sábado. 18.07.2026

La factura silenciosa de crecer con una pantalla en la mano

La Unión Europea estudia restringir el acceso de los menores de 13 años a las redes sociales mientras las investigaciones siguen descubriendo nuevos efectos sobre el desarrollo infantil. La pedagoga María Couso cree que el problema no empieza en TikTok, sino mucho antes
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La generación que ya no sabe esperar: la factura silenciosa de crecer con una pantalla en la mano

Hubo un tiempo en que esperar la comida en un restaurante significaba pintar en un mantel de papel, jugar con la panera o preguntar una y otra vez cuánto faltaba. Hoy la escena suele ser distinta. Un móvil o una tableta aparecen sobre la mesa y, casi de inmediato, llega el silencio. El niño deja de protestar. Los adultos pueden seguir conversando. Todos salen ganando. O al menos eso parece.

Es precisamente esa normalidad la que preocupa a la pedagoga y neuroeducadora María Couso. Porque, mientras las pantallas han ido ocupando espacios cada vez más cotidianos de la infancia, la ciencia continúa acumulando evidencias de que el precio puede ser mucho mayor de lo que imaginábamos.

La advertencia coincide con el paso dado por la Comisión Europea, que estudia restringir el acceso a las redes sociales a los menores de 13 años y endurecer los mecanismos de verificación de edad. Una iniciativa que Couso recibe con satisfacción. «Me alegra sinceramente», asegura. No tanto por el debate sobre si el límite debe situarse en los 13, los 15 o los 16 años, sino porque considera imprescindible que exista un consenso europeo. «Las familias no hemos sabido hacerlo todo lo bien que deberíamos». 

Pero la especialista cree que reducir el debate a las redes sociales es quedarse en la superficie. El problema, sostiene, empieza mucho antes de que un adolescente abra una cuenta en Instagram o TikTok. Comienza cuando un bebé aprende que una pantalla calma una rabieta, cuando un niño deja de aburrirse porque siempre hay un vídeo esperándolo o cuando la conversación durante la comida desaparece porque cada uno mira su dispositivo. «El desarrollo del cerebro es como una pirámide en construcción», explica. Si los cimientos no son sólidos, todo lo que venga después será más frágil. 

Los efectos, dice, ya no pertenecen únicamente al terreno de las hipótesis. Habla de niños con menor tolerancia a la frustración, de dificultades para mantener la atención, de un empobrecimiento progresivo del lenguaje y de una creatividad cada vez menos ejercitada. El motivo, las pantallas ocupan el tiempo que antes se dedicaba a leer, jugar, conversar o imaginar. «El tiempo que estoy ante una pantalla es tiempo que no paso ante un libro», resume. 

También observa consecuencias más sutiles. Niñas de apenas seis u ocho años preocupadas por rutinas cosméticas que antes pertenecían al mundo adulto; adolescentes que comparan su aspecto con imágenes irreales filtradas o generadas por inteligencia artificial; jóvenes que empiezan a buscar respuestas emocionales en un algoritmo antes que en sus propios padres. 

Eso no significa que toda pantalla sea igual. Couso distingue claramente entre ver un contenido concreto y consumir durante horas redes sociales diseñadas para que el usuario nunca encuentre el final. El llamado scroll infinito no es casual. Está pensado para mantener la atención y estimular de forma constante los mecanismos cerebrales de recompensa. El problema, explica, es que un adolescente todavía no dispone del autocontrol necesario para detenerse cuando su cerebro le sigue pidiendo «uno más».

Por eso considera positivas las futuras limitaciones. Pero insiste en que ninguna ley resolverá por sí sola un problema que también es educativo y cultural. «La prohibición protege, pero hace falta prevención y educación», defiende. Porque muchos padres reconocen sentirse solos cuando intentan retrasar el primer móvil mientras el resto de compañeros ya lo tiene.

Cuando se le pregunta qué puede hacer una familia desde hoy mismo, no habla de aplicaciones de control parental ni de complejas normas digitales. Propone recuperar hábitos sencillos: poner límites al tiempo de uso, sacar los dispositivos de los dormitorios y volver a conversar durante las comidas. Medidas que, en realidad, tienen menos que ver con la tecnología que con recuperar espacios de convivencia.

Y termina con una escena tan cotidiana como reveladora. Cuando entra con sus hijos en un bazar, les advierte de que no comprarán nada. Pasean entre los pasillos, miran, desean y se marchan sin llevarse nada. Es una manera de enseñarles algo que, en una época de recompensas inmediatas, empieza a convertirse en un aprendizaje casi revolucionario: que no todo lo que queremos tiene por qué llegar al instante.

La factura silenciosa de crecer con una pantalla en la mano