En la historia de España del siglo XX, la mirada sobre las mujeres que participaron en movimientos de resistencia a la dictadura franquista ha sido con demasiada frecuencia silenciada. La comarca de Valdeorras alberga una de esas historias que merece ser contada no sólo como un eco del pasado, sino como un homenaje a la valentía y el compromiso de quienes no se resignaron ante la opresión.
Las hermanas Consuelo (“Chelo”) y Antonia Rodríguez López nacieron en Soulecín (O Barco de Valdeorras) en una familia de siete hermanos. Su infancia y juventud quedaron marcadas por la brutal represión franquista tras la Guerra Civil. El 18 de octubre de 1939 sus padres, Domingo Rodríguez Fernández y Amalia López, fueron asesinados por negarse a revelar el paradero de dos de sus hijos, que se habían pasado al bando republicano y se habían refugiado en el monte. Este acto —vivido en presencia de vecinos— fue el punto de inflexión que empujó a los hermanos a luchar contra el régimen, tal y como narra Santiago Macías en su libro "El monte o la muerte".
Los cuatro varones de la familia murieron posteriormente en combate o fueron ejecutados entre 1941 y 1949, mientras que Chelo y Antonia se convirtieron en figuras centrales dentro de la red de resistencia antifranquista en la región.
Enlaces de la guerrilla: más allá de los roles tradicionales
Inicialmente, Chelo y Antonia actuaron como agentes del Servicio de Información Republicana (SIR), desempeñando funciones de enlace y apoyo logístico a los grupos guerrilleros que operaban en la zona —fundamentalmente la Federación de Guerrillas León-Galicia— en los montes de Casaio, conocidos como la “Ciudad de la Selva”.
La casa familiar en Soulecín, conocida entre los guerrilleros como “A Fortaleza”, fue refugio y punto de partida de operaciones clandestinas. Esta casa simbolizaba la resistencia desde el suelo de su propio pueblo, un lugar donde se acogía a compañeros y se organizaban apoyos en un territorio hostil. Durante ese periodo, ambas hermanas sufrieron detenciones y encarcelamientos en prisiones como las de O Barco, Ponferrada y León como consecuencia de su implicación. Al comprobar que sus vidas estaban en peligro, finalmente huyeron al monte y se unieron a la guerrilla.
La vida en la Ciudad de la Selva y el amor entre combates
Vivieron en las cabañas y chozas dispersas por los valles de Morteiras y Bruña —en la Serra do Eixo— en condiciones extremadamente duras, escoltadas por compañeros guerrilleros. En esos años de clandestinidad, Chelo recordó más tarde que fue “la época más feliz” de su vida, porque luchaba por lo que creía justo y estaba al lado de Arcadio Ríos, jefe de la II Agrupación de la Federación de Guerrillas León-Galicia, con quien compartió afecto además de lucha.
En 1946, durante un ataque de la Guardia Civil en medio de un congreso de guerrilleros, Arcadio Ríos murió en combate, un hecho traumático que marcó profundamente a Chelo.
Tras la desarticulación de la guerrilla en julio de 1946, Chelo y Antonia se ocultaron en casas de apoyo en Galicia y El Bierzo hasta que, en 1947, decidieron separar sus caminos hacia el exilio. Antonia cruzó clandestinamente hacia Francia en octubre de 1948, seguida por Chelo en 1949.
En Francia encontraron una nueva vida lejos de la represión. De una parte, Antonia se estableció en París con su compañero César Ríos Rodríguez y llegó a tener una hija, Irma Ríos Rodríguez, que fue docente. Mientras Chelo residió en la Isla de Ré, donde se vinculó con otro exguerrillero, Marino Montes, con quien formó familia y pasó el resto de su vida. La vida de Chelo fue relatada en el documental “La isla de Chelo”, obra que recoge sus recuerdos y vivencias como una de las últimas maquis de Galicia. Antonia falleció en París en 2012 y Chelo en la Isla de Ré en 2019, siendo considerada por investigadores como la última guerrillera antifranquista gallega superviviente.
Legado silenciado: recordar para no olvidar
La historia de Chelo y Antonia —una historia de lucha, dolor, resistencia y supervivencia— permanece en la memoria colectiva de Valdeorras como un testimonio del papel de las mujeres en la resistencia antifranquista, un papel que durante décadas fue invisible o relegado a notas marginales de la historia oficial.
Hoy, en un tiempo en el que se conmemora el 8 de Marzo, su historia sirve para recordar que la lucha por la igualdad y la justicia no es un concepto abstracto sino una práctica vital que muchas mujeres vivieron en carne propia, enfrentando no sólo el conflicto armado, sino también un mundo que a menudo les negó protagonismo.


