martes. 06.12.2022

Este es el sentir de la mayoría del profesorado que cada día se enfrenta a una situación incierta en la que nadie sabe quien puede estar albergando el «bicho»

Llevo todo el verano pensando como sería esto de volver a las aulas y retomar el «no» contacto con mis niños. Cientos de situaciones se agolparon en mi cabeza y para todas ellas encontré una manera de salir airosa. Pero como dice el dicho «la realidad supera la ficción» y, ¡vaya si la supera!

Nos empleamos a fondo para que la vuelta de «nuestros» niños fuese segura y lo más «normal» posible. Esa mesa no se puede colocar ahí que está a menos de dos metros, hay que pintar flechas en el suelo para marcar entradas y salidas, un cruz en esa silla con cinta para que no se sienten... Nuevos horarios de recreos, trazando una línea muy fina entre seguridad y socialización. Reuniones y llamadas a papás y mamás para que nos ayudasen a concienciar a los chicos que la mascarilla era como una segunda piel, que lo mismo que tienes que caminar con zapatos ahora tienes que llevar una mascarilla, que hay que lavarse las manos y que cuando se acerquen a otro niño tienen que ir con los brazos estirados y no tocar a su amiguito o amiguita.

Ser profe es un sueño hecho realidad pero en los últimos días se está convirtiendo en una pesadilla. Al infectarme puedo contagiar, no a mis seis alumnos si no a siete familias, porque la mía también cuenta. En mi caso la trasmisión exponencial es mayor, además tengo dos niños que a su vez pueden contagiar a todas las familias de sus compañeros. Y, aunque no contagie a mis alumnos, si yo fuese positivo todos mis niños quedarían en cuarentena. Y los papás de esos niños tendrían que quedarse también en cuarentena. Y dejarían de ir a trabajar. Y no habría ingresos en 10 días. y....



Damos clases con las ventanas abiertas porque dicen que no se puede viciar el aire y que más de 15 minutos en un lugar cerrado con el bicho a menos de dos metros es un contagio casi que seguro. Estos días que el frío ya apretó las ventanas siguieron abiertas así que no se si muy bueno será porque estamos apuntito de pillar un buen resfriado.

Yo no dejo de decirles que se alejen, que no les puedo sonar los mocos, que la mascarilla siempre en su sitio, que cada uno tiene que hacer sus tareas en su mesa que dista de las demás más de dos metros. Ellos asienten, pero tienen cuatro añitos y cuando me agacho a coger algo vienen corriendo a colgarse de mis hombros y cuando me descuido lo más mínimo están todos en una mesa ayudando a otro a hacer un puzle. La mascarilla está en la cabeza, en un brazo, en la barbilla o en un rincón escondida tan oculta como mis sentimientos hacia ellos y, eso no es bueno.



Al igual que muchas familias, los fines de semana aprovechamos para estar juntos pero hasta eso, ha cambiado. Llevo a los niños donde los abuelos pero ni abrazos, ni besos. Suplimos el parque por largos paseos en bicicleta y el café de la tarde del sábado en la cafetería de siempre por la cocina de casa, cualquier prevención es poca el lunes hay que volver sin bicho. Voy a trabajar todos los días y estoy vendida, no se quien puede tener el bicho o a quien se lo puedo trasmitir.

Soy maestra y amo mi trabajo. Elegí ser educador no sólo para enseñar conocimientos si no para contribuir a que mis alumnos afronten con valentía los reveses de la vida, que se emocionen, que se relacionen, que colaboren y se apoyen entre ellos... Y, ahora ¿qué?

Voy a trabajar todos los días y estoy vendida