¿Por qué discutimos más en vacaciones? El verano pone a prueba la convivencia familiar

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La psicóloga Iria Fernández explica que el aumento del tiempo compartido, la ruptura de las rutinas y unas expectativas demasiado altas hacen que afloren tensiones que durante el resto del año pasan desapercibidas

El verano suele asociarse a descanso, playa, viajes y tiempo en familia. Es la época del año en la que imaginamos desayunos sin prisas, tardes interminables y recuerdos inolvidables. Sin embargo, para muchas familias la realidad acaba siendo muy distinta. Las discusiones aumentan, la paciencia disminuye y aquello que debía ser un tiempo de desconexión termina convirtiéndose, en ocasiones, en una fuente de tensión.

¿Por qué ocurre? ¿Qué cambia para que durante las vacaciones discutamos más? Ese fue el tema abordado por Iria Fernández, psicóloga del Centro de Psicología Resiliencia, durante su espacio mensual en Radio Valdeorras Onda Cero, donde recordó que estos conflictos son mucho más habituales de lo que pensamos y, sobre todo, que no significan que exista una mala relación familiar.

El verano no crea los conflictos, los hace visibles

Para Iria Fernández, uno de los principales motivos es muy sencillo: pasamos mucho más tiempo juntos. Durante el resto del año cada miembro de la familia mantiene su propia rutina.

Los adultos trabajan, los niños acuden al colegio, existen actividades extraescolares y cada uno dispone de espacios propios. En verano, esa estructura desaparece y la convivencia se multiplica. Con ella también aumentan las ocasiones para discrepar sobre cuestiones tan cotidianas como los horarios, el reparto de tareas, el uso del móvil o simplemente qué hacer cada día.

«No es que haya más problemas, sino que hay más momentos para que puedan surgir», resumía la psicóloga durante la entrevista.

 

La falsa idea de que la libertad absoluta funciona

Otro de los errores habituales consiste en pensar que las vacaciones significan ausencia total de normas. Cambian los horarios, se retrasan las comidas, se duerme menos y desaparecen muchas obligaciones.

Aunque pueda parecer atractivo, Fernández recuerda que especialmente niños y adolescentes necesitan mantener una cierta organización para sentirse seguros.

Cuando esa estructura desaparece es más fácil que aparezcan el aburrimiento, la irritabilidad, la desmotivación o las conductas desafiantes.

El verano perfecto no existe

Hay otra trampa muy frecuente: las expectativas. Muchas familias llegan a las vacaciones convencidas de que «este verano será perfecto», que aprovecharán cada minuto juntos y que no habrá discusiones.

La realidad, sin embargo, rara vez responde a esa imagen idealizada. «Cuando la realidad no coincide con esas expectativas aparece la frustración», explica Iria Fernández. Ninguna convivencia es perfecta, ni siquiera en las familias más unidas. Los desacuerdos forman parte de cualquier relación.

Padres agotados y adolescentes que buscan independencia

A todo ello se suma un factor que muchas veces pasa desapercibido, el cansancio. Los adultos llegan al verano después de meses de trabajo, responsabilidades y carga mental.

Los niños y adolescentes también terminan el curso escolar agotados. «Cuando una persona está cansada tiene menos paciencia, menos tolerancia y reacciona de forma más impulsiva», recuerda la psicóloga.

En el caso de los adolescentes aparece además otro elemento habitual, la necesidad de autonomía. Mientras muchos padres desean aprovechar las vacaciones para compartir tiempo con sus hijos, estos buscan más libertad, salir con sus amistades o disponer de mayor independencia.

Ese choque de expectativas suele traducirse en conflictos relacionados con horarios, uso del teléfono móvil, responsabilidades domésticas o planes familiares.

La comunicación, la herramienta más eficaz

A lo largo de la entrevista hubo una palabra que apareció una y otra vez, comunicación. Para Iria Fernández, muchas discusiones no nacen de un gran problema, sino de pequeñas molestias que se van acumulando hasta terminar explotando.

Preguntar cómo se siente la otra persona, qué necesita o si hay algo que pueda cambiarse evita que esos conflictos crezcan innecesariamente. «Hay que dialogar, pactar y dedicar tiempo», insiste.

Cinco claves para disfrutar más del verano en familia

La psicóloga resume algunas pautas sencillas que pueden ayudar a prevenir muchos de estos conflictos:

  • Mantener una rutina flexible, sin reproducir los horarios del curso, pero conservando cierta organización.
  • Respetar los espacios individuales y entender que compartir tiempo no significa estar juntos las 24 horas.
  • Rebajar las expectativas y olvidarse de la idea del «verano perfecto».
  • Hablar antes de que los pequeños problemas se conviertan en grandes discusiones.
  • Repartir responsabilidades para que la organización de las vacaciones no recaiga siempre sobre la misma persona.

Una oportunidad para conocerse mejor

Lejos de interpretarlos como un fracaso, Iria Fernández invita a ver estos conflictos desde otra perspectiva. «Muchas veces revelan necesidades que durante el resto del año pasan desapercibidas», explica.

Porque el verano, además de cambiar horarios y rutinas, también nos obliga a convivir de una manera diferente. Y si esas diferencias se afrontan con diálogo, flexibilidad y comprensión, pueden convertirse en una oportunidad para fortalecer las relaciones familiares.

Al fin y al cabo, quizá el objetivo de las vacaciones no sea vivir un verano perfecto, sino aprender a disfrutar juntos incluso cuando surgen los desacuerdos.

Quizá la clave no esté en buscar unas vacaciones perfectas, porque sencillamente no existen. La verdadera meta es regresar a casa con la maleta llena de momentos compartidos, sabiendo que los desacuerdos forman parte del viaje y que una conversación a tiempo vale mucho más que cualquier destino. Al fin y al cabo, las familias no se fortalecen porque nunca discutan, sino porque aprenden a seguir caminando juntas después de hacerlo.

¿Te has sentido identificado? Aquí puedes escuchar la entrevista completa.