viernes. 01.12.2023

Hace escasamente un mes, estaba sentado en un banco, esperando que llegase mi autocar, cuando un hombre de casi noventa años (me lo dijo él al comprobar que yo tiraba a adivinar su edad por lo bajo) se sentó a mi lado y me soltó un “parece que al final se ha quedado buena tarde ¿no?”

No es la primera vez que vivo como protagonista principal una escena parecida, ni mucho menos. Será que tengo cara de paciente interlocutor, o que sé escuchar a los demás, no sé. Pero debo añadir que me encanta permanecer callado y atento cuando alguien extraño me cuenta su vida.

Algo similar me ocurrió hace tres meses, cuando estaba en una terraza y un abuelo me estuvo relatando su vida mientras sus familiares visitaban los monumentos más emblemáticos del lugar, para reencontrarse con él mediante una más que despectiva cuestión: “¿Para esto querías venir?”, y acto seguido a mí con un “Menudo rollo te habrá soltado el abuelo”.

También recuerdo hace más de una década a otro anciano que apuraba cigarrillos negros con la mirada puesta en las fronterizas cumbres Pirenaicas, mientras me relataba con su acento del Alto Aragón, como el contrabando de setas al otro lado de la frontera se convirtió en su modus operandi durante años. Todo valía para sacar a su familia adelante.

Reconozco que tengo ese “no sé cómo definirlo” para permanecer atento y en silencio; asintiendo y sonriendo, o tal vez poniendo cara seria si la ocasión lo requiere, para que el narrador improvisado presienta en mí un receptor idóneo para exportar a mi pabellón auditivo sus memorias.

Ya de niño, yendo en el metro (solo), un sábado para ser más exacto, sentado en un vagón, camino de mi partido semanal de baloncesto, una señora que se apoyaba en un bastón de empuñadura elegante y con cierto aire a la señora Fletcher, me contó sin que yo le preguntase, cómo llegó a Barcelona casi sin zapatos y presa de la pobreza, y cómo se prometió que nunca nadie la pisotearía, sino que sería ella la que anduviese su propio camino.

Ahora, que todo va más deprisa y nadie tiene tiempo, recuerdo que ese tic de saber escuchar, me viene por defecto de mi infancia, tal y como he especificado en el párrafo anterior. Mi abuelo, me solía relatar “un caso” detrás de otro. Anécdotas y situaciones que le habían sucedido cuando iba por su Galicia y parte de otras Comunidades con su rueda de afilar.

La voz de la experiencia es la voz de la vida, y eso es una herencia que debería pasar de generación en generación. No hay nada más limpio que la mirada de la infancia y la de la vejez.

Por eso, si un día una persona mayor se sienta a tu lado y se saca de la chistera una frase que le sirva de excusa para contarte su vida o parte de ella, escúchala con atención, pues será una experiencia enriquecedora; un legado oral, o una banalidad, pero algo lo suficientemente importante para que por un momento le demos al pause de nuestros móviles o Mp3… o hasta a los de nuestros pensamientos.

Acertaba de pleno Pio Baroja, al afirmar que: “Cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer.

Tal vez dentro de poco, seamos nosotros los que también prefiramos recordar que acordarnos.

Las voces de la experiencia