El calor obliga a caminar de árbol en árbol en el Camiño de Inverno

Antonio salió de Madrid hace tres semanas y atraviesa Valdeorras rumbo a Santiago. La ola de calor ha convertido cada etapa en un desafío, aunque asegura que volvería a elegir esta ruta «porque prácticamente voy solo».

Mientras los termómetros rozan estos días los cuarenta grados en Valdeorras, hay quien sigue caminando con una mochila a la espalda y un único objetivo en el horizonte, llegar a Santiago de Compostela.

Nos encontramos con Antonio en Arcos, cuando recorría una de las etapas del Camino de Invierno. Había salido esa mañana desde Sobradelo con destino a A Rúa, apenas veinte kilómetros que, en condiciones normales, podrían parecer asequibles. Pero cuando el calor aprieta, cada kilómetro se multiplica.

Antonio inició su peregrinación hace ya tres semanas. Partió de Madrid y fue enlazando diferentes rutas hasta llegar a Ponferrada, donde decidió abandonar el concurrido Camino Francés para adentrarse en el Camiño de Inverno. «Vengo desde Madrid hasta Sahagún, pasando por Segovia, después León, Ponferrada y desde allí cogí el Camino de Invierno», explica.

No es su primera peregrinación. Todo lo contrario. Lleva años recorriendo distintas rutas jacobeas y procura no repetir itinerario. «He hecho el de Lisboa, el Aragonés, la Vía de la Plata… Normalmente todos los años hago uno diferente. Del Camino Francés no me gusta que hay muchísima gente y este, como hay menos, pues decidí venir por aquí».

Y no se arrepiente de la elección. «Fenomenal. Lo único es el calor, pero prácticamente voy solo. Hay otra peregrina que viene un poco más atrás y poco más. Está muy bien este camino», expresa.

 

 

 

Caminar buscando la sombra

Si hay algo que marcará esta peregrinación será, sin duda, el calor. Antonio reconoce que las últimas jornadas han sido especialmente duras. «Fatal. Ha habido dos o tres días en los que prácticamente no se podía terminar la etapa».

La imagen que describe refleja perfectamente cómo se vive una ola de calor desde el Camino. «Había sitios en los que solo podía ir de un árbol a otro. Caminaba cien metros, me ponía debajo de un árbol; otros cincuenta metros, otra vez a la sombra...».

Por eso ha aprendido a adaptar las etapas. El día que lo encontramos había decidido realizar un recorrido más corto entre Sobradelo y A Rúa, aprovechando además que el cielo permanecía parcialmente cubierto. «Si no fuera por estas nubes, a estas horas ya sería imposible caminar».

Un Camino tranquilo y acogedor

Más allá de las altas temperaturas, Antonio solo tiene palabras de elogio para el Camino de Invierno. Destaca la tranquilidad de una ruta todavía poco masificada y, sobre todo, la hospitalidad de quienes viven a su paso. «La gente de Galicia es muy amable con el peregrino. Ayuda mucho».

También guarda un buen recuerdo del albergue de Sobradelo, donde pasó la noche anterior, y del trato recibido durante su estancia. Pero hay dos imágenes que se lleva especialmente grabadas de su paso por Valdeorras.

La primera es O Barco. «No lo conocía y me sorprendió muchísimo. Tiene una avenida fluvial y un parque gigantesco, está muy bien montado».

La segunda son las canteras y la industria pizarrera que encontró a lo largo del recorrido. «Me llamaron la atención todas las fábricas de pizarra. Se ve que trabajan muy bien y que exportan muchísimo».

El Camino continúa

Cuando termina la conversación, Antonio vuelve a ajustarse la mochila y emprende de nuevo la marcha hacia A Rúa. Aún le quedan varios días para abrazar al Apóstol, pero conserva intacta la ilusión con la que salió de Madrid hace tres semanas.

Solo pide una cosa para los próximos kilómetros. Que el calor conceda una tregua. Porque, cuando el Camino aprieta tanto como el sol, cada sombra se convierte en un pequeño milagro y cada paso tiene aún más mérito. Y aunque solo  sea hoy su petición se ha cumplido.

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