sábado. 29.08.2026

Xuxo Ruiz recuerda su última tarde con Juan Tamariz: «Le dije que le quería y me respondió: “Se ha notado siempre”»

El mago y maestro, conocido también por sus conferencias en Valdeorras, recuerda sus 34 años junto al gran ilusionista y la huella que dejó en su forma de entender la magia y la educación
Xuxo Ruiz recuerda su última tarde con Juan Tamariz: «Le dije que le quería y me respondió: “Se ha notado siempre”»

Xuxo Ruiz no sabía que aquella iba a ser la última tarde con Juan Tamariz. El pasado 21 de junio viajó expresamente a Madrid para visitar en la residencia a quien durante 34 años había sido primero un mito, después su maestro y, finalmente, su amigo. Hacía un año que no se veían y Ruiz llegó nervioso, «prácticamente llorando», llevando además algunas cosas que sabía que le gustaban.

Pasaron juntos la tarde. Hablaron de proyectos y de la vida y Tamariz le dejó entonces unas palabras que, tras su fallecimiento, adquieren otro significado. «Yo no tengo miedo a lo que me vaya a pasar. Yo he vivido muy bien, he sido muy feliz», recuerda que le dijo.

La despedida fue todavía más especial. Ruiz estaba a punto de perder el AVE cuando miró a quien había sido su maestro durante más de tres décadas: «Maestro, muchísimas gracias por todo y que sepas que te quiero mucho, Juan». La respuesta de Tamariz fue tan sencilla como difícil de olvidar: «Sí, se nota, se ha notado siempre. Pero vete ya, anda, que me vas a hacer llorar y vas a perder el AVE».

Xuxo salió de allí «literalmente llorando y corriendo». No sabía que no volverían a pasar otra tarde juntos. Ahora reconoce que, dentro del dolor por su pérdida, aquella despedida le proporciona «muchísima paz»: tuvo la oportunidad de decirle cuánto lo quería y de escuchar de Tamariz que siempre lo había sabido.

De mito inalcanzable a maestro

La historia entre ambos había comenzado casi 34 años antes. Xuxo Ruiz tenía entonces 17 y Juan Tamariz no era para él simplemente un mago. «Para mí era un mito», recuerda. Lo había visto en televisión, lo admiraba y estudiaba su magia hasta convertirlo en uno de esos personajes que, durante la adolescencia, parecen prácticamente inalcanzables.

Supo entonces que Tamariz tenía una casa en Cádiz y se reunía con otros magos. El primer encuentro llegó rodeado de nervios: una cosa era contemplarlo a través de una pantalla y otra muy diferente tenerlo al lado.

Después llegaron las reuniones de los magos gaditanos los domingos. En una de ellas, Ruiz preparó un juego que sorprendió a sus compañeros y también a Tamariz. Quería seguir aprendiendo y le pidió mantener el contacto.

Poco después, al regresar un día de la playa, su madre le dio un recado inesperado: había llamado Juan Tamariz. «No se me va a olvidar en la vida. Esa llamada me cambió la vida», recuerda.

A partir de ahí comenzó una relación que se prolongaría durante más de tres décadas y en la que Ruiz descubrió que el personaje que todos conocían no desaparecía al terminar el espectáculo. «Lo maravilloso de Juan Tamariz es que cuando se apagaban los focos aún seguía habiendo magia».

Fuera del escenario, lo recuerda «tremendamente cercano, generoso, divertido, curioso y apasionado». Precisamente esa pasión por todo cuanto hacía es una de las grandes «magias» que Ruiz conserva de su maestro.

La arquitectura que se escondía detrás de la fiesta

Para Xuxo Ruiz, la importancia de Tamariz va mucho más allá de su extraordinaria popularidad. El hombre que el público veía reír, gritar o tocar su inolvidable violín imaginario había desarrollado detrás de todo aquello un profundo estudio del ilusionismo.

«Tenía un universo propio, era inconfundible», explica. Tamariz estudió cómo construir la sensación de imposibilidad, cómo dirigir la atención del espectador o cómo estructurar un juego para conseguir que la experiencia mágica fuera creciendo.

Después llegaba lo verdaderamente difícil: trasladar todo ese conocimiento al escenario sin que el espectador percibiera su complejidad.

«Parecía que aquello fuera una fiesta», señala Ruiz. Detrás de esa aparente espontaneidad, sin embargo, «había una arquitectura mágica absolutamente extraordinaria».

Entre todo lo aprendido de Tamariz existe además un principio que acabaría influyendo decisivamente en la propia trayectoria profesional de Xuxo Ruiz: nunca olvidar a la persona que está delante. Un mago puede dominar grandes técnicas, explica, pero «si olvidas al espectador no hay auténtica magia».

De la magia al aula

Años después, Xuxo Ruiz trasladaría aquella enseñanza a otro escenario muy diferente: el colegio.

Su propia fascinación por el ilusionismo había comenzado siendo niño, cuando un mago le sacó una moneda de la oreja y decidió que él también quería dedicarse a aquello. Después estudió Magisterio y terminó uniendo sus dos pasiones. «Yo no tenía por qué dejar la magia fuera de la puerta de un colegio», explica.

Comenzó utilizando pequeños juegos para despertar la curiosidad, presentar contenidos o trabajar materias como matemáticas, lengua o ciencias, pero también aspectos como la autoestima o la comunicación. De aquella experiencia nació, hace casi tres décadas, lo que denominó Magia Educativa.

No se trata, matiza, de «convertir al docente en mago», sino de aprovechar principios y recursos del ilusionismo para conseguir que el aprendizaje resulte más emocionante. Y aquí reaparece de nuevo Tamariz.

«Juan sabía crear la expectación antes de que sucediera la magia y yo intento hacer lo mismo antes de que suceda el aprendizaje», explica Ruiz. Porque cuando un niño se sorprende «abre mucho más que los ojos, abre esas ganas de aprender».

También trasladó al aula aquella vieja enseñanza de su maestro sobre la importancia del espectador: se pueden conocer metodologías, contenidos y recursos, pero nunca olvidar al niño o la niña que está delante. «En mi aula yo no quiero ser el protagonista, el protagonista quiero que sean mis alumnos».

Un prólogo como regalo de Reyes

La conexión entre maestro y discípulo quedó plasmada también en Educando con magia, el libro en el que Xuxo Ruiz desarrolló su propuesta educativa. Juan Tamariz escribió el prólogo. Y hasta la manera de entregárselo quedó asociada para siempre a un recuerdo especial. Fue el 6 de enero de 2013, Día de Reyes. «Fue uno de los mayores regalos que podía hacerme mi maestro», recuerda.

La coincidencia ha querido que, precisamente este verano, Ruiz esté terminando una nueva edición de Educando con magia, cuya presentación está prevista en septiembre en un congreso en Panamá.

Revisar ahora aquel texto se ha convertido en algo muy diferente a lo que era hace apenas unas semanas. «Cuando vuelvo a leer el prólogo me cuesta mucho leerlo sin emocionarme», reconoce.

Ya no contempla únicamente el prólogo firmado por uno de los grandes nombres de la historia del ilusionismo. «Estoy leyendo palabras que dejó ahí mi maestro para siempre».

Y esa certeza le permite encontrar otra forma de permanencia: cuando presente la nueva edición, Tamariz estará de algún modo allí. Y cada vez que alguien abra Educando con magia, «Juan estará dándole la bienvenida y recibiéndolo en su primera página». «Para mí eso tiene un valor incalculable».

Quizá sea también una buena manera de explicar el legado que Xuxo Ruiz conserva de aquellos 34 años compartidos. Primero fue el adolescente que miraba a Tamariz por televisión como a un personaje inalcanzable. Después llegaron el encuentro, aquella llamada que le cambió la vida, las enseñanzas y la amistad.

Y, finalmente, aquella tarde del 21 de junio en Madrid. Una despedida que ninguno de los dos sabía que lo era y en la que Xuxo Ruiz pudo decir lo esencial. «Que sepas que te quiero mucho, Juan». Y su maestro pudo contestarle: «Sí, se nota. Se ha notado siempre».

Puedes escuchar aquí la entrevista completa:

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