Un niño de seis años que se levanta a las tres de la mañana para coger la tablet sin que sus padres lo sepan. Otro que prefiere volver a casa desde el parque antes que seguir jugando. No son casos aislados ni exageraciones. «Esto ya está pasando», advierte la pegadoga María Couso, que participará en los XXIII Encontros Familia-Escola de O Barco, organizados por la asociación Vagalume y el Concello de O Barco, con una conferencia clara en su planteamiento: cómo afectan las pantallas al desarrollo del cerebro infanto-juvenil.
Nos atiende horas antes de esa conferencia. Y responde sin rodeos a algunas de las cuestiones que más preocuparn a los padre. ¿Es alarmista decir que las pantallas están cambiando el cerebro de los niños? «No, en absoluto», responde. Según explica, investigaciones recientes ya certifican un descenso del coeficiente intelectual en la última década, y una de las correlaciones que se estudian es el uso de la nueva tecnología.
Lo que ocurre en el cerebro tiene nombre químico: dopamina. Cuando un menor pasa horas frente a una pantalla, se activa un circuito de recompensa que genera placer inmediato y expectativa constante de más. Couso resume oo que hace la dopamina con una imagen muy gráfica: «Es una gran vendehumos». Nunca es suficiente. Siempre se quiere escalar un nivel más.
Pero el verdadero coste, insiste, no es solo lo que ocurre durante el uso, sino lo que se deja de hacer. «En la infancia el coste del uso de pantallas es precisamente medido en todo lo que dejamos de hacer», señala. Comunicación, lenguaje, relaciones sociales, estimulación cognitiva… cuando la pantalla ocupa espacio, otras experiencias desaparecen.
El desarrollo cerebral no funciona por compartimentos estancos. Si determinados circuitos se alteran, el sistema completo se resiente. Couso vincula esta sobreestimulación con la caída en la capacidad de memorización y con las dificultades atencionales que se observan cada vez más en las aulas. No necesariamente por trastornos como el TDAH, matiza, sino por la exposición a velocidades de estímulo que no existen en la vida real. «Nadie en un entorno real puede ver imágenes a la velocidad a la que sí que se nos exponen dentro de cualquier pantalla».
Otro de los efectos visibles está en la tolerancia a la frustración. «Vivimos en el ya, ya; en el aquí y en el ahora», explica. Si el cerebro aprende que basta con presionar un botón para obtener recompensa inmediata, después cuesta entender que la realidad no funciona así. «Tenemos que aprender a sobrellevar los noes», recuerda.
Esa dificultad para gestionar límites se traduce en problemas de control de impulsos y de regulación emocional. Couso menciona además un aumento de autolesiones, problemas de salud mental y trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes, fenómenos que observa en paralelo al uso intensivo de dispositivos .
Ahora bien, no todas las pantallas ni todos los usos son iguales. «La tecnología es una herramienta y el valor que tiene es precisamente lo que hacemos con esa herramienta», señala. No es lo mismo un uso activo —como escribir un texto— que el consumo pasivo y continuado de vídeos. Tampoco es igual la televisión fija en un salón que un móvil que se lleva en el bolsillo. «La tele no te la puedes llevar puesta», subraya.
En la primera infancia, las recomendaciones son claras. La Organización Mundial de la Salud aconseja exposición nula hasta los dos años. El motivo es neurológico: antes de los dos años y medio o tres, los niños no pueden transferir correctamente lo que ven en dos dimensiones a la realidad tridimensional. «Necesitan experiencias en tres dimensiones», insiste.
Además, señala que los menores expuestos a pantallas antes de los dos años presentan diferencias en el desarrollo de áreas relacionadas con el lenguaje entre los dos y los cuatro años respecto a quienes no han estado expuestos.
Sin embargo, la realidad va por otro lado. En España, cerca del 28% de los niños entre ocho y nueve años ya tiene móvil propio. Y muchos expertos sitúan en los 16 años la edad mínima recomendada para dispositivos con acceso a redes sociales.
¿Cómo saber si el uso se ha convertido en un problema? Couso reconoce que no existe una frontera exacta entre pasión y adicción, pero sí señales de alerta. La principal: dejar de hacer actividades habituales por estar con la pantalla. «Si tu hijo deja de quedar con los amigos porque prefiere quedarse jugando… tenemos un problema» . También los cambios bruscos en el rendimiento académico o las conductas de ocultación.
«No hace falta ser demasiado agudo para observar que el dispositivo puede cambiar determinada conducta», concluye. La tecnología no va a desaparecer. La cuestión, sugiere, es qué lugar ocupa en la infancia y qué estamos dispuestos a perder cuando dejamos que gane demasiado espacio.
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