Que sepan tu nombre ya no significa que sean quienes dicen ser
Sabían que se llamaba Óscar. Sabían que era cliente de Movistar. Y, cuando descolgó el teléfono, al otro lado una mujer con acento español se presentó precisamente como trabajadora de la compañía. Hasta ahí, nada parecía especialmente extraño. El problema llegó cuando le anunció una supuesta avería en su fibra y una solución difícil de creer: mientras la reparaban, iban a volver a instalarle ADSL.
A Óscar Yáñez, de APP Informática, sus conocimientos le permitieron detectar rápidamente que algo no encajaba. «En cuanto me mencionaron el ADSL… actualmente no se instala en España desde hace un montón», relata. La interlocutora insistió: sería algo temporal y, mientras tanto, tendría datos ilimitados.
Yáñez decidió entonces invertir los papeles. En lugar de proporcionar información, comenzó a pedirla. Le anunció que llamaría personalmente a Movistar para comprobar lo que estaba ocurriendo y solicitó a la mujer su nombre y su número de identificación como trabajadora de la compañía. La respuesta fue inmediata: colgó.
La llamada, recibida hace aproximadamente quince días, sirve para explicar hasta qué punto han evolucionado unas estafas que ya no dependen únicamente de que alguien sea suficientemente incauto para proporcionar sus datos a un desconocido. Los delincuentes pueden comenzar la conversación disponiendo ya de información auténtica sobre la víctima.
«Pueden saber que tengo contrato en Movistar. Pueden saber mi nombre, pueden saber mi dirección, pueden saber muchas cosas de mí», explica Yáñez. El origen puede encontrarse en las innumerables páginas y servicios en los que cualquier persona deja sus datos a lo largo de los años y en las filtraciones que sufren empresas grandes o pequeñas. Esa información termina convirtiéndose en una poderosa herramienta para generar confianza: si quien llama conoce nuestro nombre y sabe cuál es nuestra operadora, resulta mucho más sencillo creer que realmente habla en su nombre.
La urgencia como anzuelo
El patrón suele repetirse. No llaman para anunciar abiertamente que quieren vender algo, sino haciéndose pasar por una operadora, un banco u otra empresa conocida. Y casi siempre existe un problema que debe solucionarse inmediatamente.
«Siempre es algo súper urgente», advierte Yáñez. Una incidencia en la cuenta, una avería o cualquier otra situación sirve para mantener a la víctima al teléfono y conseguir que realice la acción que interesa al estafador.
En el caso de una compañía telefónica, las consecuencias pueden ir mucho más allá de acceder a la cuenta del cliente. Yáñez plantea uno de los escenarios posibles: si el delincuente logra entrar en ella podría acceder a información de facturación e incluso tratar de solicitar un duplicado de la tarjeta telefónica mediante una eSIM.
Es entonces cuando un aparentemente inocente código recibido por SMS adquiere otra dimensión. Si la víctima se lo facilita a quien está al otro lado del teléfono, puede estar autorizando una operación sin saberlo. Y hacerse con el control del número abre, a su vez, la puerta a los sistemas de recuperación de contraseñas y doble autenticación que utilizan numerosos servicios, entre ellos los bancarios.
Por eso, insiste, recibir un código auténtico no convierte en auténtica a la persona que lo solicita.
El 400 permitirá saber cuándo quieren vendernos algo
A este escenario se sumará a partir de octubre un cambio pensado precisamente para que el usuario pueda identificar con mayor facilidad las llamadas comerciales. Las empresas tendrán que utilizar numeración específica del rango 400 para este tipo de comunicaciones.
«Cuando te llaman desde un 400 vas a saber que te quieren vender algo», resume Yáñez. Será, en principio, una llamada comercial legítima: una oferta de telefonía, un servicio o cualquier otro producto. Además, explica, estos números estarán concebidos para realizar llamadas desde la empresa al usuario y no para recibir llamadas de vuelta.
La medida no acabará con las estafas, pero sí proporciona una referencia adicional. Especialmente cuando alguien llama desde un móvil presentándose como una gran compañía y, en lugar de ofrecer un producto, plantea un problema urgente y comienza a solicitar información.
Y precisamente los móviles juegan a favor del engaño. Un número que comienza por 6 o por 7 puede ser el de un repartidor, una cita, un cliente o cualquier persona que no figure en la agenda, por lo que resulta difícil optar simplemente por no contestar.
Colgar y llamar nosotros
Frente a técnicas cada vez más elaboradas, la recomendación de Yáñez es mucho más sencilla: detener la conversación.
Que alguien conozca nuestro nombre o algún otro dato personal «no demuestra que sean quienes dicen ser». Ante cualquier duda, aconseja pedir los datos de quien llama, colgar y contactar personalmente con la compañía a través de sus canales oficiales.
Y, sobre todo, desconfiar cuando la conversación cambia de dirección y quien está al otro lado comienza a pedir códigos, contraseñas o datos.
Yáñez lo resume con una regla fácil de recordar: «Si te llaman para darte algo o para ofrecerte algo, puedes coger la llamada». La alerta debe encenderse cuando sucede lo contrario y son ellos quienes necesitan algo de nosotros.
Porque, en una estafa telefónica cada vez más sofisticada, que quien está al otro lado sepa quiénes somos ya no responde a la pregunta verdaderamente importante: quién es él.