domingo. 21.04.2024
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Reflexión de Juan Álvarez, El Letrastero para finalizar este febrero

            Me gusta pensar que, al igual que existen aquellas personas que se rasgan las vestiduras, también tienen su espacio en este mundo aquellas a las que la conciencia les araña constantemente el sueño, impidiendo que éste alcance esa fase en la que es el dueño y señor del descanso, aunque una empresa de colchones diga lo contrario.

            Por eso, cuando veo en los informativos o leo en los diarios las atrocidades e injusticias que el ser humano propicia, es la reflexión inútil –que es como me gusta definirla–, plena de intenciones, pero condenada a vacuos resultados; la que se lleva de la mano a mis reflexiones a dar vueltas en esa rueda de hamster que son los pensamientos.

            En no pocas ocasiones, me da por triturar cavilaciones sin compasión. Recomiendo tal acción a todo aquel que todavía piense que la vida viene con un color de serie, puesto que, siempre estamos a tiempo de camuflarla con capas de diversas tonalidades. Ya vendrán ya… esprintando las ilusiones. Sujetando la brocha que gotea esa pintura que hemos  elegido nosotros mismos para las paredes de nuestra propia celda.

            Tal y como dijo el escritor japonés Haruki Murakami: “La gente que no piensa es la que nunca escucha”. De tal forma, que aquellos que escuchan, pueden ser metidos en el mismo saco ­–yo… confieso, que ahí respiro y descanso mejor–, en el que pernoctan las cabezas que nunca dejan de girar. Bueno, desmiento lo de descansar repetitivamente, pero… es cierto, el autor de “Tokio Blues” supo dar en la diana con su reflexión.

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¿Qué te parece este banco de reflexión?

            Que sea el viento lo que determine la velocidad de las nubes que pasan por encima de nosotros, no es más que un movimiento propiciado por el impulso. Hay también muchas formas de pasar página, y no hay que tener obligatoriamente un libro entre las manos para ello.

            Desconocemos los nutrientes que tienen nuestras propias sonrisas. Y que su sola propagación, evidentemente, puede ser cualquier cosa menos dañina. Por eso, me gusta mantener a aquellas personas que nos soltaron la mano al mismo tiempo que sus latidos se frenaban hasta detenerse, con esas expresiones que nuestros labios son capaces de crear.

            Pensad, pensad malditos, nos susurra al oído la madre patria de nuestras propias cavilaciones. ¿Y qué tiene eso de malo? Más bien poco. Nada más allá de esa estrangulada deshidratación que lleva a los incrédulos a esquivar el relejo esquivado que sus necesarios parpadeos exigen. Si no lo veo… no lo creo. ¿Veo, veo? ¿Qué será esa cosita?

            Mirando a la lluvia y a su verticalidad, llegué a la conclusión despejada, de que al abrir dos ventanas, nacía una corriente de aire que atraía sin remilgos gotas hacia el interior.

            También, hay que reconocerle méritos a esas mentes que devoran madrugadas sostenidas en el pentagrama de su extirpada sonoridad.

Biennacidos son los insomnios que van al galope por los laberintos de nuestro cerebro; con el ojeroso mirar de aquellos que siempre sueñan con imposibles e utopías que cojean por las cornisas, huyendo de un pragmático despertar, el cual intenta darles caza, para así obligarles a que pongan los pies en el suelo de una vez por todas.

            Por eso, todavía con la cafeína de la madrugada en el paladar, recordé aquel momento en el que vimos en el último bar abierto de Trives a la locuacidad colectiva concediendo y firmando hipotecas de verborrea.

            Atrapar esos momentos con la red de su retentiva y no morir en el intento por ser eruditos de la entomología social, se torna en un sinuoso paseo por vetas al desnudo que la tala expone ante los ojos de la intemperie.

Los anhelos son como almas apagadas al amanecer; se condenan voluntariamente al ostracismo diurno de la puesta en marcha de un nuevo día. Nuestra memoria le suele sacar brillo a aquella estampa pretérita de vasos vacíos de cansancio; muy digna de un lienzo de Henry Tolouse Lautrec.

Elucubrar a unas ideas con tendencia a la sedación. Inmóviles en el último escalón de su estragada reminiscencia; de lo que fueron, lo que extraviaron… de lo que se les escapó de las manos y se fue por el sumidero de aquel vagón en marcha.

            Vidas de vía rápida, vía estrecha… e incluso de vía muerta. Los abrazos amagados de las minutos mancos que barren las esferas de los relojes.

Espejito, espejito, tú que todo lo ves, ¿sabes dónde esconde el razonamiento la gamuza húmeda con la que la filosofía clarea toda percepción? ¿Se la llevó a la tumba? ¿Sí? ¿No? Tal vez sea Pepito Grillo el que decrete el secreto de sudario, dejando su toga colgada en el perchero de un velatorio repleto de razones plañideras y metáforas que no dejan de repetir aquello de: “No somos nada y somos tanto a la vez”.

Exilio en metáfora street