Luis Paadín nos atiende por teléfono desde A Coruña cuando faltan pocos días para el sábado 17. Será entonces cuando suba al escenario del Teatro Lauro Olmo de O Barco de Valdeorras para pronunciar el pregón de la Festa do Botelo.
El experto en vino recuerda con claridad cómo llegó la invitación. Fue Margarida Pizcueta, concelleira de Cultura del Concello de O Barco, quien lo llamó. «Me llevé una sorpresa enorme. Dije que sí con muchísima ilusión», explica. Después apareció otra sensación menos confortable. «Entró el famoso miedo escénico y la responsabilidad enorme».
Paadín no lo oculta. Hablar ante un auditorio numeroso nunca ha sido su espacio natural y menos aún cuando el foco se sitúa en un producto que no forma parte de su especialidad directa. Él mismo marca esa distancia. «Yo en lo que me muevo muy bien es en el mundo del vino», dice, casi a modo de advertencia.
No es casual. Paadín es sumiller, profesor de Análisis Sensorial y Servicio y Técnico de Viticultura y Enología por la Universidad de Vigo. Desde ahí ha construido una trayectoria larga, ligada a la formación, la cata y la divulgación, que le ha permitido observar la evolución del vino gallego desde dentro y desde fuera. Valdeorras ocupa en ese recorrido un lugar central. «Yo conozco Valdeorras de la mano del vino», resume. Y añade una cifra que reveladora: más de treinta años de relación continuada.
Esa experiencia es la que explica el enfoque del pregón. No habrá exaltación festiva ni discurso gastronómico. Paadín prefiere situarse en lo que conoce y desde ahí acercarse al botelo. Hablar del vino como lenguaje del territorio y, a partir de ahí, señalar la convivencia natural entre ambos. «Es un binomio perfecto», afirma. «Han compartido mesa desde siempre y no lo hemos puesto en valor». Ambos exigen tiempo, pausa y compañía. «No veo a nadie bebiéndose una botella de vino solo ni comiéndose un botelo solo».
Cuando habla de Valdeorras, el godello aparece de forma inevitable. Paadín conoce bien la historia reciente de la variedad y no esquiva sus zonas de sombra. «Durante mucho tiempo se habló de que era una uva oxidativa», recuerda, consciente del daño que provocó esa etiqueta. Frente a esa lectura simplificada, opone la práctica y el tiempo. «Haciéndolo bien, se ha demostrado que tiene un potencial de envejecimiento magnífico, excepcional».
Esa defensa no es teórica. Forma parte de un trabajo continuado de puesta en valor del vino gallego, que Paadín ha desarrollado desde distintos frentes. Fue socio fundador y presidente durante cuatro años de la Asociación de Sumilleres de Galicia “Gallaecia”, ha dirigido durante una década el Salón de los Vinos y Aguardientes de Galicia y está al frente de eventos como “Galician Wines”. También ha sido director de concursos internacionales y primer campeón nacional del certamen europeo “Embajadores del Champagne”.
Ese trabajo de promoción de Valdeorras y sus vinos, tiene también una traducción concreta en A Coruña. El sumiller colabora desde hace años con el túnel del vino que forma parte de la Festa do Botelo en la ciudad, una cita que este año se celebra el 7 de febrero en el Hotel Finisterre. En ese espacio se reúnen más de medio centenar de referencias de la Denominación de Origen Valdeorras, incluida una mesa dedicada a vinos añejados, y un público que agota las 250 entradas disponibles.
Desde esa mirada profesional insiste en una idea que atraviesa todo su discurso: el vino como explicación precisa del lugar del que procede. «El godello permite expresar si es de valle o de ladera, si está en terrenos graníticos o de pizarra», señala. Esa capacidad de diferenciar, de no homogeneizar, es la que convierte al vino —en su forma de entenderlo— en un auténtico embajador del territorio. Una convicción que refuerza con la experiencia acumulada: «He estado en más de 40 países vitícolas del mundo y es difícil encontrar uvas capaces de explicar tan bien un territorio».
La Festa do Botelo de O Barco la ha vivido hasta ahora desde otro plano. Paadín ha asistido en distintas ocasiones como comensal y amigo, siempre desde la mesa. Recuerda el ambiente, la espera, la entrada de los botelos en el pabellón, la atención puesta en el gesto de quien los abre. «Tiene algo de liturgia», comenta, más por el orden implícito que por el espectáculo. Ahora le toca ocupar vivir la fiesta desde otro lugar.
No llevará un texto cerrado. «No me gusta leer», reconoce. Prefiere apoyarse en la memoria, aun sabiendo que eso incrementa la presión. «Cada día que se acercan los días se me está encogiendo el estómago un poco más», confiesa. Por eso el pregón se moverá con cautela en el terreno del botelo. «En el vino me siento seguro; con el botelo, un poco menos, por eso lo tocaré de refilón».
Ahí encaja la cita que mejor define su enfoque. «Decía Alejandro Dumas padre que el vino es la parte intelectual de la gastronomía». Desde esa idea articulará su intervención: hablar del vino para decir el territorio, acercarse al botelo desde el respeto y construir un pregón sobrio, sin alardes, sostenido en una relación larga y trabajada con Valdeorras.
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