La imagen de la Virgen enlutada recorrió la pasada noche las calles de Petín y O Castro acompañada por la luz de los caracoles. Una noche calurosa en la que la gente salió a la calle para acompañar a la madre del Nazareno en su soledad.
La procesión de la Soledad, conocida también como la de los caracoles, es una tradición única de la Semana Santa que se celebra en la noche del Viernes Santo en la villa de O Castro y también en Petín.
Mechas y caparazones prendidos en O Castro
En O Castro, su origen se basa en la necesidad y el ingenio popular. Antiguamente, la aldea carecía de alumbrado público y los vecinos no disponían de suficientes velas o faroles para iluminar el paso de la Virgen de la Soledad por sus empinadas y estrechas calles.
Para solucionar este problema, los habitantes comenzaron a recolectar caparazones vacíos de caracoles durante todo el año. El procedimiento tradicional consiste en limpiar las conchas y se rellenan con aceite o grasa. Luego se introduce una estopa o mecha de algodón que, al encenderse, funciona como una pequeña lámpara de aceite. Esta especie de “farolillos” naturales se colocan en muros, ventanas y recovecos del camino, creando un ambiente de luz tenue y mística que guía la imagen de la Dolorosa.
La afluencia de público fue muy numerosa. A las diez menos cinco se apagaron todas las luces del pueblo y, a las diez, la Virgen salió de la capilla en dirección al Pazo, donde estaba preparado un pequeño altar. Allí se detuvo, se rezaron unas oraciones y, tras realizar tres reverencias, la comitiva continuó el recorrido hacia la capilla por la parte alta del pueblo.
A medida que avanzaba la procesión, se iban encendiendo los caracoles con sopletes situados a lo largo del recorrido. Este año, además, se incorporaron piñas, que aportaron un efecto visual especialmente llamativo.
Otra peculiaridad es la parada de la procesión a la puerta de la capilla de Pazo do Castro donde al igual que antaño las dos imágenes se encuentran.
Petín: caracoles y tradición familiar
En Petín, los caracoles lucen desde hace décadas en la casa de Pili, una vecina de la calle A Carreira. Aunque ella ya no está, son sus hijos quienes continúan preparando los caracoles y los encienden al paso de la Virgen. Antiguamente también se iluminaban la barandilla de las escaleras y los aros de los maceteros, aunque hoy en día esta práctica es menos frecuente.
Otra peculiaridad de esta procesión es el canto del Miserere. Las primeras notas se entonan en la iglesia y, a lo largo del recorrido, el silencio es absoluto, solo roto por la voz grave de los hombres que acompañan a la Virgen.
Esta tradición se ha mantenido viva gracias al esfuerzo de los vecinos, convirtiéndose en una de las manifestaciones religiosas más singulares y visualmente impactantes de la zona.

