En Valdeorras Pueblo a Pueblo seguimos nuestro recorrido. Esta vez nos dirigimos a Cernego, un pueblo de montaña, soleado y singular, conocido también por haber sido el primer lugar de Valdeorras al que llegó la corriente eléctrica.
Nos adentramos en rincones que sólo sus moradores conocen, descubrimos la riqueza natural y artística y desvelamos secretos de una tierra y de sus gentes. Conocemos las aldeas de la comarca de la mano de sus vecinos, que compartirán su manera de vida, tradiciones e historia. En Valdeorras Pueblo a Pueblo hacemos parada en Cernego, en el municipio de Vilamartín de Valdeorras.
Nuestro viaje comienza en Vilamartín. Ascendemos por la calle das Covas, dejamos atrás el Pazo de los Caballeros y tomamos la carretera que nos conduce hacia Cernego. La montaña nos acompaña. También las huellas del fuego. Árboles quemados. Laderas desnudas. Silencios que todavía hablan.
Desde lo alto, las vistas sobre el valle son espectaculares, aunque la herida del incendio sigue muy presente. Al otro lado de la montaña aparece Cernego. Pequeño. Soleado. Abrazado por el paisaje.
Allí nos esperan sus vecinos. Muchos viven fuera, porque sus familias marcharon en los años sesenta y setenta a otros lugares de España y Europa buscando una vida mejor. Pero todos regresan cuando pueden. Porque Cernego sigue siendo casa.
Es un pueblo pintoresco. De calles estrechas. De pasadizos entre viviendas. De casas levantadas en piedra. De tejados de pizarra. De balcones y corredores orientados al sol. Aquí, la arquitectura tradicional de la montaña valdeorresa se conserva en cada rincón.
Es un lugar que no se descubre de golpe. Hay que caminarlo despacio, mirar hacia arriba, detenerse en una puerta, en una escalera o en una piedra gastada por el tiempo. Las casas se agrupan unas junto a otras. Los caminos son estrechos. Las fachadas miran al sur. Y la luz acompaña durante buena parte del día. Por eso Cernego encandila. Porque se va revelando poco a poco, casi en silencio.
Uno de sus referentes es la iglesia de San Víctor, un templo lleno de historia. Hay referencias a Cernego ya en el año 922, cuando el monasterio de Monasterio de Samos tenía propiedades en esta zona. En su interior se conserva un retablo con tallas barrocas, un pequeño tesoro de la devoción popular.
Los vecinos recuerdan un Cernego muy distinto. Un pueblo lleno de gente, con baile los domingos, carnaval, escuela, cura, Guardia Civil, estanco, carnicería y tienda. Venía gente de los pueblos cercanos a bautizarse, a casarse, a bailar o simplemente a encontrarse. Fue un núcleo importante, con mucha juventud y una vida social intensa.
Se vivía del campo. Del trigo, del centeno, del maíz, de las patatas, del ganado y, sobre todo, de la castaña. Cuentan que la castaña de Cernego era de las mejores de la zona. En temporada llegaban las cigacheiras, mujeres que venían a recogerlas y que se quedaban durante semanas. Trabajaban de día y por la noche participaban en los fiandóns, donde se hablaba, se reía, se cantaba y también se pretendía. Eran tiempos duros, pero llenos de comunidad.
Los recuerdos aparecen uno tras otro: los bailes en la era cuando hacía buen tiempo, los juegos de bolos, las chapas, las bromas de San Juan, los tiestos cambiados de sitio, la fuente, la escuela llena, los niños llevando leche y pan, y los mozos asistiendo a clase por la noche después de trabajar.
La vida no era fácil, pero estaba llena de gente. Y cuando un pueblo está lleno de gente, también está lleno de historias. Después llegó la emigración. Primero algunos marcharon lejos; después, en los años sesenta, se fueron muchos más. Uno abría camino y luego iban los demás. Bilbao, San Sebastián, Salamanca, Suiza, Alemania o Francia se convirtieron en destino para muchas familias.
Las casas fueron quedando vacías, la escuela cerró y la juventud se fue. Pero Cernego siguió ahí, esperando los regresos y conservando la memoria.
Y entonces llegó el fuego
El incendio del pasado agosto marcó un antes y un después. Aquel día muchos vecinos estaban en el pueblo preparando una comida popular, como cada año. Primero el fuego parecía lejano, pero después avanzó demasiado rápido. Las llamas saltaban de un lado a otro, las piñas explotaban, el monte sonaba y el viento empujaba el incendio hacia las casas.
Los vecinos recuerdan el miedo, la falta de cobertura, la falta de agua y la incertidumbre. Recuerdan las llamadas, las campanas, las órdenes de evacuar y también a quienes se quedaron hasta el último momento tirando de mangueras, manejando batefuegos, protegiendo viviendas e intentando salvar animales y recuerdos.
Intentando salvar lo insalvable.Una vecina lo resume con una frase que lo dice todo: «Aquel día se me rompió el alma y no tengo medicamento para curarlo». El fuego quemó casas, montes, caminos y parte de la historia material del pueblo. Pero no pudo quemarlo todo. Quedaron paredes. Quedaron flores que milagrosamente no ardieron. Quedaron viviendas rodeadas por las llamas que siguieron en pie.
Quedó la unión de los vecinos y quedó la voluntad de regresar
Hoy Cernego mira al futuro con una mezcla de dolor y esperanza. La reconstrucción no es fácil. Muchas casas forman parte del patrimonio tradicional y recuperarlas exige levantar muros, rehacer tejados de pizarra y conservar fachadas de piedra.
Todo cuesta. Pero los vecinos no piden lujos. Piden poder volver. Recuperar un lugar donde estar. Una casa. Un hogar. Una parte de sí mismos.
Cernego fue conocido como el pueblo de los corredores. Y todavía hoy esos corredores cuentan historias de infancia, emigración, trabajo, fiestas, fuego y resistencia. Porque un pueblo no es solo un conjunto de casas. Un pueblo son sus voces, sus ausencias, sus regresos, sus campanas, sus caminos y sus recuerdos.
Dejamos atrás las voces de sus gentes, las calles estrechas, los corredores al sol, la iglesia de San Víctor, las casas de piedra, las cicatrices del fuego y la hospitalidad de quienes nos abrieron las puertas.
Nos llevamos memoria, emoción y la certeza de que Cernego sigue vivo. Gracias a los vecinos de Cernego por compartir su historia. Nos vemos en la próxima parada de Valdeorras Pueblo a Pueblo.
