domingo. 21.06.2026

Cutús, Mari Ángel, Teresa: Manuela y Carmen: las mujeres que enseñaron a crecer a generaciones de valdeorreses

Las despedidas de las profesoras del Cosme López, Carmen desde la cafetería y Juan Carlos Peteiro en el Lauro Olmo cierran décadas de enseñanza, convivencia y compromiso con miles de alumnos

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Hay lugares que son mucho más que edificios. Espacios que terminan convirtiéndose en una segunda casa. Lugares donde pasan los años, las generaciones y las vidas. Para Cutús, Mari Ángel, Teresa, Manuela y Carmen, el IES Cosme López de A Rúa ha sido precisamente eso: una casa en la que han pasado más tiempo que en la propia.

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Teresa, Mari Ángel, Cutús, Manuela y Carmen el día de su homenaje

Este junio cierran una etapa que comenzó hace más de tres décadas. Algunas llegaron pensando que estarían un par de años. Otras tuvieron dudas antes de aceptar destino. Ninguna imaginaba que acabarían dedicando aquí prácticamente toda una vida.

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Cutús llegó en 1992. Teresa lo hizo en 1995. María Ángel ya estaba desde 1990. Manuela se incorporó años después. Carmen abrió por primera vez la cafetería en 1996. Entre todas suman más de siglo y medio de historia compartida con miles de alumnos.

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Con los compañeros del Cosme López

Cuando se les pregunta por un recuerdo especial, ninguna es capaz de elegir.«Es toda la vida», resume Cutús. Quien asegura que son tantos recuerdos, tantas anécdotas; tanto.

Porque durante estos años no solo enseñaron Biología, Matemáticas, Inglés o Física y Química. También vieron crecer a generaciones enteras de familias. Algunos de aquellos adolescentes regresaron años después convertidos en padres y madres de nuevos alumnos. Otros volvieron para saludar, para contar cómo les había ido la vida o, simplemente, para recordar una etapa feliz.

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María Ángel reconoce que muchas veces pasó más tiempo en el instituto que en su propia casa. Y quizá por eso habla con emoción de ver a antiguos alumnos convertidos en adultos, formando sus propias familias y construyendo nuevos caminos.

Teresa llegó desde A Coruña para quedarse apenas dos años. Treinta y uno después sigue aquí. «Algo tuvo que tener esto para enamorarme», reconoce. Los compañeros, los alumnos y la vida construida en A Rúa acabaron convirtiéndose en hogar.

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Manuela regresó por motivos familiares. Lo que parecía una vuelta provisional terminó siendo un reencuentro con su tierra. «Acabé estando en casa», explica.

Y después está Carmen. Treinta años detrás de una barra desde la que vio pasar miles de recreos, confidencias adolescentes y conversaciones improvisadas. Siempre discreta. Siempre presente. Las profesoras coinciden en que figuras como la suya son fundamentales en cualquier centro educativo. Porque educar también ocurre fuera de las aulas.

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Todavía hoy muchos antiguos alumnos recuerdan con cariño sus bocadillos y aquellos sándwiches que se hicieron casi tan famosos como algunas clases.

Durante la conversación surge una idea repetida una y otra vez: la educación es mucho más de lo que se ve. Las cinco reivindican una profesión que exige preparación, paciencia y una enorme implicación emocional. Hablan de tardes corrigiendo, de preocupaciones compartidas, de alumnos que triunfan y de otros que necesitan más ayuda. Hablan de acompañar a adolescentes en una de las etapas más complejas de sus vidas.

«El desgaste emocional es enorme», explican. Porque detrás de cada nota hay historias, circunstancias y personas. Sin embargo, ninguna cambiaría el camino recorrido.

Ahora llega una nueva etapa. Habrá más tiempo para la familia, para los nietos, para viajar o simplemente para vivir sin horarios marcados por timbres. Habrá nostalgia, reconocen. Es inevitable después de treinta años entrando por la misma puerta.

Pero también hay tranquilidad. Porque todas coinciden en algo, el relevo queda en buenas manos. El instituto seguirá adelante. Llegarán nuevos profesores, nuevas generaciones y nuevas historias.

Ellas se marchan, pero dejan algo mucho más importante que apuntes, exámenes o programaciones didácticas.Dejan una huella. La huella silenciosa de quienes dedicaron una vida entera a enseñar, acompañar y ayudar a crecer a miles de jóvenes de Valdeorras. Y esa, probablemente, es la lección más importante de todas.

A unos kilómetros de allí, en el IES Lauro Olmo de O Barco, otro nombre imprescindible también se despide de las aulas. Juan Carlos Peteiro pone fin a 38 años de trayectoria profesional como profesor, tutor y jefe de estudios.

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Profesor de Física y Química admirado por generaciones de alumnos, sus compañeros lo describen como un docente excepcional, generoso y profundamente comprometido con la enseñanza. «La Física nunca fue un problema con él», recuerdan quienes compartieron aulas y pasillos a su lado.

Valdeorrés de adopción y referente para cientos de estudiantes, Peteiro se suma este curso a esa generación de docentes que cierran una etapa dejando tras de sí algo difícil de medir en cifras: el respeto, el cariño y el recuerdo imborrable de quienes aprendieron con ellos.

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