Catalina Murias, cien años recorriendo un mundo que nunca necesitó leer
Catalina Murias Vega no aprendió nunca a leer ni a escribir, pero en el metro de Barcelona sabía perfectamente dónde tenía que bajarse. Contaba las paradas. Así llegaba al trabajo y regresaba a casa sin perderse en una ciudad situada a cientos de kilómetros de aquella Edreira, en A Veiga, donde había nacido el 15 de agosto de 1926.
El pasado 15 de agosto Catalina cumplió cien años y, al comenzar una nueva temporada, el centro de día O Salgueiral, en O Barco, quiso celebrar con ella una fecha que reúne alrededor de su protagonista a varias generaciones. Catalina tiene tres hijos biológicos y uno «de corazón», ocho nietos y cinco bisnietos.
Para encontrar el principio de esa historia hay que regresar a la niña que fue. Tercera de los seis hijos de Federico y Florinda, empezó a trabajar muy pronto. Alguna vez preguntó a su padre si tendría que ir a la escuela y la respuesta, según cuenta, su padre le dijo que para eso estaban sus hermanos varones. La escuela quedó fuera de su vida; el mundo, no.
Trabajó limpiando mineral en la mina de wolframio de Vilanova y bajaba desde Edreira hasta Biobra para recoger «billotes» (castañas), pasando allí temporadas de alrededor de un mes. También los recogía en Alixo, donde su familia tenía soutos. De aquellos años queda una de esas historias que parecen imposibles de imaginar hoy. Una noche regresaba desde Vilanova hacia casa arrastrando una retama cuando su madre, desde el balcón, le preguntó: «Filla, hoxe non veis sola?». No venía sola. Un lobo había hecho con ella el camino hasta Edreira.
Con unos 19 o 20 años se marchó a Barcelona, como habían hecho otras conocidas de la zona. Allí aprendió a desenvolverse a su manera en una gran ciudad y todavía hoy, cuando alguien le habla de ella, surgen nombres como el paseo de Gràcia o Montjuïc.
Regresó de Barcelona, se casó con Santiago y nacieron Quinita, Antonio y Esperanza. Pero todavía quedaba otro viaje. Cuando la pequeña tenía apenas trece meses, Catalina emigró a París, como tantos otros gallegos de su generación, y trabajó en la casa de un artista cuidando a sus hijas. Tuvo que volver cuando enfermó Esperanza, la tía que había criado a su marido y que entonces se ocupaba de los niños. Desde París quisieron que regresara. Ella todavía lo cuenta con una frase sencilla: «Queríanme moito». No pudo volver.
Después, la vida volvió a quedar mucho más cerca de la tierra. Sembró y trabajó el lino hasta convertirlo en colchas o blusas, cultivó sus huertas y cuidó vacas, ovejas y «pitas». Oficios y tareas que fueron llenando una existencia marcada desde muy temprano por el trabajo y que hoy permanecen en las historias que Catalina sigue contando sobre Barcelona, París y «Valdeorres», como ella llama a esta tierra.
A los cien años, después de todo aquello, Catalina no sueña con nada extraordinario. Le gustaría que su médica encontrase esa «pastilla» que le permitiera moverse como lo hacía hace apenas tres años, volver a casa con su hijo de corazón, sacar a pasear a sus «pitas» y esperar el fin de semana para preparar la comida a su hija, sus nietos y sus bisnietos.
Después de un siglo, de Edreira a Barcelona y de Barcelona a París, el lugar al que Catalina quiere volver es, sencillamente, casa.
Después de un siglo, de Edreira a Barcelona y de Barcelona a París, el lugar al que Catalina quiere volver es, sencillamente, casa.
«As mellores historias non só se len… tamén se viven». Pocas frases parecen encajar mejor con una mujer que no tuvo la oportunidad de aprender a leer ni a escribir, pero que acumuló una vida entera para contar.
Catalina lleva cien años haciéndolo.