Hay lugares que no necesitan grandes cascadas ni senderos interminables para sorprender. Basta un río, un puente de piedra y el silencio de una pequeña aldea para descubrir un rincón donde la naturaleza y el patrimonio caminan de la mano.
En este nuevo capítulo de Caminando nuestros ríos nos acercamos a Portomourisco, un agradable paseo junto al río Xares que invita a refrescarse mientras nos descubre siglos de historia a cada paso.
Aquí el río Xares desciende despacio entre árboles de ribera, abriéndose paso entre grandes piedras que dibujan pequeños rápidos y remolinos. El agua ya no baja cristalina como antes; los incendios de los últimos años también han dejado su huella en el cauce. Aun así, el sonido del río, la sombra de la vegetación y el frescor que acompaña el paseo convierten este lugar en un refugio perfecto para escapar del calor del verano.
El recorrido apenas supera unos cientos de metros, una distancia suficiente para comprobar que no siempre hacen falta largas caminatas para descubrir lugares que dejan huella.
Comenzamos pasando bajo el puente de la antigua carretera que comunicaba Valdeorras con Viana. Desde allí el sendero acompaña al Xares mientras descubrimos los restos de antiguas construcciones de piedra, posiblemente viejos molinos que durante décadas aprovecharon la fuerza del agua para moler el grano.
Poco a poco llegamos a uno de los grandes protagonistas del lugar: el puente de Portomourisco. Aunque muchos lo conocen como puente medieval, la estructura que contemplamos hoy fue levantada entre 1702 y 1703. Construido en sólida sillería, destaca por su enorme arco de medio punto, de unos treinta y siete metros de longitud, una auténtica obra de ingeniería para la época.
A principios de año, un temporal hizo que el puente perdera dos o tres grandes sillares de granito que formaban parte de la barandilla, unas piezas que todavía no han sido repuestas.
Durante siglos fue el principal paso entre Valdeorras y Viana y también el camino obligado para los peregrinos que se dirigían al Santuario de As Ermitas. Hoy ya no circulan vehículos; únicamente los pasos tranquilos de quienes deciden detenerse a disfrutar del paisaje.
Subimos las escaleras que conducen al puente y, desde su arco, el Xares ofrece una bonita imagen entre los árboles. El agua continúa su camino entre las piedras mientras el silencio solo se rompe por el rumor constante del río.
Al otro lado nos espera la pequeña capilla de la Virgen de As Ermitas. Construida en el siglo XVIII, daba la bienvenida a los peregrinos antes o después de cruzar el puente, ofreciéndoles un lugar de descanso y protección. Junto a una vivienda tradicional forma una estampa que parece detenida en el tiempo.
Y unos metros más arriba aparece la iglesia parroquial de San Víctor, un templo barroco del siglo XVII que conserva intacta la esencia de la aldea. La tradición cuenta que un niño forastero aparecía una y otra vez sentado en una de sus ventanas, una de esas historias populares que todavía sobreviven gracias a la memoria de los vecinos.
Portomourisco es uno de esos lugares que no necesitan grandes distancias para sorprender. En apenas unos minutos reúne naturaleza, patrimonio, historia y el rumor constante del Xares, demostrando que, a veces, los rincones más pequeños son los que dejan un recuerdo más profundo.
Porque caminar nuestros ríos también es descubrir los caminos que durante siglos siguieron vecinos, molineros y peregrinos. Y en Portomourisco, todos ellos continúan teniendo al agua como compañera de viaje.

