Entonces cambia también la prioridad: proteger las aldeas, evacuar a la población, salvar vidas y esperar a que la meteorología o la propia evolución del incendio permitan recuperar algún grado de control. «Llega un momento que son auténticos monstruos».
Para Lorenzo, la experiencia de los últimos años obliga a abandonar la idea de que se trata de episodios excepcionales. El problema, advierte, «ha llegado para quedarse».
«La pregunta sería cuándo va a suceder»
De esa constatación deriva una de las reflexiones más contundentes que plantea el fotógrafo después de haber recorrido durante años incendios en distintos puntos de Galicia. En las zonas rurales, sostiene, la pregunta ya no debería ser si algún día llegará un gran fuego. «La pregunta para mí sería cuándo va a suceder».
Lorenzo reclama por ello que las administraciones avancen en protocolos de seguridad comprensibles y conocidos por la población antes de que se produzca una emergencia: saber cuáles son las vías de evacuación, cómo sacar de las aldeas a las personas de mayor edad, qué papel puede asumir la población joven o de qué manera actuar cuando las llamas se aproximan a un núcleo habitado.
No se trata, en su planteamiento, de improvisar cuando el incendio ya está encima, sino de asumir previamente que determinadas áreas rurales se encuentran expuestas a un riesgo creciente. «Este tipo de protocolos deberían estar muy claros en las zonas rurales de Galicia porque somos una zona de peligro, tenemos esta problemática y esto no va a mejorar».
Su diagnóstico incorpora el cambio climático, pero no solo. Lorenzo relaciona también la magnitud de los incendios con el abandono del medio rural, la desaparición de los usos tradicionales y la pérdida de aprovechamientos que durante décadas contribuyeron a gestionar el territorio.
El problema, además, ha dejado de contemplarse únicamente en clave gallega. Francia, Italia, Grecia, Portugal o Rumanía forman parte de un escenario europeo en el que los grandes incendios son cada vez más recurrentes.
Que «Lume» se mostrase en el Parlamento Europeo respondía también a esa voluntad de trasladar la cuestión a un espacio político en el que la dimensión del problema pudiera observarse más allá de las cifras.
Elegir qué se enseña y qué no
Detrás de las 25 fotografías seleccionadas para «Lume» existen cientos que nunca se expondrán ni llegarán a publicarse. Una jornada de trabajo podía terminar con 700 u 800 fotografías en las tarjetas de memoria. Después comenzaba una parte menos visible del oficio: revisar, seleccionar y decidir qué imagen explica realmente lo sucedido. También qué imagen no debe difundirse.
Lorenzo reconoce que los fotoperiodistas se autocensuran en ocasiones, especialmente cuando trabajan con situaciones de enorme carga emocional, ya que publicar una fotografía implica también preguntarse qué información aporta y hasta dónde resulta necesario mostrar el sufrimiento de quien aparece en ella.
Durante uno de los incendios del pasado verano, en O Ribeiro, fotografió a una mujer que lloraba mientras veía arder sus colmenas. Tomó las imágenes. Después decidió no enviarlas. «Muchas veces tienes que decidir bien qué es la información, cuál es la información que quieres transmitir».
Ese proceso de elección no comienza únicamente delante del ordenador. También se produce sobre el terreno, donde el fotógrafo debe decidir desde qué distancia contar lo que está ocurriendo.
En el incendio de O Barco de 2022, Lorenzo estaba trabajando junto a los equipos de extinción cuando comprendió que la primera línea no le permitía explicar la verdadera dimensión del fuego. Se alejó y subió al mirador de O Castro. Desde allí fotografió O Barco rodeado por las llamas. La imagen terminó en la portada de The Wall Street Journal. «Muchas veces las mejores imágenes incluso se toman tomando distancia», explica.
Esa distancia, sin embargo, hay que decidirla sobre la marcha. «Todo esto lo tienes que analizar en minutos, en segundos a veces, y tomar decisiones, a veces acertadas y otras veces no».
Y antes de pensar en la fotografía está la seguridad. Lorenzo estudia la cartografía, la orografía, los accesos y la posible evolución del incendio antes de aproximarse. La primera pregunta que se hace es muy concreta. «Yo lo primero que hago es mirar por dónde me puedo escapar».
Una precaución que se ha vuelto todavía más importante a medida que los incendios aumentan su velocidad, su intensidad y su capacidad para modificar de manera imprevisible el comportamiento previsto.
Entre la fascinación y la destrucción
Una de las imágenes de «Lume» condensa especialmente bien la relación de Brais Lorenzo con aquello que lleva quince años fotografiando.
Es una vista nocturna del incendio de Seadur-Larouco, tomada después de que las llamas hubiesen recorrido miles de hectáreas y cuando avanzaban hacia la Serra do Courel. En la fotografía aparecen las montañas, las estrellas y lo que él describe como «las heridas del paisaje».
El fuego es para Lorenzo destrucción, peligro y sufrimiento, pero también un elemento capaz de ejercer una poderosa atracción visual.
«Tengo una relación con el fuego de admiración, de veneración. Es un elemento mágico, místico, muy presente en la cultura popular gallega, de una gran belleza».
Reconoce que puede quedarse absorto observándolo, como le ocurre con el mar, precisamente porque ambos comparten una fuerza que fascina al mismo tiempo que obliga a respetar su capacidad destructiva.
También admite la contradicción que supone contemplar la belleza de algunos incendios, especialmente durante la noche, mientras se conocen las consecuencias que las llamas están dejando fuera del encuadre.
Esa tensión atraviesa buena parte de su trabajo: aproximarse lo suficiente para contar lo que está sucediendo sin olvidar nunca que existe un punto a partir del cual la fotografía deja de importar. «En muchas ocasiones lo único que queda es la escapatoria y poco más».
«Lume» permanecerá inicialmente durante diez días en el Centro Cultural Avenida de A Rúa, aunque su estancia podría prolongarse en función de la acogida y la afluencia de público.
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