La lluvia respetó a San Francisco Blanco y Outarelo sacó sus reliquias
La lluvia respetó a San Francisco Blanco este 7 de febrero y permitió a Outarelo celebrar su romería. Una cita que, más allá del número de puestos o de asistentes, se entiende mejor mirando atrás, escuchando a quienes la vivieron cuando era multitudinaria y cuando marcaba, casi sin excepción, el calendario festivo de la comarca.
San Francisco Blanco es una de esas celebraciones que no se miden en cifras, sino en memoria. Un santo al que se acudía —y se acude— para aliviar los dolores de cabeza, para pedir que los males no lleguen, pero también para algo tan esencial como verse, reunirse y compartir mesa y conversación.
Durante muchos años, esta fue una romería de comarca. De Valdeorras, sí, pero también del Bierzo y de La Cabrera. Gentes que llegaban caminando o en carros, con la comida preparada desde casa y las carabelas bien cargadas, para pasar el día entero en los prados que rodeaban la capilla del santo.
Prados que hoy son viñedos. Donde antes se extendían mantas, hoy crecen cepas. Donde se compartían empanadas, pan y vino, hoy madura la uva que sigue contando la historia del lugar.
Con el paso del tiempo llegaron las pulpeiras, sustituyendo aquellas comidas familiares, y hoy la romería se presenta de forma más sencilla. Apenas un puesto de rosquillas, el gesto de pasar por el santo, la devoción tranquila… pero también algo que permanece intacto: la memoria colectiva.
El día propio de San Francisco Blanco es el 5 de febrero, aunque desde hace seis años la celebración se traslada al primer sábado del mes para facilitar la asistencia. Así ocurrió este 7 de febrero, una fecha que este año tuvo además un significado especial para los vecinos de Outarelo.
Tal y como explicó la pedánea, Matilde Prada Rodríguez, la festividad contó con la participación de vecinos de Tameirón (A Gudiña), localidad natal del santo. Por iniciativa del párroco, Jesús Álvarez, acudieron a Outarelo portando la reliquia que conservan allí, un dedo del santo, que estuvo presente tanto en la misa como en la procesión.
Este gesto simboliza el encuentro entre ambas parroquias y da continuidad a la visita que el pasado verano realizaron los vecinos de Outarelo a Tameirón, reforzando los lazos históricos y devocionales entre ambos lugares.
San Francisco Blanco fue un misionero franciscano nacido en Tameirón en 1570 y fallecido en Nagasaki, Japón, en 1597. Según recuerda la pedánea, el cráneo que se venera en Outarelo fue trasladado al pueblo por los marqueses de la Villa del Castro, antiguos propietarios del palacio, quedando desde entonces ligada la festividad a este enclave.
Durante décadas fue una romería muy concurrida, con vecinos llegados de distintos puntos de la comarca que pasaban la jornada completa en el entorno. Hoy, con una población mucho más reducida, la celebración mantiene un formato más humilde, pero conserva los elementos esenciales: misa, pequeña procesión, música de gaitas durante la mañana y parte de la tarde, pulpo, roscas y un ambiente cercano que no se improvisa.
Desde la organización lo resumen con sencillez: “es lo que puede ofrecer un pueblo pequeño”, pero también una fiesta bonita, de las que se recuerdan con cariño y que siguen resistiendo, año tras año, al paso del tiempo.