A las dos de la mañana sonó el teléfono. Rodrigo Marini no dormía. Sabía que en Nueva York se estaba celebrando una gala muy especial y esperaba noticias. Al otro lado estaba su socio en Black Fiction, David Santamaría. La frase fue breve: habían ganado.
El cortometraje Dopamina Zero, rodado en O Barco de Valdeorras, acababa de alzarse con el Premio del Jurado al Mejor Cortometraje en el Winter Film Festival. Era su premier mundial. Y el reconocimiento llegaba desde una de las ciudades que marcan y condicionan el ritmo de la industria audiovisual.
Marini no pudo viajar por trabajo. Vivió un año en Nueva York tras ser becado en la New York Film Academy y guarda un vínculo especial con la ciudad. Esta vez fue Santamaría quien asistió a la proyección. Antes de la llamada ya le había adelantado que la acogida había sido muy buena, que el público había hecho muchas preguntas. Pero hasta que no escuchó la confirmación, no hubo celebración.
«Estaba con mucha ansiedad esperando», reconoce. Cuando supo el resultado, lo compartió en el grupo de WhatsApp del equipo. Algunos contestaron de inmediato, pese a la hora. Es un premio colectivo.
Porque si algo repite el director es que el cine no es un trabajo individual. «Para hacer cine es necesario un esfuerzo colectivo muy grande», explica. En «Dopamina Zero» participaron más de 50 personas, muchas de ellas de Valdeorras. El premio, insiste, pertenece a todo el equipo.
Pero hay algo más. La historia, aunque es ficción, está inspirada en hechos reales y en la experiencia de un amigo suyo, el músico Patricio Barandiarán. El eje del relato es el párkinson de inicio temprano, una realidad que el propio Marini reconoce que desconocía en profundidad antes de comenzar la investigación.
«Pensaba que sabía más o menos lo que era el Parkinson y no tenía ni idea», admite. A medida que avanzaba en la documentación entendió la dimensión de una enfermedad que puede irrumpir cuando los proyectos vitales aún están en construcción. Esa toma de conciencia marcó el proceso creativo.
En Nueva York, según relata, el jurado destacó la calidad técnica del cortometraje y el trabajo interpretativo, pero también el contenido humano de la historia. Les sorprendió el retrato de la enfermedad, lo que el director define como «lo que hay debajo de la piel de un enfermo de Parkinson». Preguntaron incluso si el actor (Juan José Ballesta) padecía la enfermedad. No. Se preparó intensamente para el papel.
El montaje fragmentado fue otro de los elementos que llamó la atención. Una estructura que refuerza la tensión emocional y acompaña el recorrido del protagonista.
Aunque la historia podría haberse contado en cualquier lugar, Marini defiende que O Barco de Valdeorras no es un simple decorado. «No solo contamos con los diálogos, también con lo visual», señala. El río Sil, los puentes y las pasarelas forman parte de la narración. El paisaje acompaña al personaje en su tránsito físico y simbólico.
A la dimensión artística se suma el respaldo recibido en la comarca. Desde el Concello hasta negocios, empresas y bodegas, el proyecto encontró apoyo en Valdeorras. Ese vínculo territorial, explica, también forma parte del resultado.
El premio, sin embargo, tiene una lectura más profunda para el director. Es la primera vez que afronta un drama social y reconoce que el proceso le transformó. «Este corto me hizo crecer como director», afirma. Reafirma, dice, que lo importante es mantener una narrativa clara y un estilo propio, independientemente del género.
Ahora comienza la ruta de festivales, que se extenderá durante aproximadamente año y medio. La siguiente parada confirmada es Corto Gijón, el 5 de marzo. Habrá más selecciones que aún no puede anunciar.
Más allá de los galardones, hay otra respuesta que le ha impactado especialmente: la de asociaciones y pacientes de párkinson. «No me lo esperaba», confiesa. Mensajes, abrazos, palabras de agradecimiento. Personas que se han visto reflejadas. «Eso ya es un premio», sostiene.
Mientras Valdeorras dormía, el nombre de O Barco sonaba en Nueva York. Y al otro lado del teléfono, un director que decidió quedarse despierto confirmaba que una historia nacida a orillas del Sil había cruzado el Atlántico para regresar convertida en reconocimiento internacional.




