En O Barco de Valdeorras, este martes el río Sil se ha convertido en el centro de todas las miradas. En el Malecón, vecinos que pasan a diario se detienen más de lo habitual para observar – unos fascinados, otros preocupados y la mayoría tirando de memoria— esta crecida, intentando anticipar qué puede ocurrir en las próximas horas. El río baja ancho, oscuro, ocupando casi todo su cauce, y la escena se repite: móviles en alto, fotos, vídeos y conversaciones en voz baja. Una imagen casi tranquila que contrasta con la inquietud que ya se vive en otros puntos del municipio.
Los datos oficiales confirman que la situación ha ido a más a lo largo de la mañana. Según la Confederación Hidrográfica Miño-Sil, a las 12:00 horas el caudal del Sil alcanzaba los 730,59 metros cúbicos por segundo, lo que situaba al río en alerta amarilla. Apenas una hora después, a las 13:00, el valor subía hasta los 766,88 metros cúbicos por segundo, obligando a decretar la alerta naranja. Aunque estas cifras están lejos del máximo histórico registrado cuando una gran crecida que superó los 1.000 metros cuadrados por segundo, inundó varios garajes de la localidad.

La noche ya había dejado señales claras de lo que estaba ocurriendo. En Veigamuiños, un vecino relataba cómo alrededor de las cinco de la mañana el ruido del agua lo despertó sobresaltado. El arroyo Mariñán creció de forma repentina. «Parecía que había tormenta», explicaba, al recordar el sonido de las piedras chocando y el agua a punto de desbordar el camino. Un tronco llegó a atrancarse en el puente y, a primera hora de la mañana, personal especializado tuvo que retirar un árbol para liberar el paso del agua.
Precisamente allí, la crecida del agua ha dejado sin suministro de agua a los vecinos. Es imposible arreglar una avería en la captación mientras el caudal siga tan elevado. Los propios afectados explican que, aunque la situación es incómoda y se están apañando «con calderos de la lluvia», abrir ahora la captación sería incluso contraproducente, ya que el agua llega muy turbia y podría llenar el depósito de barro. Algunos vecinos ya plantean posibles soluciones de futuro, como bombear agua de forma puntual al depósito entre todos cuando se den episodios similares, una idea que, aseguran, habrá que debatir cuando la situación vuelva a la normalidad.
Este vecino, que vive justo al lado del arroyo, asegura que no tiene miedo y recuerda que el Mariñán ha profundizado mucho con los años, lo que reduce el riesgo inmediato, aunque reconoce que la subida fue «una locura» y que el agua bajaba «muy negra», una imagen poco habitual incluso para aquellos que están acostumbrados a convivir con el río.
Mayor es la preocupación en las zonas catalogadas como inundables. En el entorno de los colegios, algunos vecinos reconocen sentir «un poquillo de miedo», aunque explican que este tipo de situaciones se repiten casi todos los inviernos. La diferencia, dicen, es la duración del episodio, con muchos días seguidos de lluvia. Por eso, en varias viviendas ya se han tomado medidas preventivas y tienen preparadas las bombas en el garaje para achicar agua si el nivel sigue subiendo. «Da respeto», admite una vecina, que confía en que deje de llover y pueda verse el sol en los próximos días.
Inquietud también en la zona de Santa Rita, donde confluyen varios arroyos. Allí, cada jornada de lluvias intensas despierta recuerdos de crecidas pasadas. Una vecina que vive en Éntoma, aunque no se ve directamente afectada, reconoce estar muy preocupada por lo que pueda ocurrir en este punto. Tras ver cómo baja el río en Vilamartín y Rubiá, teme que la confluencia de aguas haga que el nivel suba todavía más si continúa lloviendo. «Mañana puede ser peor», advertía, señalando que en Santa Rita «se cruzan entre ríos» y que es ahí donde está su mayor temor.
Precisamente en Vilamartín de Valdeorras, ya hay zonas inundadas y caminos cortados por el desbordamiento de los ríos. La presa de Valencia do Sil no dejaba de expulsar agua durante todo el día, para aliviar la presión que llega río arriba.

Desde hace ya varios días, todos los accesos al río situados a lo largo del paseo fluvial están cerrados con cintas de seguridad para impedir el paso en algunos tramos. Sin embargo, no siempre se respetan. Una trabajadora municipal explicaba que ha tenido que volver a colocar varias de estas cintas que habían sido retiradas y recordaba que trabajar bajo la lluvia, con el suelo mojado y el río crecido, es mucho más complicado. «Cuido del ciudadano», señalaba, insistiendo en la necesidad de extremar la precaución.

A pesar de todo, el Malecón sigue siendo un punto de encuentro. Vecinos que pasean a diario reconocen que el Sil «está muy grande», «negro como el carbón» y que es una imagen «digna de ver», siempre que no suponga peligro. La sensación general es compartida: el río no baja normal, pero tampoco hay alarma descontrolada. Hay vigilancia, memoria de perores inviernos y respeto. En O Barco, este martes, el Sil marca el ritmo del municipio y mantiene a todos pendientes de su evolución.

