domingo. 28.06.2026

Las notas no miden el valor de un niño

El final del curso escolar vuelve a situar el rendimiento académico en el centro de muchas conversaciones familiares. Sin embargo, detrás de los boletines de calificaciones también pueden esconderse ansiedad, miedo al fracaso y una presión que termina afectando al bienestar emocional de niños y adolescentes
 
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Las notas no miden el valor de un niño

Con la llegada del verano llegan también las notas finales, las recuperaciones y, para muchos estudiantes, decisiones importantes sobre su futuro académico. Son días de satisfacción para quienes alcanzan los objetivos marcados, pero también de nervios, incertidumbre y decepción para quienes no obtienen los resultados esperados. Una realidad que invita a hacerse una pregunta incómoda: ¿hemos terminado otorgando a las calificaciones un peso mucho mayor del que realmente deberían tener?

La psicóloga del Centro Resiliencia de O Barco, Iria Fernández, considera que, en demasiadas ocasiones, las notas han dejado de ser un simple indicador del aprendizaje para convertirse en un juicio sobre la propia persona. Muchos niños y adolescentes interpretan que de ellas depende la opinión que sus padres tienen de ellos, su futuro profesional o incluso su valor personal. Cuando eso ocurre, un suspenso deja de ser una dificultad académica para transformarse en una vivencia de fracaso.

No resulta extraño en una sociedad cada vez más orientada al rendimiento. Mensajes como «si te esfuerzas puedes conseguir cualquier cosa» o «hay que sacar buenas notas para tener un buen futuro» forman parte del discurso habitual y, aunque nacen con la intención de motivar, también pueden generar una presión difícil de gestionar cuando las expectativas resultan inalcanzables.

En ese escenario, la familia desempeña un papel determinante. Fernández explica que muchos padres desean ofrecer a sus hijos las mejores oportunidades, aunque el problema aparece cuando esas expectativas se traducen en una exigencia constante, en castigos por los malos resultados o en comparaciones con hermanos, compañeros o amigos. Incluso, en ocasiones, los adultos proyectan sobre sus hijos aquello que ellos mismos no pudieron conseguir, aumentando todavía más esa carga emocional.

Las consecuencias no tardan en aparecer. La ansiedad suele manifestarse mediante dolores de cabeza, molestias digestivas, insomnio, tensión muscular o una irritabilidad que muchas veces pasa desapercibida. También pueden aparecer bloqueos durante los exámenes, aislamiento social o un uso excesivo de las pantallas como vía de escape. No es casualidad que durante la época de evaluaciones aumenten las consultas psicológicas relacionadas con este tipo de síntomas.

Paradójicamente, cuanto mayor es el miedo a suspender, peor suele ser el rendimiento. La ansiedad dificulta la atención y la memoria, alimentando un círculo del que resulta complicado salir. Poco a poco, el interés por aprender deja paso a una única preocupación: la nota. El estudiante ya no se pregunta qué ha comprendido, sino cuánto va a sacar.

La comparación permanente tampoco ayuda. Cada alumno aprende de una manera distinta, tiene capacidades diferentes y necesita tiempos diferentes para alcanzar los mismos objetivos. Sin embargo, la tendencia a medir unos resultados frente a otros acaba generando sentimientos de inferioridad y una sensación de que nunca es suficiente.

En los casos más extremos, esa presión favorece la aparición de problemas de autoestima, ansiedad mantenida, síntomas depresivos o un perfeccionismo que lleva a algunos adolescentes a castigarse a sí mismos cuando no alcanzan la excelencia. No importa haber conseguido un nueve y medio; la frustración aparece porque no ha sido un diez.

Frente a esta realidad, la psicóloga propone un cambio de enfoque dentro de las familias. En lugar de centrar la conversación únicamente en el resultado, recomienda interesarse por cómo ha vivido el niño el examen, qué ha aprendido durante el proceso o cuáles han sido sus mayores dificultades. Reconocer el esfuerzo, la constancia y la responsabilidad, aunque la nota no sea sobresaliente, contribuye a construir una autoestima mucho más sólida que cualquier calificación.

También recuerda que los adultos educan con el ejemplo. Si los padres viven cada error como un fracaso o reaccionan de forma desproporcionada ante cualquier contratiempo, los hijos acabarán aprendiendo esa misma forma de gestionar la frustración.

Porque las notas cumplen una función importante: evaluar el aprendizaje. Lo que no deberían hacer nunca es convertirse en la medida del valor de una persona. Detrás de cada boletín sigue habiendo un niño o un adolescente que necesita sentirse aceptado, comprendido y querido mucho más allá de un número.

Las notas no miden el valor de un niño