lunes. 26.09.2022

Un trocito de muro

Dicho y hecho. Fue verlo derribado y un impulso la llevó a recoger uno de los trozos que yacían en el suelo. Y como un tesoro se lo llevó a casa, y lo guardó, ya era suyo. Para ella, era como conservar su esencia, no despedirse del todo, tenerlo siempre, no olvidarlo jamás. Y no fue la única, me consta. Más como ella se acercaron al lugar del derribo y antes de la retirada de escombros, trozos desperdigados por el suelo eran recogidos con mimo. Y secuestrados después.

Varias generaciones se quedaron sin asiento cuando desapareció. 40 años de existencia no se olvidan tan rápido; aún hoy hay quien lo echa en falta. La modernidad hubo de darle paso, las medidas de seguridad le jubilaron y los jóvenes y no tan jóvenes tuvieron que dejar de usarlo. Es curioso porque tras su sustitución por una valla, fuimos muchos los que buscamos la manera de seguir sentándonos encima, algo que resultaba incómodo a la par que peligroso y carente de sentido.

Nunca un muro dio tanto de sí. Y es que el Muro del Malecón era único. En los años 60 se colocaba el primer canto rodado y hasta el 2002 daría asiento a millares de parejas, deportistas haciendo banquillo en los partidos de baloncesto, gente mayor descansando las piernas tras las caminatas matutinas, al público entregado a los partidos de voleiplaya.

El muro se convirtió en punto de encuentro, en el mejor sitio donde comerte un frigopie del chiringuito, en lugar perfecto para terminarse un paquete de pipas de la Ramona. Desde él era común lanzarse a la arena, ese montón que cada año se depositaba en playa fluvial, antes de ser distribuida. En aquel tiempo, nadie usaba los bancos de piedra, todos nos sentábamos en el muro, o lo caminábamos haciendo equilibrios, conectando con el río de una forma más cercana.

Ver el Malecón sin muro por primera vez causó estupor. Muchos no conocimos el antes, construimos nuestra infancia y primera adolescencia en él. De ahí el impulso, la reacción al ver la oportunidad de no perderlo del todo. Salir corriendo a por un trozo, sin escogerlo, porque todo era uno, y llevarlo a casa, tenerlo de nuevo. Y a la primera oportunidad, hacerlo muro otra vez, resucitarlo, y sentarse en él, o caminarlo. Colocar la pieza, darle vida otra vez, sentir que no se ha ido del todo.

En Vilanova hay un trozo de muro del Malecón que los dueños de una finca han colocado en la entrada a una huerta. Invitan, a todo nostálgico que quiera sentarse en él, a recordar. Y este que les cuento es sólo un ejemplo porque hay muchos más. Los años 60 lo vieron nacer, el 2002 se lo llevó del paseo, pero no del corazón de los barquenses que no quieren olvidarlo.

Raquel Cruz

Un trocito de muro