Rosa Alonso Fernández será este año la homenajeada en la Festa do Botelo, que cumple 24 ediciones. El reconocimiento llega después de casi cuatro décadas al frente de un bar que ha acompañado la vida cotidiana de O Barco y por el que ha pasado medio pueblo, generación tras generación. Rosa lo recibe con naturalidad, sin solemnidad, consciente de que sólo ha hecho su trabajo y que ese trabajo, con el tiempo, ha dejado huella.
Nos recibe sentada en una mesa de O Buraco, el lugar al que ha dedicado buena parte de su vida. Tiene una sonrisa fácil y una manera serena de expresarse. Escucha, observa, elige las palabras. Transmite una energía vital sin estridencias, de las que no se imponen, pero permanecen. Cuando repasa su trayectoria no dramatiza ni idealiza. En su discurso hay agradecimiento y una forma limpia de mirar hacia atrás.
Rosa llegó a O Barco en 1984, con 22 años. No era de aquí, pero el pueblo terminó siendo su lugar. En 1987 abrió O Buraco y desde entonces apenas ha cerrado: el día de descanso semanal y algunos días de vacaciones en verano. «Llevo casi 38 años aquí», comenta. El próximo 13 de agosto se cumplirán exactamente. Casi cuatro décadas marcadas por horarios largos, constancia y una presencia diaria que ha ido acompasando la vida del pueblo.
El bar forma parte de esa manera de estar. Para entrar hay que bajar unas escaleras, un gesto repetido durante años por quienes lo frecuentan. Abajo, el espacio es recogido y está lleno de objetos acumulados con el tiempo: radios antiguas, relojes, fotografías, utensilios que se han ido quedando. No responden a una intención decorativa. Están ahí porque formaron parte de momentos compartidos, porque alguien los dejó, porque el tiempo los fue sumando.

Abajo, la barra y el movimiento constante. Arriba, un pequeño espacio con algunas mesas desde el que todo se observa con más calma. Ese equilibrio entre estar en el centro y saber tomar distancia ha marcado también su forma de trabajar. Nunca tuvo un bar grande ni una cocina de restaurante. «Tengo una cocina pequeña, pero me apaño», dice. Y ese “apañarse” ha sido suficiente durante años.
La llamada del Concello para comunicarle el homenaje la pilló trabajando. Tanto, que al principio pensó que se trataba de un error. No esperaba ese reconocimiento. «Yo siempre hice mi trabajo pensando en hacerlo lo mejor posible, en tratar bien a la gente que entraba», explica. Nunca imaginó que esa forma de trabajar, constante y discreta, acabaría siendo motivo de homenaje público.
Su relación con la Festa do Botelo viene de lejos. Ha acudido casi todos los años y siempre ha colaborado con las iniciativas del Concello: los Cantos de Taberna, la Ruta do Pincho, las actividades culturales. Le gusta el ambiente, los encuentros, la gente que vuelve a O Barco solo para esos días. «No es solo la comida», resume. Es todo lo que se genera alrededor.

Por O Buraco han pasado generaciones enteras. Pandillas que empezaron viniendo de adolescentes y siguen entrando hoy. Vecinos de siempre, gente llegada de fuera que acabó regresando cada año. Padres que ahora vuelven con sus hijos. Trabajadores de la pizarra, visitantes de otros países, rostros que ya forman parte del paisaje cotidiano. El bar ha sido durante años un punto de encuentro sin necesidad de proclamarlo.
Rosa tiene decidido que, cuando llegue el momento, cambiará el ritmo. La jubilación, a finales de este año, forma parte de ese horizonte, pero no define el presente. Hoy sigue aquí, atendiendo, conversando, sosteniendo ese espacio que tantos han hecho suyo. «Me siento muy querida», reconoce. Y esa sensación atraviesa todo lo que cuenta.
Cuando suba al escenario del Teatro Lauro Olmo este sábado para recoger el homenaje, no tiene previsto un discurso elaborado. «Daré las gracias», dice. A quienes estuvieron, a quienes ya no están, al pueblo que la acogió. Porque O Barco sigue siendo su casa.


