Gregorio Luri: «La sobreprotección es una forma de maltrato»
La entrevista con Gregorio Luri no comienza cuando se formula la primera pregunta. Comienza antes, en una conversación telefónica previa, cuando, casi sin darle importancia, confiesa que no sabe si es una persona inteligente. No hay impostación ni falsa modestia en esa frase, sino una duda formulada con naturalidad, como si formara parte del mismo ejercicio intelectual que luego sostendrá durante toda la charla.
La respuesta —que quizá el primer signo de inteligencia sea precisamente dudar de ella— no pretende zanjar nada, pero funciona como una clave silenciosa. Porque lo que atraviesa la conversación no es un pensamiento que se exhibe como conclusión cerrada, sino uno que se va construyendo mientras se dice, dispuesto a revisarse en cada respuesta.
Doctor en Filosofía, pedagogo, ensayista y profesor durante décadas, Luri llega a Valdeorras para participar en los XXIII Encuentros Familia-Escuela organizados por Vagalume y el Concello de O Barco, con una trayectoria sólida y una voz reconocida en el debate educativo.
Sin embargo, al otro lado del teléfono no aparece el experto que administra recetas ni el polemista que busca el titular fácil. Su manera de hablar es pausada, densa, deliberadamente exigente. No simplifica, no esquiva matices y, sobre todo, no responde de memoria. Cada pregunta parece obligarle a volver sobre sus propias conclusiones, como si pensarlas otra vez fuera parte del compromiso intelectual.
Cuando se le plantea el pensamiento crítico —eje central de esta edición de los encuentros— lo primero que hace es desplazar el sentido habitual del término. Si por pensamiento crítico se entiende la capacidad de criticar a los demás, apunta, «todos nacemos doctorados en esta habilidad».
El problema empieza cuando ese pensamiento se vuelve hacia uno mismo, cuando exige poner en cuestión certezas propias, revisar seguridades y aceptar que hay demasiadas cuestiones sobre las que no tenemos ideas claras. Ahí, dice, aparece la necesidad de la prudencia, una palabra poco frecuente en un discurso educativo que a menudo confunde seguridad con convicción.
No tarda en formular una de sus observaciones más incómodas: solemos llamar pensamiento crítico al pensamiento que coincide con el nuestro. Todo lo demás, con frecuencia, lo descalificamos. Esa confusión, sugiere, revela más fragilidad intelectual que capacidad de juicio. Y añade un elemento central en su reflexión: no hay pensamiento crítico sin lenguaje. Sin dominar las palabras —incluso las más pequeñas, las conjunciones, los matices— el pensamiento se vuelve tosco, incapaz de distinguir, de jerarquizar, de argumentar con rigor.
La conversación avanza hacia uno de los núcleos más sensibles de su discurso: la obsesión contemporánea por proteger al alumno de la frustración. Luri no titubea al hablar de sus consecuencias. Reformula, con ironía consciente, una suerte de derechos fundamentales de la infancia: «el primer derecho de un niño es tener unos padres tranquilos; el segundo, el derecho a ser frustrado y a conocer los adverbios de negación». La realidad, recuerda, siempre se reserva la última palabra y rara vez responde afirmativamente a nuestros deseos. Ni las personas están ahí para satisfacer demandas ajenas ni el mundo se pliega a nuestras expectativas.
En ese punto introduce una distinción que recorre toda la entrevista. Ante la dificultad, hay quienes se limitan a gesticular, a lamentarse, a quedarse paralizados. Esas personas, señala, acaban teniendo dos problemas: la dificultad y su actitud. Quienes actúan con serenidad, en cambio, ya están en condiciones de empezar a resolverlo. Por eso sostiene, sin rodeos, que la sobreprotección no es una forma de cuidado, sino de daño. «La sobreprotección es una forma de maltrato», afirma, consciente de la incomodidad que provoca esa afirmación.
Nada en su discurso suena a nostalgia ni a idealización del pasado. Cuando se le pregunta si se ha pasado de una etapa de exigencia excesiva al extremo contrario, reconoce que es una de esas cuestiones para las que no tiene una respuesta cerrada. No duda de las buenas intenciones de quienes diseñan las políticas educativas, pero observa un proceso claro: la progresiva psicologización de la escuela y la confusión entre bienestar y aprendizaje.
Luri invierte el orden habitual del argumento. Para él, el bienestar no es una condición previa, sino con frecuencia el resultado de un trabajo bien hecho. «Yo no aconsejaría a nadie que se sentase a esperar a que le llegue el bienestar para comenzar a trabajar», explica. A menudo ocurre justo lo contrario: uno empieza sin entusiasmo y acaba encontrando sentido, interés y satisfacción en el propio proceso.
De ahí su defensa de la disciplina, entendida no como imposición externa, sino como autodisciplina. No la del grito ni la del castigo, sino la capacidad de llevar las riendas de la propia vida, de renunciar a una satisfacción pequeña cuando se persigue una más valiosa, de cumplir la palabra dada. La disciplina, sostiene, solo tiene sentido si conduce a la autodisciplina. Sin ella, las personas acaban moviéndose «como veletas», siguiendo la dirección del viento que sopla en cada momento.
Cuando la conversación vuelve al pensamiento crítico, Luri es tajante: no se puede pensar sobre aquello que se desconoce. No hay pensamiento sin información. Por eso insiste en la escritura como ejercicio fundamental. Escribir obliga a ordenar ideas, a comprobar si realmente son claras, a enfrentarse al papel en blanco sin posibilidad de engañarse.
Recupera entonces una máxima escolástica: nulla dies sine linea, no dejes pasar un día sin escribir una línea. «Escribir es pensar», resume. Y en esa soledad ante el texto, añade, se revela si hay ideas o solo impresiones.
La opinión, en cambio, tiene un valor limitado. «La opinión no tiene otro valor que el de ser mía», afirma. Lo que importa no es opinar, sino razonar. Y el razonamiento, cuando está bien construido y apoyado en estructuras lógicas, deja de ser propiedad privada para convertirse en algo común, discutible, criticable.
El silencio aparece también como una condición imprescindible del pensamiento. Luri observa que muchos niños temen el silencio, cuando en realidad es el espacio donde uno puede escucharse y ordenar sus propios ritmos. Defiende incluso el silencio compartido, esa intimidad que no necesita palabras. Le incomoda —lo reconoce— tener que defender algo tan elemental en una sociedad que parece otorgar más razón a quien más grita.
Desde ahí, el discurso se ensancha hacia lo público. La política, señala, debería tener una función ejemplificadora que hoy se está perdiendo. En lugar de pensamiento riguroso, se premia la reacción inmediata. Pensar despacio parece un defecto. Pero el pensamiento serio siempre ha sido minoritario y exigente. «Millones de personas vieron caer una manzana; solo Newton supo leer en ese gesto una ley universal». Para llegar ahí, recuerda Luri, hay que saber mucho antes.
En uno de los pasajes más densos de la conversación evoca una experiencia personal mientras investigaba la figura de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski. Un antiguo agente de la KGB le confesó que no podía responder a una pregunta porque su memoria era propiedad del Estado. Aquella frase, dice, definía como pocas el totalitarismo. Pero añade una advertencia aún más inquietante: quizá sea peor que nuestra memoria acabe siendo propiedad de la ignorancia.
Cuando se le pide que señale un error recurrente del discurso educativo actual, vuelve a una de sus ideas más constantes: tendemos a evaluarnos por la nobleza de nuestras intenciones cuando deberíamos hacerlo por la altura de nuestros resultados. Propone algo tan simple como poco frecuente: aprender de quienes lo están haciendo mejor, aunque estén cerca. Galicia, Asturias o Castilla y León aparecen como ejemplos de mejora concreta. Mirar siempre hacia modelos lejanos e idealizados, como Finlandia, sugiere, es una forma de provincianismo intelectual.
¿Hay solución? Luri no duda. La hay, porque ya se está produciendo. No hay ningún gen que impida mejorar. Lo que hace falta es analizar resultados, estudiar causas y atender a los puntos de fractura del sistema, esos momentos en los que los problemas se hacen visibles y todavía son corregibles.
La entrevista se cierra con un adelanto de lo que defenderá en su charla en Valdeorras: la necesidad de devolver a los niños el mundo de la infancia. El juego libre y arriesgado, la amistad —«la amistad cura»—, el sueño suficiente, la lectura compartida con los padres, el ejercicio físico. Cosas elementales, insiste, pero con efectos demostrados. Trabajar sobre lo evidente.
Gregorio Luri se despide con el mismo tono que ha mantenido durante la entrevista, sin certezas blindadas, con la serenidad de quien piensa despacio y vuelve a pensar cada vez. Tal vez ahí, en esa duda inicial que no busca resolverse, esté la clave de todo lo demás.
Puedes escuchar aquí la entrevista completa: