Herminio Blanco, Bodegas Blare: «Nuestra filosofía es hacer las cosas sin prisa»
Herminio Blanco Remesal acaba de recibir una medalla por un vino que, en cierto modo, no considera del todo suyo. La Garnacha Tintorera de Bodegas Blare ha logrado un Acio de Plata, pero el bodeguero reparte el reconocimiento y el mérito no solo entre quienes hoy trabajan aquellas viñas. «Este premio es compartido con nuestros antepasados, porque esas cepas que tenemos de garnacha alguien las plantó hace más de cien años y nos hizo un regalo, que nosotros ahora podamos disfrutar de este gran vino».
El premio refleja a la perfección la filosofía con la que ha ido creciendo Blare. Durante mucho tiempo, la Garnacha Tintorera se utilizó en Valdeorras para aportar color y capa a otros vinos; Herminio decidió darle todo el protagonismo y elaborar con aquellas cepas centenarias un vino 100% Garnacha. Era una apuesta por poner en valor lo que ya estaba allí, pero también por hacer algo diferente y hacerlo con calidad. El reconocimiento obtenido ahora por Outarelo 2023 respalda una decisión que no buscaba romper con la tradición, sino encontrar otra manera de aprovechar todo su potencial.
Esa combinación entre calidad y diferenciación aparece en otras decisiones de la bodega. Blare trabaja alrededor de nueve hectáreas y produce entre 20.000 y 25.000 botellas al año —aproximadamente un 75% de Godello y un 25% de Garnacha Tintorera—. Su propietario no parece especialmente interesado en crecer por crecer: prefiere mantener una dimensión que le permita controlar lo que hace. «Nuestra filosofía es hacer las cosas sin prisa», resume.
Ecológico para toda la bodega
Otra de esas decisiones está en la propia viña. Toda la producción de Blare es ecológica y la bodega acaba de obtener el sello de producción ecológica de la Xunta de Galicia, actualmente la única de la DO Valdeorras con esta certificación, una de las tres de la provincia de Ourense y una de las diez pertenecientes a los cinco Consejos Reguladores vitivinícolas de Galicia.
El distintivo reconoce una forma de trabajar que exige bastante más que colocar una etiqueta en la botella. La hierba se corta o se arranca, los tratamientos disponibles son más limitados y las cepas necesitan mayor vigilancia. Incluso las rosas plantadas junto a las viñas pueden servir para anticipar determinados problemas.
Antes de emprender ese camino, Herminio buscó asesoramiento para conocer bien todos los riesgos. Un ingeniero agrónomo escuchó atentamente el proyecto que tenía en mente y terminó haciéndole una pregunta muy concreta: «Herminio, ¿tú puedes permitirte perder alguna cosecha?».
El riesgo existe. Un año complicado puede traer una plaga y la viticultura ecológica dispone de menos herramientas para combatirla. A favor de Blare juega la ubicación de sus viñas, en una zona alta y ventilada, donde el aire favorece que se sequen después de las tormentas y reduce los problemas asociados a la humedad.
A ese esfuerzo se suma otro menos visible: conseguir que el consumidor comprenda qué implica producir de esta manera. «Aquí quizá hay que hacer mucha pedagogía todavía», reconoce el bodeguero. Percibe una mayor conciencia en los países nórdicos, donde existe más costumbre de buscar expresamente productos ecológicos, y confía en que esa sensibilidad continúe extendiéndose también aquí.
Una idea que empezó mucho antes que la bodega
Para entender cómo llegó Blare hasta aquí hay que retroceder hasta mediados de los años noventa. Entonces la actividad profesional de Herminio Blanco estaba ligada a otro de los grandes emblemas de Valdeorras, la pizarra, mientras empezaba a tomar forma su interés por el vino.
Había nacido, curiosamente, en una aldea de montaña de Carballeda de Valdeorras, donde no había viñas. «A lo mejor es la añoranza de que te gusta lo que no tienes», apunta al recordar aquella ilusión por tener algún día sus propias cepas y, si era posible, una pequeña bodega.
El lugar apareció durante un paseo por Vilanova. Vio un cartel de venta en una finca de tres hectáreas y media situada en un alto y tuvo claro que podía ser el sitio que buscaba. Conseguirla llevó algo más de tiempo; después hubo que acondicionarla, trabajar las viñas, esperar y aprender.
En ese proceso contó con Elisa, una amiga enóloga con la que comenzó a hacer las primeras pruebas. La producción era todavía para él y para los amigos, hasta que las viñas empezaron a dar suficiente uva como para plantearse qué hacer con ella.
La respuesta vuelve a revelar esa forma medida de trabajar. Antes de montar una bodega, quería saber si realmente eran capaces de hacer un vino que mereciese la pena.
«Tenemos una buena uva y eso está garantizado. Si somos capaces de hacer un buen vino, podemos plantearnos montar una pequeña bodega. Y si no somos capaces, tendremos que venderle la uva a otro y que el vino lo haga otro».
La primera añada se elaboró fuera para comprobar el resultado. Convenció y la siguiente ya la hicieron ellos. Solo entonces empezó a tomar forma profesionalmente Bodegas Blare, un nombre que acabó encontrando sin demasiados artificios en sus propios apellidos: Blanco Remesal.
De Vilanova a Londres
La misma prudencia no les ha impedido salir a buscar mercado. Blare tiene distribución en A Coruña y Vigo, presencia en Dénia y Levante y ha firmado con Grupo Paraguas en Madrid. Pero una de las experiencias que mejor refleja hasta dónde puede llegar una bodega de su tamaño ocurrió en Londres.
Decidieron participar en una feria internacional y se encontraron rodeados de productores de Francia, Alemania, Chile o Argentina. Blanco observó el escenario y le comentó a Cristina Ramos, directora comercial y de marketing, que conseguir que alguien se fijase en ellos, probase sus vinos y quisiera comprarlos sería «casi como que nos toque la lotería».
Alguien se fijó. De aquella feria regresaron con un cliente vinculado a una cadena con más de catorce restaurantes de gama alta de Londres, cuyos pedidos pueden alcanzar un palé completo —alrededor de 700 botellas—.
Cristina Ramos, directora comercial y de marketing de Blare, conoce bien la dificultad que existe detrás de esos resultados. «La competencia es brutal y abismal», reconoce. Hay muchas bodegas y muy buenos vinos y, para un proyecto como Blare, no basta con encontrar compradores: también interesa llegar a clientes que sepan apreciar la diferencia y entiendan el trabajo y el coste que hay detrás de una elaboración ecológica.
Ella lo resume con una frase que encaja perfectamente con la filosofía de la bodega: «Despacio, pero bien hecho».
Una vendimia que llega con buenas sensaciones
Mientras los vinos van conquistando destinos cada vez más lejanos, estos días la atención está de nuevo en las viñas de Vilanova. La vendimia se adelantó por las altas temperaturas, pero no les cogió a contrapié: los muestreos ya indicaban que el Godello estaría listo antes y comenzó a recogerse la pasada semana.
Las primeras impresiones son buenas tanto en calidad como en cantidad. «Cuando tienes una buena uva, casi seguro tienes un buen vino», señala Blanco.
La Garnacha Tintorera esperará todavía alrededor de veinte días. Será entonces cuando toque recoger precisamente las uvas de esas cepas centenarias que han dado a Blare una de sus últimas alegrías.
El viaje que no puede hacer una botella
Queda una última parte del proyecto que funciona justo al revés que la comercialización. En lugar de llevar el vino hasta la gente, consiste en conseguir que la gente llegue hasta el vino.
Blare forma parte de la Asociaicón Ruta do Viño de Valdeorras y recibe cada vez más visitas y grupos. La bodega ha ido incorporando también experiencias diferentes, desde actividades vinculadas al SilFest hasta la observación del eclipse de este verano.
Para su propietario, el enoturismo tiene además una dimensión que supera los límites de la finca: atraer visitantes permite enseñar sus vinos, pero también contribuir a que conozcan Valdeorras. Cristina Ramos lo resume de otra manera: «Detrás de una botella hay mucho más que vino».
En Blare están la tierra, el paisaje, las personas que trabajan las viñas, una forma de cultivar que obliga a estar especialmente pendiente de ellas y unas cepas que llevan más de un siglo dando fruto. Las botellas pueden viajar hasta Madrid o Londres; todo eso, no.
Para conocer todo eso hay que hacer el camino contrario y llegar hasta Vilanova. Allí, ser una bodega pequeña permite todavía dedicar tiempo a quien llega, recorrer las viñas y explicar qué hay detrás de cada vino y de una forma de trabajar estrechamente ligada al territorio.
Al escuchar a Herminio se entiende también que pocas decisiones en Blare parecen fruto de la improvisación. Hay curiosidad y ambición, pero también una inteligencia práctica que le lleva a observar, escuchar, aprender y medir los riesgos antes de avanzar. No parece interesado en crecer por crecer, sino en saber por qué da cada paso y hacia dónde quiere llevarlo.
Y esa implicación no termina en las decisiones. En plena vendimia, el bodeguero sigue entrando en la viña y cortando uva. La conversación acaba precisamente porque toca regresar al trabajo: «Ahora ya volvemos a coger las tijeras».
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