Había expectativa. Y había ganas. “Sabores de Valdeorras”, la primera actividad del año organizada por la Ruta do Viño de Valdeorras, no solo colgó el cartel de completo: confirmó que el formato está consolidado y que el público responde cuando detrás hay coherencia.
Treinta plazas, treinta asistentes en el comedor del Hotel Restaurante Calzada. Mesa en forma de U, conversación fluida y dos horas en las que cocina y vino no compitieron, sino que dialogaron.
La propuesta partía de un planteamiento claro: reinterpretar productos de invierno profundamente arraigados en la comarca y maridarlos con vinos de bodegas asociadas a la Denominación de Origen Valdeorras. No era una sucesión de platos; era un recorrido pensado por Oliver Rodríguez, chef del restaurante y por la enóloga Cecilia Fernández, un tándem ganador, como ya han demostrado en otras ocasiones.
El inicio fue una coca de botelo y queso de tetilla. Tradición reconocible, ejecución actual. En copa, el godello O Luar do Sil, de Pago de los Capellanes, aportó frescura y tensión, limpiando la grasa del botelo y afinando el conjunto. El maridaje no buscaba mimetizarse, sino equilibrar.
El segundo pase fue uno de los momentos clave. El ramen inspirado en el lacón con grelos rompía la expectativa visual. Y la elección enológica reforzó la sorpresa: un rosado de Alán de Val, elaborado con brancellao y caíño. Lejos del perfil ligero que muchos asocian a este tipo de vino, mostró estructura y carácter suficientes para sostener el plato. Fue el maridaje más comentado, el que desmontó prejuicios y generó más conversación.
La intensidad subió con la androlla acompañada de ñoquis de patata. Aquí el mencía Mil Ríos, de la bodega Méndez Rojo (Petín), aportó profundidad y equilibrio, sosteniendo el conjunto sin imponerse. Armonía medida.
El cierre llegó con un tiramisú de bica que combinó memoria y creatividad. El acompañamiento, Lagar do Cigur, de Bodegas Melillas, aportó el contrapunto necesario para mantener frescura hasta el final. La acogida fue tal que el chef adelantó su incorporación a la carta del restaurante.
El éxito de la jornada no se explica solo por la calidad del menú. Tiene detrás una estrategia.
Una cata como herramienta de promoción
Cristina Núñez, gerente de la Ruta, lo había explicado días antes: el objetivo no es únicamente organizar una actividad lúdica. Es dar visibilidad a los vinos de las bodegas asociadas y a los establecimientos que forman parte del proyecto.
El precio —20 euros— era promocional. Una cata dirigida de este nivel no podría sostenerse a ese coste sin el respaldo de la asociación. La finalidad es clara: acercar el producto al consumidor y crear identidad.
La selección de vinos tampoco es improvisada. La Ruta trabaja con un calendario anual que busca un reparto equilibrado entre las bodegas asociadas, variando referencias para que cada actividad sea una oportunidad real de proyección.
Con más de 50 socios y 20 bodegas integradas, la asociación mantiene estabilidad y continúa ampliando programación. La idea para este 2026 es consolidar actividades mensuales e incluso diseñar experiencias que se prolonguen durante el fin de semana en primavera, reforzando la llegada de visitantes a la comarca.

