No tengo nada personal contra los influencers. De hehco, lo que me interesa, es lo que está ocurriendo a su alrededor.
Siempre ha habido referentes. Personas a las que mirar para inspirarnos o guiarnos. La diferencia es que hoy esos referentes están presentes de forma constante y en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida. No los conocemos en perosna, pero vemos fragmentos de su día a día, momentos cotidianos que los acercan a nosotros y hacen que los veamos como de la familia, que nos identifiquemos con ellos. Sin embargo, aunque tengamos la impresión de que todo es natural, lo que muestran es una versión analizada, elegida, cuidada, atractiva. Y esa versión acaba teniendo peso.
Ya no se limitan a influir en qué restaurante probar o qué ciudad visitar. Influyen en cómo hablamos, cómo nos maquillamos, qué crema usamos, cómo vestimos, cómo posar en una foto y el mejor sitio para hacerlo, qué cuerpo se considera deseable, qué actitud transmite seguridad... Incluso entran en remedios para gestionar una ruptura, para «quererse más», poner límites, y entender el éxito o la felicidad. Desde lo más banal hasta lo más íntimo.
Y todo eso no ocurre de forma inocente. Es su trabajo. Ganan dinero con esa capacidad de prescribir estilos de vida, de marcar tendencia, de convertir gustos personales en modelos replicables. Y no siempre son conscientes del efecto que pueden tener en quienes les siguen minuto a minuto. La cercanía que sentimos forma parte de esa dinámica, pero lo que parece espontáneo está cuidadosamente construido.
Cuando esa referencia es constante y además tiene un interés económico detrás, su impacto se amplifica. No hablamos de inspiración puntual, sino de una presencia que acompaña decisiones pequeñas y grandes. Poco a poco, lo que vemos repetido – y refrendado por cientos de miles de seguidores– termina pareciendo lo normal. Lo identificamos con lo que «hay que hacer» para ser felices, para ser aceptados, para formar parte del grupo. Ahí no hay riesgo: ya ha recibido miles de reacciones positivas.
Pero ahí es donde puede empezar a moverse algo más profundo: el criterio propio.
Porque cuando esa guía —esas indicaciones sobre cómo vestir, dónde ir o cómo comportarse— es continua, apoyarse en lo ya refrendado resulta mucho más sencillo que detenerse a decidir desde dentro. Delegar ahorra energía. Ir sobre seguro tranquiliza y reduce la posibilidad de error y de crítica. Elegir por cuenta propia exige más, mucho más.
El resultado es una cierta uniformidad. Se parecen las personas. Se parecen las casas. Se parecen los viajes. Se parecen los discursos. Se parecen incluso las formas de relacionarnos. Es difícil no dejarse arrastrar cuando todos estamos expuestos a los mismos modelos.
Optimizar, es decir, hacer lo que ya hemos visto que a otros les funciona para reducir riesgos, puede ser razonable en el trabajo y en las responsabilidades. Pero cuando esa lógica se extiende a cómo nos mostramos, cómo disfrutamos de nuestro tiempo libre o cómo nos definimos, algo se pierde. La vida se vuelve más eficiente, pero también más previsible y por tanto, menos emocionante.
Y es aquí donde surge la pregunta: ¿cuánto de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que deseamos nace realmente de nosotros y cuánto se ha ido incorporando por repetición o imitacion?
La comodidad de no elegir es comprensible en un entorno saturado. Pero elegir, aunque nos aleje de la mayoría, incluso con el riesgo de equivocarnos, sigue siendo una forma de libertad.
