Hubo un tiempo en Valdeorras en el que estudiar significaba marcharse. Irse fuera, muchas veces siendo todavía muy joven, porque aquí no había dónde continuar la formación. Medio siglo después, esa realidad ha cambiado por completo y en ese cambio hay un nombre propio: el IES Lauro Olmo.
Lo que empezó en el curso 1975-76 en unos barracones, con una Formación Profesional que entonces apenas empezaba a abrirse camino, es hoy el centro educativo más grande de la zona, con 526 alumnos y una oferta que ha ido creciendo al ritmo de las necesidades de la comarca. Para Amparo Quiroga, su directora, no es solo un lugar de trabajo. «Para mí es mi vida. Es mi trabajo, mi lugar de relación, donde tengo amigos», resume. Ella lleva 13 años como directora, otros 10 en el equipo directivo y en total, 30 como profesora del centro. En realidad, buena parte de su vida ha transcurrido allí.
Los inicios fueron modestos. El instituto arrancó como una pequeña sección de FP en una época en la que, como ella misma recuerda, «ni se sabía qué era aquello». Después fue pasando por distintos espacios, incluso por instalaciones como la Cruz Roja, hasta contar con edificio propio. Durante un tiempo, además, el centro tuvo un nombre tan frío como poco memorable: era simplemente el «número uno del Barco», en palabras de la directora, «lo menos personal que se puede querer tener».
El cambio llegó años después, cuando se eligió de forma democrática el nombre de Lauro Olmo –los primerosen toda la villa en adoptar ese nombre–, el escritor barquense y referente de la literatura social de posguerra. La elección ilusionó también a su familia, que participó en los actos con los que el instituto empezó a construir una identidad propia.
A lo largo de estos 50 años hubo momentos decisivos. Uno de los grandes puntos de inflexión fue la incorporación del alumnado de la ESO y, más tarde, la implantación del bachillerato —cuya primera promoción cumple ahora 25 años—. El centro dejó de ser visto únicamente como un lugar para cursar Formación Profesional y pasó a convertirse en un instituto de secundaria en sentido amplio.
Ese crecimiento no estuvo exento de dificultades. Uno de los cursos más complicados llegó cuando el centro tuvo que acoger al alumnado de la ESO sin contar con espacio suficiente. Hubo aulas compartidas, espacios improvisados y alumnado «bailando por los pasillos» mientras se intentaba encajar todo. Incluso se utilizaron dependencias ajenas y hubo profesorado cruzando la calle para dar clase. «Fue el año más caótico que tuvimos», recuerda Quiroga.
Aun así, el centro salió adelante. Y lo hizo gracias a algo que se repite a lo largo de toda su historia: la implicación. Profesores, equipos directivos, personal no docente, administración, Concello y familias asumieron el reto. También personas que no siempre aparecen en primer plano. La directora se acuerda de nombres como Antonio, el conserje, o Rafa, de la cafetería. «Con los mismos medios hicimos cosas muy grandes», resume.
La creación del instituto supuso además un cambio profundo para la comarca. Antes, muchos jóvenes tenían que irse a estudiar fuera. Después, quedarse fue una opción real. Quiroga lo vivió en su propia familia: de nueve hermanos, los mayores tuvieron que marcharse; los siguientes ya pudieron formarse en Valdeorras.
Hoy, muchos de los alumnos del Lauro Olmo continúan su vida profesional en la zona, formando parte del tejido empresarial e industrial. Otros han seguido su camino fuera, pero el vínculo permanece. Ese sentimiento de pertenencia es, de hecho, una de las señas de identidad del centro. «Nuestros alumnos acaban siendo del Lauro Olmo y se acabó», resume la directora.
Ese vínculo también se refleja dentro del propio instituto. Parte del profesorado actual fue antes alumnado del centro, e incluso una antigua alumna forma hoy parte del equipo directivo. A eso se suma un claustro en constante renovación —este curso son 72 docentes y aproximadamente un tercio cambia cada año—, lo que aporta nuevas ideas sin perder la base construida con el tiempo.
El Lauro Olmo ha dejado huella también fuera de sus aulas. Por el centro han pasado como docentes nombres muy conocidos en la comarca, como el actual alcalde de O Barco, Aurentino Alonso; el subdelegado del Gobierno en Ourense, Eladio Santos; o Agustín González, presidente del club Adas. Son solo algunos ejemplos de un instituto muy conectado con la vida social y pública de Valdeorras.
En el plano académico, el centro ha sabido adaptarse a cada momento. Actualmente cuenta con siete ciclos formativos de distintas familias, además de ESO, bachillerato, enseñanzas de adultos y la sede de la Escuela Oficial de Idiomas. En los últimos años ha incorporado, por ejemplo, el ciclo de vitivinicultura, una apuesta lógica en una comarca con más de 40 bodegas registradas en el Consejo Regulador.
También ha apostado por renovar instalaciones y equipamientos, con aulas actualizadas como la de automoción —con tecnología vinculada a vehículos eléctricos— o la de peluquería. «No nos podemos quedar obsoletos», insiste Quiroga.
El centro recibe alumnado de toda la comarca y también de zonas cercanas como Quiroga o Viana. Este curso, además, ha incorporado estudiantes llegados de países de América Latina, que se suman a un instituto cada vez más diverso.
El 50 aniversario se celebrará el 18 de abril con un acto abierto a toda la comunidad educativa. Habrá descubrimiento de placas, plantación de un árbol, intervenciones de profesores y alumnado de distintas épocas, una exposición de fotografías y una comida para quienes han pasado por el centro.
Ya hay decenas de personas inscritas, aunque se espera –y desea– que la participación aumente en los últimos días. En la web y redes sociales del centro está el número de cuenta para ingresar el precio de la comida, 35 euros, y el plazo termina el jueves 9 de abril. Antiguos alumnos, profesores de distintas etapas y personas vinculadas al instituto volverán a encontrarse.
Y ahí, probablemente, aparecerá la emoción. La directora no lo oculta. Dice que no sabe si llorará o no, pero que «alguna lagrimita» puede escaparse. Después de 50 años de historia, y 30 de ellos vividos desde dentro, lo raro sería lo contrario.








