¿Todo el mundo está teniendo un verano mejor que tú? La trampa que esconden las redes sociales

¿Todo el mundo está teniendo un verano mejor que tú? La trampa que esconden las redes sociales
Viajes, playas, festivales, cenas y cuerpos perfectos se suceden en la pantalla mientras quizá tú trabajas o simplemente estás en casa. La psicóloga Iria Fernández explica por qué nos comparamos y cómo las redes pueden convertir incluso el descanso en una obligación

Estás en casa. O trabajando. Quizá de vacaciones, pero sin ningún viaje espectacular a la vista. Abres Instagram y empieza el desfile: una playa de aguas transparentes, alguien en un barco, un grupo de amigos en un festival, una cena perfecta, otra escapada, otro atardecer. Y aparece una pregunta incómoda: ¿qué estoy haciendo yo mal? Probablemente, nada.

Lo que ocurre tiene mucho que ver con cómo funciona nuestro cerebro y con un mecanismo tan antiguo como la comparación social, multiplicado ahora por unas redes sociales capaces de mostrarnos, una detrás de otra, las mejores imágenes de cientos de vidas ajenas.

«Las redes sociales nos ponen constantemente delante de la vida de otras personas: viajes, playas, cenas, parejas felices, grupos de amigos, cuerpos espectaculares», explica Iria Fernández, psicóloga del Centro Resiliencia. Y nuestro cerebro, añade, «hace una comparación de manera automática».

El verano resulta especialmente propicio para caer en ella. Parece que todos tienen planes, todos viajan y todos están disfrutando mientras nosotros nos hemos quedado atrás. El problema está en aquello con lo que nos comparamos.

«Estamos comparando nuestra vida completa con el escaparate de la vida de otra persona», advierte Fernández. De quien aparece al otro lado de la pantalla conocemos una fotografía o un vídeo de apenas unos segundos en una playa, pero no vemos «el día completo o la vida».

No viaja todo el mundo, aunque tu pantalla diga lo contrario

A esa selección de momentos felices se suma otro elemento: el algoritmo. Si nos detenemos ante publicaciones de viajes, playas o vacaciones, las plataformas aprenden que ese contenido nos interesa y comienzan a ofrecernos más. El resultado puede alterar nuestra percepción de lo que sucede a nuestro alrededor.

«Parece que todo el mundo está viajando, pero realmente lo que está ocurriendo es que mi pantalla está llena de personas viajando. Y no es lo mismo», resume la psicóloga.

Quien está trabajando tampoco suele fotografiar su jornada para compartirla. Quien pasa la tarde tranquilamente en casa tiene menos posibilidades de aparecer en nuestro teléfono que quien contempla una puesta de sol desde un destino paradisíaco. Poco a poco, la excepción puede empezar a parecernos la norma.

Del «qué me apetece» al «qué debería estar haciendo»

En ese terreno aparece otro concepto cada vez más conocido: el FOMO, acrónimo de Fear of Missing Out, el miedo a estar perdiéndonos algo.

Vemos a unos amigos en un festival al que no hemos podido acudir, una playa en la que no estamos o un grupo viajando y puede surgir la sensación de estar desaprovechando el verano. Las redes, además, apenas conceden descanso: siempre existe una nueva publicación que mirar.

La consecuencia, señala Fernández, va bastante más allá de una punzada de envidia momentánea. «El FOMO puede hacer que dejemos de preguntarnos “¿qué me apetece hacer?” para preguntarnos “¿qué debería estar haciendo para no quedarme atrás?”».

Ya no elegimos necesariamente las vacaciones, los planes o incluso el descanso que queremos, sino aquellos que creemos que deberíamos querer. La playa porque es verano. El lugar recomendado por un influencer. La fotografía en el punto en el que todo el mundo se fotografía. El viaje que parece imprescindible hacer.

Cuando disfrutar se convierte en otra obligación

La paradoja llega cuando incluso descansar comienza a generar presión. Viajar, ir a la playa, salir con amigos, aprovechar cada minuto y, por supuesto, ser felices. El verano parece llegar acompañado de una lista invisible de obligaciones y, si no conseguimos cumplirlas, puede aparecer la sensación de estar desperdiciándolo.

«Convertimos el descanso en otra obligación: “Este verano tengo que disfrutar”», explica Fernández. Una exigencia que puede acabar provocando precisamente lo contrario de lo que buscamos: ansiedad y culpabilidad. La pregunta, entonces, quizá sea mucho más sencilla: ¿realmente quiero hacer esto?

Porque también es posible ir a la playa sin que nos guste la playa, organizar un viaje siguiendo la lista de lugares fotografiados por otros o recorrer un destino pendientes de aquello que debemos ver en lugar de descubrir aquello que nos apetece.

Un buen verano también puede ser no hacer nada

Fernández propone recuperar algo aparentemente sencillo: el criterio propio. El primer paso puede ser observar cómo nos sentimos después de utilizar las redes. «No todo contenido que nos gusta mirar nos hace bien». Si después de veinte minutos recorriendo publicaciones nuestra propia vida nos parece peor, quizá convenga preguntarse qué nos está aportando ese contenido.

También recomienda dejar de utilizar las redes como «medidor» de nuestras vacaciones. No hacen falta cinco viajes, diez playas ni planes todos los fines de semana para considerar que hemos tenido un buen verano. Y, sobre todo, reivindica algo que pocas veces obtiene muchos «me gusta»: aburrirse.

Dormir. Leer. Quedarse en casa. Ver una serie. No hacer absolutamente nada. Incluso tener un mal día. Todo eso también puede formar parte de unas vacaciones saludables. Quizá, después de todo, la mejor fotografía del verano sea precisamente la que no hacemos.

«No necesitas demostrar que estás disfrutando para estar disfrutando», concluye Iria Fernández. «Quizá el objetivo no sea tener el verano que más impresiona a los demás, sino el verano que realmente necesitamos nosotros».

Y para descubrir cuál es, puede que primero tengamos que dejar de mirar cómo viven los demás y volver a preguntarnos cómo queremos vivir nosotros.

Puedes escuchar aquí la entrevista completa: