En Valdeorras, cumplir 90 años no es noticia. Cumplir 100 tampoco provoca ya el asombro de otros tiempos. Aquí, se convive de manera natural con ello.
En O Barco de Valdeorras, A Rúa, en A Veiga o en Vilamartín, hay rostros que superan el siglo de vida sin haber salido nunca de su entorno. Personas que han trabajado la tierra, que han caminado kilómetros a diario y que siguen manteniendo una rutina activa mucho más allá de lo que marcan los estándares. No hay etiquetas ni grandes secretos. Solo una realidad: se vive mucho… y se vive de otra manera.
Esa normalidad es precisamente lo que empieza a llamar la atención fuera. Galicia suma ya más de 1.500 personas centenarias, una cifra que la sitúa como uno de los territorios más longevos del país. Pero el dato, por sí solo, no explica nada. La clave está en cómo se llega a esa edad.
En Valdeorras, la vida no se ha acelerado al ritmo de las grandes ciudades. La alimentación sigue vinculada al producto local, las relaciones sociales mantienen un peso real en el día a día y el movimiento —aunque no se llame ejercicio— forma parte de la rutina desde siempre. No se trata de hábitos prescritos, sino heredados.
Mientras en otros lugares el envejecimiento se percibe como un reto, aquí empieza a verse también como una oportunidad. Y esa idea ha comenzado a tomar forma en otros puntos de la provincia.
San Xoán de Río, por ejemplo, decidió en 2025 dar un paso más y convertir esa realidad en proyecto. Lo hizo con la celebración del Festival de la Longevidad, un encuentro que reunió a investigadores, profesionales sanitarios y vecinos para intentar responder a una pregunta sencilla y compleja al mismo tiempo: por qué en estos pueblos se vive más.
El festival fue una forma de poner nombre a algo que llevaba décadas ocurriendo de manera natural. Allí se habló de redes comunitarias, de envejecimiento activo, de salud emocional y de la importancia del entorno. También se defendió que el rural no es solo un espacio que pierde población, sino un laboratorio donde se están dando algunas de las claves para vivir más y mejor.
Porque no se trata solo de sumar años, sino de cómo se viven. En muchos pueblos de Valdeorras, ver a personas de más de 80 o 90 años caminar cada día, cuidar huertas o mantener una vida social activa no es excepcional. Forma parte del paisaje. Y quizá por eso ha pasado desapercibido durante tanto tiempo.
Ahora, investigadores, instituciones y medios comienzan a fijarse en lo que durante décadas fue simplemente la forma de vida de estas comarcas. El Consello da Xunta ha dado ya el primer paso para crear un registro gallego de personas centenarias, una herramienta que permitirá recopilar información clínica y social con el objetivo de entender mejor los factores que explican esta longevidad. Es decir, supone pasar de observar el fenómeno a intentar analizarlo con rigor.
El movimiento llega en un momento en el que Galicia se enfrenta a una paradoja evidente. Es una de las comunidades más envejecidas, pero también una de las que mejor envejece. Y esa diferencia empieza a ser relevante.
No hay una única explicación. La genética influye, pero no determina. El entorno ayuda, pero no lo es todo. Probablemente la respuesta esté en la combinación de factores: una alimentación sencilla, una vida físicamente activa, vínculos sociales sólidos y una capacidad de adaptación que ha permitido a varias generaciones afrontar contextos difíciles sin romperse.
Y mientras fuera se buscan recetas para alargar la vida, aquí la pregunta empieza a ser otra: qué podemos aprender de quienes han llegado a los 100 sin proponérselo.





