Dos años «cazando covas» para aprender a leer Valdeorras bajo tierra

Dos años «cazando covas» para aprender a leer Valdeorras bajo tierra
Carina Rodríguez y Cris de la Torre cuentan el trabajo que se esconde detrás de «As covas de Valdeorras», una investigación que las llevó de puerta en puerta hasta localizar 1.103 construcciones. El inventario ya ha vuelto a crecer y ellas lo asumen como «una fotografía de un momento»

Durante más de dos años, Carina Rodríguez y Cris de la Torre tuvieron una pregunta recurrente. «Onde andas?». Y una respuesta que acabó convirtiéndose casi en una forma de vida: «Cazando covas». Se repartieron pueblos, recorrieron caminos, preguntaron a vecinos y fueron alimentando un Excel compartido hasta que el contador llegó a 1.035. «Xa está, Carina. Paramos de contar». Pero no pararon.

Llegaron a 1.103, la cifra revelada el jueves durante la presentación de As covas de Valdeorras. Unha viaxe subterránea pola arquitectura e a cultura do viño. Y apenas unas horas después, sentadas este viernes en los estudios de Onda Cero Valdeorras, ya sabían que tampoco era definitiva.

A las dos nuevas covas que la alcaldesa de Larouco, Patricia Lamela, les comunicó desde el patio de butacas se sumó después otra en A Rúa. «Unha amiga díxome: “¿Contaste a miña?”. E digo: “Non”». Por eso hablan de «un proxecto vivo»: muchas permanecen escondidas, los vecinos conocen unas pero no necesariamente todas y, en cuanto se empieza a preguntar, aparecen más. «Como mínimo, 1.103». 

De hecho, dudaron si incluir estadísticas condenadas a caducar, pero decidieron hacerlo porque el libro debía dejar «unha fotografía dun momento» —unas aparecerán, otras se hundirán y los datos cambiarán— y porque, por primera vez, Valdeorras dispone de una referencia para medir la dimensión de este patrimonio. 

Contar significó hacerlo literalmente puerta por puerta —o «buraco por buraco», cuando ni siquiera había puerta—. Hasta en lugares que creían conocer de memoria llegaron las sorpresas. En As Pinguelas, en A Rúa, localizaron 23; en Vilela, 61; en Fontei, 79, y en Roblido, 44. Nadie las había contado antes.

Y parece que la curiosidad se contagia. Durante la propia entrevista, Sonia Rodríguez comenzó a hacer memoria de las covas de Castrofolla, en Petín: la de Pepa, otra junto a la casa de Elena, la de Álvaro… Llegó a once y enseguida recordó que por la parte baja podía haber dos o tres más. «Non, non, que estamos en 1.103, non nos fastidies», bromearon las autoras. Bastó empezar a contar para que el mapa volviese a moverse. 

Aprender a leer las paredes

Pero «cazar covas» era solo el principio. Después había que comprenderlas. Y si algo aprendieron Carina y Cris es que haber visto una significa eso, una, y no puede extendere a todas.

Las hay de galería, de caño o de cubo, excavadas en terrenos que van desde arcillas y arenas hasta pizarra, cuarcita o granito —algunas directamente en la roca y a golpe de cincel—. Una misma tipología puede ofrecer interiores completamente diferentes dependiendo de lo que haya bajo nuestros pies. 

Ese conocimiento cambió incluso su propia manera de entrar en ellas. «Eu entraba antes nas covas e non entendía nada», reconoce Carina. Después de dos años estudiándolas, «entras e vas lendo as paredes e xa sabes o que pasou. É impresionante». 

Elegir una entre 1.103 resulta complicado —«cambiamos de opinión a cada cova que entrábamos»—, aunque entre las que más les sorprendieron Cris señala una de Baxeles, en la parroquia de A Portela (Vilamartín), excavada directamente en la roca bajo una casa, con escaleras de piedra y prácticamente como hace un siglo. Una bombilla es casi toda su concesión al presente. Carina recuerda también la cova de Manolo, en As Pinguelas, cuyos estratos y cantos rodados permiten leer algo mucho más antiguo: lo que hoy es su techo fue, muchísimo tiempo atrás, el fondo de un río. 

También en Baxeles encontraron otra de esas escenas que difícilmente aparecen en una estadística. Entraron en una cocina y preguntaron por una cova. La mujer señaló hacia el suelo: «Está aquí debaixo. Agora teño a neveira enriba da entrada da cova». Había perdido su uso y el acceso se había tapado —algo que ocurre también para evitar accidentes—, pero seguía allí, bajo la casa. 

El estudio pone números también a esa realidad: 908 covas se conservan, 150 están abandonadas y 45 se han hundido. Y casi todas siguen siendo un patrimonio particular: de las 1.102 cuyo uso pudo determinarse, 1.080 son privadas, 19 profesionales y solo tres públicas —dos pertenecen al Concello de O Barco, aunque no están habilitadas para visitas; la tercera, en Seadur, fue adquirida por los vecinos y acondicionada por el Concello de Larouco—. 

«Un estudo con moitas capas»

Carina y Cris se levantaron este viernes cansadas, pero felices después de la presentación. El proyecto llegó a convertirse en «o cuarto fillo» de Carina y, cuando se les preguntó qué harían ahora con el tiempo libre recuperado, la respuesta llegó rápida: «Con tempo libre non sei a que te refires». El libro se hizo mientras ambas mantenían en paralelo sus respectivos trabajos —el yoga, bromearon, tendrá que seguir esperando—. 

Porque bajo una publicación concebida para resultar visual y amena hay bastante más. «Este libro, sobre todo, é un estudo patrimonial que ten por debaixo moitas capas»: arquitectura, geología, territorio y estadísticas, pero también personas. 

Precisamente ahí se acabó el tiempo en la radio. Quedaron pendientes las historias de quienes les abrieron las puertas, los recuerdos asociados a las covas y todo lo que Carina Rodríguez y Cris de la Torre descubrieron de la gente mientras recorrían Valdeorras.

Habrá que volver a sentarlas delante de los micrófonos. Porque las covas ya las han contado. Ahora quedan sus historias.

Puedes escuchar aquí la entrevista completa: