domingo. 02.08.2026

Castora Blas: «Vivimos sin luz, sin agua… y éramos felices»

Con la Fraga de Raña Lobos como testigo, Pastora Blas Cotado rescata en un libro la memoria, las leyendas y las costumbres de Buxán para que las nuevas generaciones conozcan el mundo en el que crecieron sus mayores
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Hay personas que escriben libros. Y hay personas que escriben para que un mundo entero no desaparezca. Pastora Blas Cotado pertenece a las segundas.

Nos recibe en su casa, en Buxán, con un libro entre las manos y la Fraga de Raña Lobos extendiéndose a su espalda. No es un paisaje elegido al azar. Entre aquellos árboles y praderas transcurrió parte de su infancia, nacieron muchas de las leyendas que escuchó siendo niña y permanecen los recuerdos que hoy ha querido rescatar del olvido. La fraga parece observar en silencio a quien ha decidido convertirse en la guardiana de la memoria de su pueblo.

El próximo 11 de agosto, a las 11.00 horas, presentará en el Concello de O Bolo un libro que no nació con la intención de convertirse en una publicación. Nació de la nostalgia. De la necesidad de dejar por escrito una forma de vivir que desaparece con quienes la conocieron.

Una niña enamorada de la naturaleza

Mientras habla, Pastora vuelve una y otra vez a la niña que fue. Su padre la llevaba desde muy pequeña a cuidar las vacas. Ella no recuerda el esfuerzo. Recuerda la felicidad.

«Me encantaban los animales, las praderas, el agua que brotaba de los manantiales, los pececillos, las flores… Yo vivía la naturaleza», cuenta con una emoción que no ha perdido fuerza pese al paso de los años.

También recuerda aquellos días en los que insistía en quedarse a dormir con unos familiares que vivían solos entre viñedos y castaños. Allí encontraba una paz difícil de explicar. «Era feliz», resume.

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La niña que escuchaba a los mayores

Más que hablar, Pastora escuchaba. Mientras los mayores conversaban al caer la tarde, ella permanecía atenta a cada palabra.

Escuchó hablar de una pandemia cuando ni siquiera sabía qué significaba aquella palabra. Oyó decir que llegaría un tiempo en el que ya no habría estaciones, que los campos quedarían abandonados y que las personas acabarían comunicándose a través de pantallas con cualquier lugar del mundo.

Entonces le parecían historias imposibles. Hoy reconoce que muchas de aquellas conversaciones acabaron haciéndose realidad.

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«La nostalgia me estaba matando»

Como tantos vecinos de O Bolo, Pastora emigró y luego se instaló en Madrid. Pero nunca dejó de volver a Buxán. Y en cada regreso encontraba un pueblo distinto.

Los viñedos desaparecían poco a poco. Las fincas se cubrían de maleza. Ya no había animales en los prados ni niños corriendo por los caminos.

«Empecé a ver los terrenos abandonados, los viñedos abandonados, que la gente ya no tenía animales... La nostalgia me estaba matando», recuerda.

Fue entonces cuando empezó a escribir. o para publicar. Ni siquiera para enseñar a nadie. Escribía para entender por qué aquel mundo que había conocido estaba desapareciendo.

Un homenaje a quienes nunca fueron reconocidos

Entre las páginas del libro no solo aparecen paisajes, también están las personas. Pastora habla con admiración de mujeres como Clementina o Manuela, expertas en trabajar el lino con una habilidad que hoy considera auténtico arte. «Eran verdaderas artistas y nunca fueron reconocidas por nadie», lamenta.

Por eso decidió escribir. Para que las nuevas generaciones sepan quiénes fueron aquellas mujeres y aquellos hombres que levantaron los pueblos con su trabajo.

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«Quería que los jóvenes supieran cómo vivimos»

Hay una frase que resume todo el libro. «Vivimos sin luz, sin agua, sin tecnología... y éramos muy felices». No es una crítica al presente, es una invitación a recordar que la felicidad también podía encontrarse alrededor de una lareira, compartiendo castañas, escuchando historias o ayudando al vecino.

«Ahora tenemos de todo, pero muchas veces ya no hablamos entre nosotros», reflexiona, sin perder en todo momento la sonrisa.

La memoria de un pueblo

En el libro hay espacio para casi todo. Para el lino, las siembras, el pan, las vendimias, los carnavales, las reuniones alrededor del fuego, las canciones populares y las tertulias que reunían a los vecinos cuando todavía no había electricidad.

Pero también para las historias que alimentaron la imaginación de generaciones enteras. Las leyendas de la Fraga de Raña Lobos, los encantamientos, la Cántara da Moura, los tesoros escondidos, las gallinas con polluelos de oro o las melodías misteriosas que algunos pastores aseguraban escuchar en mitad del bosque forman parte de un patrimonio oral que Pastora se ha empeñado en conservar.

«Si no las escribía, se perderían», viene a decir con cada recuerdo.

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Con Lucía, con quien jugó cuando era pequeña y hoy sigue conservando los lazos de una eterna amistad

Una mujer que emociona antes de terminar una frase

La sensibilidad de Pastora no necesita presentación. Va apareciendo poco a poco a medida que avanza la conversación.

En mitad de la entrevista, sin previo aviso, rompe a cantar con una voz profunda una canción compuesta por ella misma. Minutos después recita, desde el alma, una de las poesías que recoge «Tradiciones y vivencias de nuestros antepasados», como si cada verso siguiera perteneciendo a las personas que inspiraron el libro.

Y cuando la conversación parece haber terminado, llega su amiga Lucía. Entonces desaparece por unos instantes la escritora y vuelve a aparecer la niña traviesa, cercana y sensible que un día se detenía a escuchar las conversaciones de los mayores para guardarlas en la memoria. Esa niña sigue viviendo en Pastora y es, precisamente, la que ha querido inmortalizar entre las páginas de un libro que nace para que Buxán nunca olvide quién fue.

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«No sabía que mi pueblo me quería tanto»

Cuando terminó el manuscrito lo envió a una editorial desde Madrid. Pasó semanas esperando una respuesta. Pensó que quizá nunca llegaría. Pero llegó, y con ella, una sorpresa todavía mayor.

Los primeros ejemplares comenzaron a venderse y la acogida de sus vecinos la emocionó profundamente. «No sabía que mi pueblo me quería tanto», confiesa.

Para agradecer aquel cariño organizó una merienda con empanadas y dulces preparados por sus amigas. Era la manera que encontró de devolver el afecto recibido.

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Enamorada del carnaval de su pueblo , nos enseña fotos de su disfraces

Una segunda parte ya asoma entre los recuerdos

Pastora reconoce que, cuando cerró el libro, sintió que aún quedaban muchas historias por contar. Los carnavales, las bodegas, las costumbres que no llegaron a entrar en el manuscrito... «¡Cuántas cosas dejé sin escribir!», dice entre risas.

Y es entonces cuando uno comprende que este libro no es un punto final, es el comienzo de una conversación entre generaciones.

Una conversación para que los más jóvenes sepan que hubo un tiempo en el que los pueblos estaban llenos de vida, los caminos unían a los vecinos, las fuentes nunca dejaban de manar y la felicidad no dependía de tener mucho, sino de tenerse los unos a los otros.

Con la Fraga de Raña Lobos contemplándolo todo desde el mismo lugar de siempre, Pastora Blas Cotado ha conseguido algo mucho más importante que publicar un libro. Ha logrado que la memoria de Buxán siga teniendo voz.

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El libro en la mano y su pueblo, Buxán, detrás
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Castora Blas: «Vivimos sin luz, sin agua… y éramos felices»