Ayer seguí el movimiento de sus majestades los Reyes Magos por la comarca de Valdeorras, las Terras Altas de Trives y Viana. Fue una tarde larga, intensa y llena de paradas en pueblos y parroquias, cámara en mano, grabando vídeos y tomando fotografías para inmortalizar momentos únicos. Pero, como suele ocurrir en los días verdaderamente especiales, lo más importante no quedó registrado en imágenes, sino en las emociones.
Vi la ilusión en los ojos de niños y niñas, y también en los de muchos mayores. La vi, sobre todo, en las personas de los pueblos, en cómo querían agasajarme simplemente por estar allí, por querer guardar memoria de algo que para ellos es sagrado, la llegada de los Reyes, en tiempo que no eran de tanta opulencia. En sus caras reconocí mi propia ilusión de cuando era niña.
También vi el miedo en algunos pequeños, esos a los que sus padres animaban —a veces casi obligaban— a sentarse en el regazo de Sus Majestades. Porque no es fácil confiar tus deseos a esos señores vestidos de forma extraña, ocultos tras largas barbas, por mucho que mamá y papá repitan una y otra vez: —Pídeselo a los Reyes.
Y vi, igualmente, la incredulidad de quienes ya empiezan a saber. Niños que intentan convencer a sus padres —y quizá a sí mismos— de que los Reyes siguen existiendo, aunque solo sea como una estrategia para seguir portándose bien y no dejar de recibir regalos.
Todo eso me llevó inevitablemente al pasado. A aquellas noches mágicas de mi infancia en las que dormía entre mi padre y mi madre, mientras ellos me hacían sentir que los Reyes caminaban por el largo pasillo de casa. Mi padre, en un susurro cómplice, me decía: —¿Los oyes?
Y vaya si los oía. Incluso sentía el aliento húmedo del camello colarse por debajo de la puerta y rozarme la cara.
Entre silencios escrutados y ruidos que solo existían en mi imaginación, acababa quedándome dormida. Y entonces, una vez más, la magia se producía. Al despertar, allí estaban los regalos: lo que había escrito en la carta, lo que había deseado sin atreverme a poner y aquello que Sus Majestades dejaban por su propia cuenta, cosas que no sabía que deseaba, pero que acababan siendo, quizá, las más maravillosas de todo aquel enjambre de paquetes.
Ayer, esa misma magia me acompañó durante todo el recorrido. Entré en iglesias al mismo tiempo que los Reyes, recibidos con cánticos casi celestiales, como en A Rúa.
Seguí la cabalgata por la calle principal de O Barco. Busqué a Sus Majestades por los pueblos de O Bolo, donde no dejaron de moverse. Me metí de lleno en la representación del Belén en Petín.
En Larouco, recibí el regalo de los Reyes en las manos de un niño como si fuera para mí misma. Y en Vilamartín, el corazón volvió a encogérseme al seguirlos por zonas aún marcadas por el fuego.
Fue un día de trabajo duro, de esos que te dejan exhausta, pero también profundamente reconfortada. Un trabajo que te permite experimentar, sentir y llevarte mucho más de lo que aparentemente vas a buscar.
Hoy, mientras las casas empiezan a despertar y la ilusión vuelve a llenar cada rincón, sé que cuando salga a caminar con mi familia me cruzaré con niños estrenando juguetes, caminando de la mano de sus padres, subidos a una bicicleta nueva, empujando un patinete o persiguiendo un balón.
Y seguiré pensando que el Día de Reyes es el más maravilloso del año. Porque siempre consigue lo mismo: hacer aflorar en mí esa niña ilusionada que llevo dentro.
Feliz Día de Reyes.

