sábado. 28.03.2026

A las 2 serán las 3, nos comemos una hora tras el cambio horario

Durante la madrugada de hoy sábado 28 al domingo 29 habrá que adelantar los relojes. Tendremos una hora menos para dormir a cambio de más horas de luz por la tarde
Boca de esmalte triturando el reloj
A cambiar la hora: a las 2 serán las 3

Entra el horario de verano. Como cada año a finales del mes de marzo y con la llegada de la primavera, hay que cambiar los relojes. Este gesto, que genera todo tipo de opiniones, muestra el cambio del de invierno al de verano y se mantiene hasta el próximo mes de octubre.

Durante la madrugada del sábado 28 al domingo 29 habrá que adelantar una hora y, a las 02:00 horas serán las 03:00 horas. Esto quiere decir que esta noche tendremos una hora menos para dormir a cambio de más horas de luz por la tarde.

A partir de hoy, durante las mañanas, notaremos que no amanece tan rápido como en el horario de invierno, sin embargo, tardará más en anochecer. Con este horario se pretende que ahorremos energía durante los meses de primavera y verano.

Tendremos una hora más (porque nos la comemos) y disfrutaremos una hora menos de nuestro tiempo. El cambio de horario tiene como objetivo maximizar la exposición al sol durante las horas en que la población está despierta y activa.

Suprimir la medida supondría vivir en exposiciones de luz errónea. Por ejemplo, de continuar con el horario de invierno, en la costa mediterránea a mediados de junio amanecería a las 5:00 horas. Si por el contrario optamos seguir el horario de verano, en la costa atlántica, en diciembre no amanecería hasta las diez de la mañana.

El cambio de hora: eterno debate

El momento de adelantar los relojes para dar la bienvenida al horario de verano, se repite un pequeño ritual que, aunque cotidiano, sigue generando debate. A simple vista, el cambio parece una decisión práctica, al desplazar una hora el reloj, las tardes se alargan y la luz natural se convierte en protagonista de nuestra vida diaria. De pronto, salir del trabajo o de clase y encontrarse aún con el sol en el cielo invita a pasear, hacer deporte o simplemente disfrutar más del tiempo al aire libre. No es casualidad que sectores como la hostelería o el comercio vean en este periodo una oportunidad para dinamizar la actividad económica.

Sin embargo, este ajuste no es tan inocuo como podría parecer. Nuestro organismo funciona con un reloj interno —el ritmo circadiano— que no entiende de decretos ni calendarios oficiales. Adelantar la hora supone, en la práctica, dormir menos durante unos días y forzar al cuerpo a adaptarse a un nuevo horario. Para muchas personas, esto se traduce en cansancio, falta de concentración e incluso cierta irritabilidad. Los efectos suelen ser temporales, pero lo suficientemente notables como para que cada año resurja la discusión sobre si realmente compensa.

El argumento original del cambio de hora, el ahorro energético, también ha perdido fuerza con el tiempo. En una sociedad donde el consumo eléctrico ya no depende solo de la iluminación, sino también de dispositivos electrónicos, climatización y hábitos digitales, los beneficios son cada vez más difíciles de demostrar. Aun así, la percepción de aprovechar mejor el día sigue siendo un factor importante en su defensa.

En el fondo, el cambio de hora refleja una tensión entre dos formas de medir el tiempo: la natural, marcada por la salida y la puesta del sol, y la social, organizada en torno a horarios laborales y rutinas modernas. Adaptarnos al horario de verano es, en cierto modo, un pequeño ejercicio de sincronización colectiva, un recordatorio de hasta qué punto nuestra vida cotidiana depende de algo tan aparentemente simple como mover las manecillas del reloj.

A las 2 serán las 3, nos comemos una hora tras el cambio horario