Más de mil covas después, Carina Rodríguez sigue teniendo la sensación de estar empezando. La arquitecta técnica e investigadora elaboró el informe que permitió declarar Bien de Interés Cultural (BIC) el conjunto de covas y adegas de Seadur, en Larouco.
Ha recorrido galerías excavadas en la roca, ha estudiado sistemas constructivos, ha documentado barrios enteros de covas y acaba de finalizar, junto a Cristina de la Torre, un libro dedicado a las Covas de Valdeorras. Sin embargo, lejos de transmitir la impresión de que el trabajo está terminado, sostiene justo lo contrario. «En estos momentos te aseguro que solo sé que no sé nada», resume.
La afirmación no es una exageración. Desde que Seadur obtuvo la máxima figura de protección patrimonial el pasado mes de abril, continúan apareciendo nuevas covas. Algunas permanecían ocultas entre la maleza; otras formaban parte de un paisaje tan cotidiano que habían pasado inadvertidas. «Cada poco, cada semana yo creo que aparece alguna cova», explica la investigadora, que sigue recibiendo avisos de vecinos cuando se localiza una nueva cavidad.
Para Rodríguez, este fenómeno demuestra hasta qué punto el patrimonio vinculado a las covas sigue siendo un territorio abierto al descubrimiento. Aunque forman parte de la memoria colectiva de Valdeorras y han acompañado durante generaciones la elaboración y conservación del vino, todavía conservan la capacidad de sorprender incluso a quienes más tiempo llevan estudiándolas.
La investigadora participará el próximo 14 de junio en una visita guiada organizada por la Fundación Florencio Delgado Gurriarán dentro de las jornadas «Somos monte». El recorrido permitirá conocer algunos de los criterios que sustentaron la declaración BIC, pero también acercarse a construcciones menos conocidas que forman parte del mismo paisaje cultural.
«Entrar en una cova, sea más grande o más pequeña, es como entrar en otro mundo», explica. No habla únicamente de arquitectura. Habla de espacios excavados por generaciones anteriores para conservar el vino durante los meses más cálidos del año, de lugares donde la temperatura cambia de repente y donde todavía es posible comprender la estrecha relación entre las personas y el territorio.
Esa conexión con el paisaje es precisamente una de las ideas que quiere transmitir durante la visita. Porque la declaración BIC no protege únicamente una construcción aislada. Protege un conjunto, un entorno y una forma de relacionarse con él que sigue presente en muchas localidades de la comarca.
Por eso considera que el reconocimiento conseguido por Seadur debería servir también para abrir una reflexión más amplia sobre el patrimonio de Valdeorras. A su juicio, la protección alcanzada por este núcleo podría extenderse en el futuro a otros conjuntos similares existentes en la comarca. «Lo que necesitan todas las covas es que se reconozca el valor que tienen», asegura.
Un valor que, a juzgar por los descubrimientos que siguen produciéndose en Seadur, todavía está lejos de haber revelado todos sus secretos.
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