No era intensidad. Era intermitencia. Al principio cuesta verlo. Hay algo que engancha. Momentos que parecen distintos, conversaciones que se salen de lo habitual, una conexión que aparece cuando menos te lo esperas. No es constante, pero cuando está, se siente.
Y eso basta. No hace falta mucho más para empezar a pensar que hay algo especial. Algo que no ocurre siempre, pero que, precisamente por eso, parece tener más valor. Porque no es continuo. Porque no es fácil. Porque no es para cualquiera. O eso nos decimos.
Pero la realidad es muchoo menos sofisticada. Lo que engancha no siempre es lo que está, sino lo que aparece y desaparece. Lo que no puedes dar por hecho. Lo que te obliga, casi sin darte cuenta, a estar pendiente. Un día sí. Otro no. Un gesto que acerca. Un silencio que enfría.
Y en ese vaivén, uno empieza a interpretarlo todo – el cerebro no tolera bien los vacíos–, y a intentar dar sentido a lo que no lo tiene del todo. A pensar que, si a veces ocurre, es porque hay algo detrás. Pero no siempre lo hay. A veces no es intensidad. Es intermitencia. Y la diferencia es importante.
La intensidad perdura. Tiene continuidad, incluso cuando baja. Permite avanzar, construir algo, aunque no sea perfecto y tenga fecha de caducidad. La intermitencia, en cambio, no construye. Mantiene. Mantiene la atención, la duda, la expectativa. Pero no avanza.
Y aun así, cuesta soltarla. Porque lo intermitente deja espacio a la imaginación. A lo que podría ser. A esa idea de que, si en algún momento fue así, quizá pueda volver a serlo. Y ahí es donde uno se queda más tiempo del que debería.
Y se queda aunque sea capaz de ver la realidad de lo que pasa, pero prefiere quedarse con lo poco que parece diferente. Hasta que deja de compensar. Hasta que el desgaste pesa más que esos momentos que parecían justificarlo todo.
Y entonces se entiende. No era intensidad. Era otra cosa. Algo que parecía más de lo que era, precisamente porque nunca terminaba de ser.
