domingo. 29.03.2026

Informados… y agotados

Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, cada vez más personas sienten ansiedad, cansancio emocional o una sensación constante de amenaza. La psicóloga Iria Fernández explica por qué nuestro cerebro no está preparado para vivir todas las tragedias del mundo a la vez
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Informados… y agotados

Basta con desbloquear el móvil. Un titular lleva a otro. La guerra escala en Oriente Medio. Un caso de eutanasia reabre debates. Violencia, crisis, incertidumbre. El dedo sigue bajando, casi sin darse cuenta. Y, cuando uno quiere parar, ya es tarde: algo se ha quedado dentro.

Cada vez más personas reconocen terminar el día con una sensación difusa de inquietud, como si el mundo fuera un lugar más peligroso de lo que realmente es su vida cotidiana.

Iria Fernández, psicóloga del Centro Resiliencia de O Barco, lo ve con frecuencia en consulta. «El estar constantemente expuestos a estas noticias hace que vivamos como en una tensión continua», explica. Y añade un matiz importante: muchas de esas personas ya arrastraban ansiedad o malestar previo, pero la sobreexposición actúa como un amplificador.

Y la realidad es que no suceden más cosas, pero ahora las vivimos todas, todo el tiempo.

Un cerebro en alerta permanente

La clave está en cómo funciona nuestra mente. El cerebro humano no procesa todas las noticias por igual. De hecho, está diseñado para fijarse más en lo negativo. «Nuestro cerebro está programado para prestar atención a las amenazas», señala Fernández. Es lo que en psicología se conoce como sesgo de negatividad. Durante miles de años, detectar un peligro a tiempo podía marcar la diferencia entre sobrevivir o no.

El problema es que ese mismo mecanismo sigue activo hoy. Y reacciona igual ante un peligro cercano que ante una noticia que ocurre a miles de kilómetros.

Así, una escalada bélica internacional o una historia personal que se vuelve mediática pueden activar en nosotros respuestas emocionales intensas, aunque nuestra realidad inmediata no haya cambiado. El resultado es una sensación constante de alerta.

Cuando todo parece más peligroso de lo que es

Esa activación sostenida tiene consecuencias. La más evidente es la ansiedad, pero no es la única. «Las personas pueden sentir que el mundo es un lugar cada vez más peligroso, aunque su vida cotidiana sea segura», explica la psicóloga. A eso se suma la sensación de impotencia: muchas de las noticias que consumimos hablan de problemas globales —guerras, crisis climáticas, conflictos sociales— sobre los que no tenemos capacidad de acción. 

Y aparece también el cansancio emocional. La llamada fatiga informativa. El cerebro se satura. En ese punto, algunas personas optan por desconectar por completo. Otras hacen justo lo contrario.

El bucle del “doomscrolling”

El fenómeno tiene nombre: doomscrolling. Consiste en seguir deslizando el dedo por una sucesión interminable de noticias negativas, enlazando una con otra. «La persona empieza leyendo una noticia preocupante y acaba pasando mucho tiempo consumiendo más contenido negativo», explica Fernández. Lejos de aliviar la incertidumbre, ese hábito incrementa la activación emocional y el estrés.

Es un bucle difícil de romper. Porque el propio diseño de las plataformas favorece ese tipo de contenido: lo más impactante, lo más alarmante, lo que más engancha.

En este contexto, hay historias que traspasan la pantalla y se instalan en la conversación cotidiana. Casos como el de Noelia, la joven de 25 años a la que finalmente se le concedió la eutanasia, generan un impacto emocional especial. No solo por lo que cuentan, sino por lo que despiertan: debate, identificación, posicionamiento.

«Muchas veces opinamos desde nuestro asiento, sin conocer las circunstancias de los demás», reflexiona la psicóloga. Y recuerda que, en cuestiones así, la realidad suele ser más compleja de lo que parece desde fuera. Ese tipo de noticias no solo informan. Interpelan.

La diferencia con respecto a hace unos años es clara. Antes, las noticias tenían un momento concreto: el informativo, el periódico. Hoy llegan a cualquier hora, en cualquier lugar, a través del móvil. Notificaciones, redes sociales, grupos de mensajería.

La exposición es constante. «El cerebro humano no está diseñado para recibir tragedias del mundo entero las 24 horas del día», resume Fernández.  La solución no pasa por dejar de informarse. Pero sí por cambiar la forma en que lo hacemos.

Limitar el tiempo de exposición, elegir fuentes fiables, evitar el consumo de noticias antes de dormir o equilibrar la información con contenidos positivos son algunas de las recomendaciones que señala la psicóloga.

Pequeños ajustes que pueden marcar la diferencia. Porque el problema no es saber lo que pasa en el mundo. El problema es no darle a la mente un respiro para procesarlo.

Aquí puedes escuchar la entrevista completa:

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