Más de cien personas, a pleno sol y un miércoles al mediodía, escuchando hablar de espectros, cromosferas, cámaras cinematográficas y un eclipse ocurrido hace 114 años. Hasta el propio Salvador Bará se sorprendió este miércoles al contemplar desde el paseo del Malecón el público que aguardaba su conferencia. «Nunca imaxinei que fose haber tanta xente. Isto desde aquí impresiona», reconoció nada más comenzar.
El físico e investigador de la Universidade de Santiago de Compostela regresaba así a O Barco, donde ya había participado en 2012 en los actos organizados con motivo del centenario del eclipse del 17 de abril de 1912, para recuperar una historia en la que la villa no fue simplemente el lugar desde el que se observó un fenómeno astronómico excepcional. Aquí se produjo también un hito científico: el astrónomo catalán Josep Comas i Solà utilizó por primera vez una cámara cinematográfica para obtener información sobre la composición de un cuerpo celeste.

El alcalde de O Barco, Aurentino Alonso, fue el encargado de presentar a Bará ante un público que superó el centenar de personas y destacó la trayectoria de un científico que ha desarrollado buena parte de su carrera en la Universidade de Santiago. Bará, ya jubilado aunque todavía activo en la investigación, rebajó los elogios con humor antes de admitir una certeza que le acompaña desde niño: su pasión por la astronomía comenzó cuando tenía 12 años.
Y precisamente de astronomía, pero también de historia local y de la vida cotidiana de aquel O Barco de principios del siglo XX, habló durante una conferencia que permitió entender por qué el eclipse de 1912 ocupa un lugar singular en la historia científica de la villa.
A comienzos del siglo XX, los astrónomos conocían ya la composición de numerosas estrellas y buena parte de la del Sol gracias al análisis de su luz. Al descomponerla en sus diferentes colores podían identificar los elementos químicos que la habían producido, un descubrimiento que había derribado una de las grandes barreras del conocimiento: por primera vez era posible saber de qué estaban hechos objetos situados a distancias inalcanzables.
«Cando miraron de que estaba feito o ceo, descubriron que estaba feito das mesmas cousas que temos na Terra», explicó Bará para trasladar al público la dimensión de aquella revolución científica.

Quedaba, sin embargo, un problema. Los científicos querían estudiar la cromosfera, una capa muy fina de la atmósfera solar que Bará comparó con «a última pel da cebola». En condiciones normales, el intenso brillo del Sol impedía observarla adecuadamente y los eclipses ofrecían una oportunidad extraordinaria: durante unos segundos, cuando la Luna ocultaba el disco solar, aquella capa podía estudiarse.
El inconveniente estaba en la tecnología disponible. Las cámaras fotográficas de 1912 eran demasiado lentas para captar en tan escaso margen de tiempo las imágenes necesarias. Y ahí apareció la idea de Comas i Solà.

El astrónomo supo que aquel eclipse atravesaría O Barco por una franja extraordinariamente estrecha. La zona desde la que el Sol quedaría completamente oculto tenía apenas unos centenares de metros de anchura, de modo que la elección del lugar exigía una precisión enorme. La sombra había entrado en la península por la zona de Oporto y continuaría después hacia Cacabelos, Villablino y Gijón.
Comas i Solà decidió desplazarse hasta O Barco con una tecnología que apenas acababa de nacer: el cinematógrafo. Su idea consistía en acoplar a una cámara de cine el instrumental utilizado para descomponer la luz y conseguir así muchas imágenes consecutivas del espectro de la cromosfera durante los escasos segundos que ofrecía el eclipse.
«Foi unha novidade absoluta», resumió Bará. Aquella experiencia realizada en O Barco se convirtió en la primera utilización conocida de una cámara cinematográfica para obtener información sobre la composición de un cuerpo celeste. La casa Pathé de París, una de las grandes compañías cinematográficas de la época, cedió una cámara y envió incluso un operador para participar en la expedición.
No era el primer intento de Comas i Solà. Bará relató también, entre las sonrisas del público, cómo el astrónomo había tratado de utilizar anteriormente el sistema durante otro eclipse, pero calculó mal el momento de comenzar la grabación y agotó la película antes de que llegara la fase que pretendía estudiar. O Barco sería su segunda oportunidad.

La historia que Bará recuperó este miércoles no le es ajena. En 2012 formó parte del equipo que investigó aquel episodio con motivo de su centenario, un trabajo colectivo en el que participaron investigadores y entidades gallegas y catalanas, el Observatorio Astronómico de Madrid y colaboradores de O Barco y Viloira. De aquella conmemoración permanece también en el Malecón el reloj solar instalado entonces para recordar el eclipse y la vinculación de la villa con aquella expedición científica. (La Región.
Catorce años después de aquella conmemoración y 114 después de la expedición de Comas i Solà, Bará ha regresado a O Barco para otro eclipse. Y su jornada no termina con la conferencia de esta mañana.
A partir de las 19.00 horas estará en el mirador de Alixo para guiar la observación del eclipse total de Sol dentro de la programación organizada por el Concello. El lugar se convertirá durante la tarde en el principal punto de encuentro habilitado en O Barco para seguir un fenómeno que permitirá contemplar alrededor de 81 segundos de totalidad, acompañado además de food trucks y música con DJ Repunante.
Esta vez habrá teléfonos móviles, cámaras digitales y tecnología que Comas i Solà difícilmente habría podido imaginar. Pero, 114 años después, O Barco volverá a hacer exactamente lo que hizo aquella tarde de 1912: salir a mirar cómo la Luna oculta el Sol.


