Hay lugares que parecen pensados para que ocurran cosas especiales. La bodega y cueva de Joaquín Rebolledo, en As Pinguelas, en A Rúa, es uno de ellos. Entre piedra, vino, silencio y una acústica casi natural, la música volvió a encontrar este inicio de verano un escenario diferente, íntimo y lleno de verdad.
Desde 2018, la bodega Joaquín Rebolledo y la Fundación Vicente Risco mantienen viva una cita que ha sabido convertirse en algo más que un concierto. Es una experiencia en la que el vino sirve de hilo conductor para unir arte, cultura, gastronomía y música en directo. Una apuesta compartida por acercar la creación artística a espacios singulares y por demostrar que una bodega también puede ser un lugar para escuchar, sentir y compartir.
Este año, los encargados de llenar de sonido la cueva fueron Alfonso Medela Trio, con Alfonso Medela, Luis Vivas y Loren Tabarés. El público se dejó llevar por una propuesta viva, improvisada y profundamente conectada con el entorno. La respuesta fue tal que los músicos tuvieron que ofrecer hasta dos bises.
Medela tomó la palabra en varias ocasiones para reivindicar la importancia de la música en directo y el valor de tocar en espacios como este. «Ver a música en directo é magnífico. Dadevos conta de que nós vimos sen saber que música imos tocar. Nunca ensaio porque entón perdo enerxía, porque sei o que vai pasar», explicó ante un público entregado.
El músico defendió esa magia que solo aparece cuando los intérpretes se escuchan entre sí y se dejan afectar por el lugar. «Hai que chegar ao sitio, investigar, programar evidentemente, e o que pasou hoxe sempre ten que xenerarse: a maxia. O bonito de tocar así e o bonito de escoitar así é incrible», señaló. Arrancó sonrisas y aplausos tarareando ironicamente lo contarrio a su música, unos compases de «Paquito el Chocolatero».
Al finalizar el concierto, la presidenta de la Fundación Vicente Risco, Elvira Carregado, y José Ramón Rodríguez Castellanos, de la bodega Joaquín Rebolledo, destacaron precisamente esa conexión entre el espacio, los músicos y el público.
La elección de los artistas responde, explicaron, a una mezcla de intuición, calidad y deseo de ofrecer propuestas diferentes. «Son grupos coñecidos de Galicia, moi coñecidos e moi bos. Un pouco o que nos apetece», apuntó Carregado. Castellanos añadió que la propia cueva facilita que todo suene de una manera especial: «Aí soa todo ben, é incrible, pero soa todo ben. Canto máis acústico, mellor».
La idea de celebrar estos conciertos nació a raíz de la colaboración entre la Fundación Vicente Risco y la bodega, cuando la entidad estaba rehabilitando un piano vinculado al propio Risco. Desde entonces, la relación fue creciendo hasta dar forma a esta cita anual en A Rúa. «A Fundación, como facemos moitas cousas na Raia, tamén gusta de ir a outras partes, estar en outras partes», explicó Carregado.
El formato reducido es una de las claves del éxito. No se busca un concierto multitudinario, sino una experiencia cercana, con alrededor de medio centenar de personas, en la que el público pueda escuchar con calma y, después, compartir conversación, vino y gastronomía con los propios músicos.
«O interesante é iso, que sexa un formato un pouco reducido para poder estar a gusto», señaló Carregado. De hecho, muchos asistentes repiten año tras año e incluso reservan su plaza para la siguiente edición al terminar el concierto. «Sempre hai xente que repite e, á vez, trae xente nova», explicó Castellanos.
Otro de los aciertos de la propuesta es separar el momento musical de la parte gastronómica y vinícola. Primero se escucha. Después se comparte el vino y la cena. Así, el concierto no queda reducido a música de fondo, sino que conserva toda su fuerza artística.
«Creo que é un acerto separar un pouco o ámbito vinícola e gastronómico do propio concerto. Se o viño e a comida estiveran desde o principio, iso desvirtúa un pouco o traballo dos músicos», explicó Carregado.
Esa atención del público fue, precisamente, una de las cosas que más sorprendió a los integrantes de Alfonso Medela Trio. Acostumbrados a tocar en espacios con más ruido y movimiento, encontraron en As Pinguelas una escucha respetuosa, casi ceremonial, que les permitió disfrutar de cada nota.
La noche terminó como suelen terminar las buenas noches en Valdeorras: con conversación, vino, gastronomía y la sensación compartida de haber vivido algo irrepetible. Porque en esta cueva de A Rúa, la música no solo se escucha. También se respira entre las paredes, se mezcla con la memoria del vino y se queda un tiempo más acompañando a quienes estuvieron allí.
La Fundación Vicente Risco y la bodega Joaquín Rebolledo ya piensan en la próxima edición. Hay incluso alguna propuesta sobre la mesa, aunque todavía no se puede desvelar. Lo que sí parece claro es que esta cita seguirá creciendo sin perder su esencia: la de reunir a un pequeño grupo de personas alrededor de la cultura, el vino y la belleza de lo cercano.
