
Las llamas arrasan montes, viñas y casas. Pero también encienden un incendio invisible que afecta a la mente de quienes lo viven. «Una herida física la curas, pero la emocional, si no la atiendes, puede aparecer más tarde», advierte la psicóloga Iria Fernández, natural de Vilamartín, una de las localidades más golpeadas por el último gran fuego en Valdeorras.
Durante los primeros minutos, explica, el cuerpo reacciona como si sonara una alarma interna: corazón acelerado, respiración agitada, temblores, confusión, miedo extremo. «Algunos salen corriendo sin rumbo, otros se bloquean y no pueden moverse. Todo eso es normal: es instinto de supervivencia», aclara.
Quince días después del incendio, puede experimentarse un punto de inflexión. «Es el momento en que se decide si esas reacciones desaparecen o si derivan en problemas mayores. Depende del apoyo emocional que tengan», señala Fernández. Los síntomas más habituales son insomnio, irritabilidad, sobresaltos, culpa o tristeza. También la evitación: vecinos que no levantan la persiana porque el paisaje quemado les recuerda lo ocurrido.
A largo plazo, el riesgo es más serio: estrés postraumático, depresión, consumo problemático de alcohol o fármacos y dificultades en las relaciones. «Por eso es tan importante consultar con un profesional si notamos que algo no va bien. Igual que vamos al médico con una herida, debemos acudir al psicólogo con una herida emocional», insiste.
El incendio no solo afecta a las víctimas directas —evacuados, heridos, quienes han perdido su vivienda—. También golpea a las secundarias, como familiares, amigos o quienes vieron el fuego avanzar desde la distancia con la incertidumbre de no saber hasta dónde llegaría. Y a las terciarias: la comunidad entera, los viticultores que han perdido sus viñas, los vecinos que sienten vulnerada su seguridad y también los brigadistas y sanitarios expuestos a un estrés extremo.
La devastación ha dejado un duelo colectivo. «En Valdeorras miras a cualquier lado y ves una montaña negra. Eso hay que curarlo también», apunta Fernández, que confiesa haber sentido ella misma pánico cuando las llamas se acercaron al pueblo de Vilamartín. Pero entre el miedo también brotó la resiliencia.
Jóvenes y vecinos se organizaron para apagar focos, dar comida a los animales y apoyar a quienes lo habían perdido todo. «Ese sentimiento de utilidad es un factor protector frente al trauma», explica la psicóloga.
Al final, de las cenizas no solo brota el dolor, también la solidaridad. Y quizás ahí se esconda la clave para cicatrizar las heridas invisibles: curar juntos lo que el fuego se llevó.