
Cada día, un grupo de voluntarios recorre los caminos ennegrecidos para dejar fruta, grano y agua a los animales que aún resisten. Entre ellos están Ana, Feli, Álvaro y Charo, que con el maletero cargado de sacos y cestos de fruta se lanzan a la tarea de alimentar a los supervivientes de la catástrofe.

Los incendios que arrasaron los montes de la comarca dejaron un paisaje devastado: árboles calcinados, fuentes de alimento destruidas y cientos de animales sin refugio. Los que sobrevivieron al fuego se encontraron con un problema añadido: no había ni dónde guarecerse ni qué comer.
Ante esa realidad, un grupo de vecinos decidió no quedarse de brazos cruzados. «Necesitábamos hacer algo —recuerda Ana—. No somos de mirar hacia otro lado». Así, junto a Feli, Charo y Álvaro, comenzó a recorrer los caminos quemados con lo poco que tenían a mano: fruta de la huerta de la suegra de Feli. Fue el inicio de una iniciativa que poco a poco ha ido creciendo.

De un gesto improvisado a una red solidaria
Al principio cargaban en el coche sacos de manzanas y maíz, sin saber muy bien si los animales llegarían a comerlos. Pero la idea se extendió. «Lanzamos un llamamiento y empezaron a responder vecinos con huertas, gente que nos preparaba fruta en cestos. Eso nos dio mucho ánimo», explica Feli.
La red se amplió de manera espontánea. Amigas, madres con sus hijos, alumnos de yoga o vecinos de otros pueblos comenzaron a sumarse. «Cada persona aporta lo que puede: tiempo, fruta, un viaje al monte. No hace falta gran cosa, solo voluntad», cuenta Ana.

Una labor abierta a todos
Los cuatro insisten en que no se trata de un grupo cerrado. «No tenemos que estar siempre los mismos. Cualquiera puede llevar comida al monte. Lo importante es la acción, que los animales tengan algo para sobrevivir», apunta Ana.
El trabajo, además, tiene un valor educativo. Algunas familias ya lo practican con los más pequeños. «Es una manera de enseñarles a preocuparse por los demás y por la naturaleza», destacan.

Mirando hacia adelante
Por ahora, la fruta de temporada está siendo la base de la ayuda, pero todos son conscientes de que con la llegada del invierno habrá que buscar otros recursos. «Tenemos contactos que nos han donado sacos de grano, que en los próximos meses serán muy necesarios», dice Feli.
Pese a las dificultades, la motivación se mantiene. «Lo que más alegría da es llegar a un punto y ver que los animales han comido. Eso compensa cualquier esfuerzo», asegura Ana.
Feli es la que encabeza la caravana porque además de ser la que mejor se orienta y saber donde han colocado los alimentos y si es necesario parar a reponer, también lleva en el maletero de su coche la comida.
Álvaro es el primero en bajarse del coche en cada parada, mira que es lo que falta, se va al maletero y se dispone a llevar el alimento a la zona de los comederos.

Ana se encarga del agua, después de rellenar los recipientes —algunas veces son objetos encontrados por el monte y otras botellas de agua que Feli recorta en su casa y que hacen la función de bebedero— mete una piedra y un palo para que los «bichos pequeños puedan salir al caerse en el agua. La piedra además de estar con una parte fuera del agua también es para que no se vuelque el recipiente
Un ejemplo de comunidad
De lo que fue una tragedia ha surgido una red solidaria que crece cada día. Sin grandes estructuras ni burocracia, solo con ganas de ayudar, los voluntarios han demostrado que un pequeño gesto puede marcar la diferencia.
En cada saco de fruta o grano que dejan en el monte no solo hay alimento: también hay compromiso, comunidad y futuro. Como dice Ana, «esto lo puede hacer cualquiera, porque lo importante no es quién lo hace, sino que los animales sigan teniendo una oportunidad».
Hemos acompañado a Ana, Feli, Álvaro y Charo, voluntarios que han demostrado que querer es poder y que la reconstrucción de una comarca nace de gestos pequeños, constantes y solidarios como los suyos.

Si quieres ver el vídeo de como se organizan y como lo hacen haz clic en el siguiente enlace: