
Enrique Álvarez no se detiene. El incendio que arrasó Vilamartín ya forma parte de la historia reciente del municipio, pero sus consecuencias siguen marcando cada jornada. El alcalde lo sabe: no hay descanso posible, porque lo más difícil empieza ahora. «Hai moito que facer e sabemos que hai que facelo para evitar males maiores», repite con la seguridad de quien conoce cada metro del terreno.
El peligro ya no viene del fuego, sino del agua. Las primeras lluvias fuertes pueden provocar crecidas en el río Leira, en el regato da Filgueira, en el río Farelos y en el arroyo de San Miguel. Esos desbordamientos podrían arrastrar tierra, lodos y restos sobre los pueblos no solo de San Vicente de Leira, también en O Mazo, A Rodeleira, San Miguel, Arcos, Cernego, Bacelo e incluso el propio núcleo de Vilamartín.
Conscientes de que el tiempo corre en contra, en el concello trabajan ya con maquinaria prestada por empresas de la zona para abrir pasos, retirar restos y levantar defensas que frenen posibles riadas. El contacto con la Universidad de Lugo busca orientación técnica, pero la realidad es que las administraciones no actúan y la única salida, de momento, es tirar de los escasos medios propios y de la colaboración privada.
La experiencia que marcó la diferencia
El alcalde habla con la seguridad de quien ya tuvo que adelantarse. Lo demostró cuando, tras tres años de insistencia, pidió la cesión de un tramo de la carretera de San Vicente y habilitó un camino de emergencia con medios propios y de empresas locales. Una decisión arriesgada que acabó, como él mismo recuerda, salvando a los vecinos: «O tempo deume a razón: esa estrada salvou aos veciños cando entrou o lume».
Mientras trata de asegurar lo que queda y proteger a los pueblos de nuevas crecidas, Álvarez no olvida lo que ya quedó arrasado: castaños centenarios, viñas que sostienen la economía de Valdeorras y colmenares milenarios. Piezas que daban identidad a Vilamartín y que ahora son solo cenizas y recuerdo.
El 1 de septiembre se abrirá una oficina en el campo de fútbol para tramitar las ayudas. Pero nadie sabe si alcanzarán. «Somos un concello pequeno, precisamos que nos boten unha man», insiste el alcalde, reclamando tanto apoyo económico como medios materiales para recuperar la normalidad.
El fuego se apagó, pero las consecuencias siguen vivas. Y frente a ellas, Enrique Álvarez se mantiene en pie, consciente de que queda un trabajo inmenso por hacer y de que, muchas veces, lo afronta en soledad. La diferencia es que sabe lo que hay que hacer y no está dispuesto a esperar a que otros decidan por su pueblo.
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