Comprar un ordenador, cambiar de móvil o incluso ampliar un equipo ya no es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Lo que parecía una subida puntual de precios empieza a consolidarse como una tendencia de fondo, y tiene un protagonista claro: el auge de la inteligencia artificial.
Óscar Yáñez, de APP Informática, lo resume así: «Todo está subiendo, pero en informática el impacto ha llegado antes incluso que en otros sectores». El motivo no se ciñe a la inflación o los conflictos internacionales. Está en la presión que la inteligencia artificial ejerce sobre los componentes básicos de cualquier dispositivo.
El desarrollo de estas tecnologías ha disparado la necesidad de infraestructuras. Detrás de cada herramienta hay centros de datos de gran tamaño —«naves industriales gigantes llenas de ordenadores», describe Yáñez— que consumen enormes cantidades de memoria y almacenamiento.
El problema es que esos mismos componentes son los que utilizan ordenadores, móviles o tablets. «Los fabricantes de memoria están vendiendo su producción completa a estas grandes empresas, que pagan más y compran a largo plazo», explica.
La consecuencia es directa: menos producto disponible para el consumidor y precios al alza. «Una memoria RAM que costaba entre 160 y 180 euros ahora puede llegar a 480 o 500 euros», detalla.
Menos compras y cambio de estrategia
Este escenario ya se está notando en el comportamiento de los usuarios. Las ventas de equipos nuevos han descendido y muchos optan por alternativas más económicas.
Los portátiles han resistido mejor el impacto porque parte del stock se fabricó antes de la subida, aunque también se están encareciendo progresivamente. Además, empieza a vislumbrarse un cambio en las prestaciones: «Se van a volver a vender móviles con menos memoria porque es la única manera de abaratar».
Ante esta situación, el sector recomienda alargar la vida útil de los dispositivos. «Si un equipo permite ampliación, es mucho mejor adaptarlo que comprar uno nuevo», señala Yáñez.
Esta práctica se está extendiendo tanto entre particulares como en empresas, especialmente por la necesidad de actualizar sistemas operativos como Windows 11. «En entornos de trabajo no se puede seguir con sistemas antiguos. Aunque funcionen, hay riesgos importantes si no están actualizados», advierte.
A medio plazo, el propio avance tecnológico podría aliviar la situación. El desarrollo de sistemas más eficientes —capaces de funcionar con menos memoria— ya ha tenido efectos puntuales en el mercado.
También están surgiendo nuevos fabricantes, aunque su impacto no será inmediato. «Montar una fábrica de memoria puede llevar años», explica.
El otro frente: la seguridad
El avance tecnológico trae consigo otro desafío: el aumento de las ciberestafas. «Pasa más de lo que se cuenta. Muchas veces ni siquiera se denuncia», apunta Yáñez.
En muchos casos, añade, el problema está en errores del propio usuario, lo que dificulta recuperar el dinero o perseguir a los responsables.
Más allá del impacto económico, el ritmo de crecimiento de la inteligencia artificial abre nuevos interrogantes. «A veces asusta un poco. Se está utilizando para cosas muy positivas, pero también para otras muy delicadas, y todavía no hay una regulación clara», reflexiona.
El sector asume que se trata de una fase de ajuste. Mientras tanto, el mensaje es claro: cuidar los equipos, actualizarlos cuando sea posible y prepararse para un mercado en el que la tecnología vuelve a encarecerse.


