Hay lugares donde el tiempo parece detenerse. Rincones donde fe, recuerdos y convivencia continúan latiendo con la misma fuerza que hace siglos. Eso ocurre cada mes de mayo en la Romería del Santo Cristo de Prada, en el municipio de A Veiga, una de las celebraciones más queridas y tradicionales de la zona de A Veiga.
Desde primera hora de la mañana comenzaron a llegar vecinos y familias procedentes de Prada, pero también de otros muchos pueblos como San Fiz, Santoalla, Chao das Donas, Casdenodres, Manzaneda, O Barco, Petín, A Rúa, Santa Cruz o Celavente. Algunos acudían por devoción, otros por tradición familiar y muchos simplemente para vivir una nueva experiencia porque esta romería forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones.
El imponente Santuario del Santo Cristo, levantado sobre una ladera que domina el valle del río Xares, volvió a convertirse en punto de encuentro. Un lugar rodeado de montaña, silencio y enormes castaños que parecen custodiar siglos de historias.
Tras la misa solemne tuvo lugar la tradicional procesión alrededor de la iglesia. Hoy el recorrido se realiza en torno al santuario, aunque los mayores recuerdan otros tiempos en los que existía un altar exterior donde se celebraba la misa de campaña porque el templo no era capaz de acoger a todos los romeros. «A xente poñíase todo alrededor e a misa dicíase no altar de fóra porque non entraba a xente», recordaba emocionada Luisa, una mujer de Prada que vive en Madrid y vuelve siempre que puede a laebración.
Su relato, pausado y lleno de imágenes del pasado, fue dibujando cómo era antiguamente la romería. «Viña xente de moi lonxe andando e tamén con cabalerías», contaba. En las casas cercanas se daba «un plato de caldo para cear» a los peregrinos y «a herba para a cabalería». Porque entonces no había coches y el camino hasta el santuario se hacía a pie o en carros.
Bajo los castaños todavía parecen resonar aquellas jornadas multitudinarias en las que la gente ocupaba toda la ladera. «Sempre foi unha festa, houbo moita festa», repetía Luisa mientras señalaba los antiguos espacios donde se guardaban las caballerías o se apilaban los “bullotes”, en las tablas puestas por los vecinos.
La historia del santuario también está envuelta en leyenda. Según relató Luisa, todo comenzó siglos atrás en tiempos de un antiguo conde de Vilaverde y de una pequeña capilla donde acudía el cura del pueblo a decir misa. Más tarde, unos pastores habrían encontrado un Cristo en un castañar. Intentaron trasladarlo con carros y bueyes, pero al llegar al camino los animales se detuvieron y no quisieron continuar. «Entón fixou o seu santuario aquí», explicaba Luisa invadida por una intensa emoción.
Sea historia o tradición oral, lo cierto es que el lugar conserva un magnetismo difícil de explicar. Incluso para quienes llegan por primera vez. «Non son relixiosa, pero son moi espiritual», confesaba una de las personas que había ido por primera vez a la romería. «Cando cheguei aquí sentín algo… arrepiánseme todos os pelos cando o conto».
Después de los actos religiosos llegó otro de los momentos más esperados: la comida popular. Familias y grupos de amigos desplegaron mesas y manteles alrededor del santuario y bajo la sombra de los castaños en un ambiente festivo y de convivencia.
Además, el Concello de A Veiga repartió panceta asada acompañada de vino con D.O. Valdeorras, mientras la música y el baile pusieron el broche final a una jornada marcada por el reencuentro y la tradición.
La romería, documentada ya en 1801 aunque con referencias anteriores que se remontan al siglo XVII, sigue manteniendo viva una de las estampas más auténticas de la montaña ourensana.
El santuario —de planta de cruz latina y con clara influencia arquitectónica de Santuario de As Ermidas— conserva además uno de sus elementos más singulares: el balcón exterior desde el que antiguamente se oficiaban las misas para los miles de peregrinos que acudían al lugar.
Porque más allá de la religión, la Romería del Santo Cristo de Prada sigue siendo algo mucho más profundo: un regreso a las raíces, a la memoria de quienes caminaban durante horas para llegar hasta aquí y a esa forma sencilla de compartir mesa, conversación y vida bajo los castaños.
