Juan Torrente: «El peregrino de mochila, de silencio y de caminar casi en solitario necesita un camino como este»
El hospitalero voluntario del albergue de A Rúa, lleva más de cuarenta años ligado al Camino de Santiago y asegura que el Camino de Invierno conserva una esencia que ya es difícil encontrar en otras rutas jacobeas
Hay caminos que se recorren con los pies y otros que terminan recorriéndonos por dentro. El Camiño de Inverno pertenece a esa segunda categoría. Alejado de las grandes aglomeraciones y del bullicio de las rutas más conocidas, atraviesa algunos de los paisajes más sorprendentes del noroeste peninsular para regalar al peregrino algo cada vez más difícil de encontrar: silencio, tiempo y autenticidad. Quienes llegan hasta él suelen hacerlo después de haber caminado otros itinerarios jacobeos. Buscan una experiencia distinta. Y muchos terminan descubriendo mucho más que un nuevo camino hacia Santiago.
Cada tarde, cuando el reloj se acerca a las tres, Juan Torrente abre la puerta del albergue de peregrinos de A Rúa. Podría parecer que comienza una rutina más. Sin embargo, para él nunca hay dos días iguales. «Cada vez que abrimos la puerta no solo entran peregrinos; entran experiencias y vivencias que a mí, como hospitalero, me aportan muchísimo».
Lo dice alguien que lleva casi media vida caminando hacia Santiago. Con 63 años ha recorrido más de veinte caminos completos y ha descubierto que la verdadera riqueza de la peregrinación nunca estuvo en los kilómetros, ni en las credenciales selladas, ni siquiera en llegar al Obradoiro. Está en las personas y quizá por eso hoy ha decidido situarse al otro lado del Camino.
Desde hace varias semanas ejerce como hospitalero voluntario de la Asociación Galega Amigos do Camiño de Santiago en el albergue de A Rúa, uno de los puntos de descanso del Camiño de Inverno, una ruta que, lejos de las grandes masificaciones, sigue conquistando a quienes buscan vivir la peregrinación con calma.
Cada tarde recibe a peregrinos llegados de países tan distintos como Corea, Italia, Estados Unidos, Alemania o Australia. Su experiencia como caminante y como hospitalero le permite contemplar el Camino desde las dos orillas: la del que busca y la del que acoge.
No duda cuando se le pregunta por qué cada vez más peregrinos eligen el Camino de Invierno. «La mayoría son peregrinos experimentados. Ya han hecho el Camino Francés o el Portugués y buscan algo diferente. El peregrino de mochila, de silencio y de caminar casi de forma individual necesita un camino como este». Para él, la ausencia de masificación se ha convertido en uno de los grandes valores de esta ruta, donde todavía es posible caminar durante kilómetros acompañado únicamente por el sonido del agua, del viento o del propio paso.
Pero el Camino de Invierno no solo conquista por la tranquilidad. También lo hace por un paisaje que sorprende incluso a quienes han recorrido otras rutas jacobeas. Juan habla de una belleza natural que invita a detenerse, a levantar la vista y a dejar que sea el propio Camino quien marque el ritmo. «Tiene una belleza natural impresionante. Además, te aporta una soledad durante todas las etapas que te permite conocerte un poquito mejor». Una reflexión que resume el motivo por el que muchos peregrinos regresan una y otra vez a esta ruta.
Paradójicamente, es precisamente esa soledad la que termina generando algunos de los encuentros más profundos. Cada tarde, cuando las puertas del albergue de A Rúa se abren, comienzan a cruzarse historias procedentes de medio mundo. Personas que apenas comparten idioma acaban compartiendo mesa, conversación y experiencias. «El Camino tiene su propio idioma. Aquí nos sentamos personas de distintos países y somos capaces de entendernos. Hay cosas que pasan en los albergues y en el Camino que en la vida diaria serían imposibles».
Esa capacidad para crear vínculos fue también la que llevó a Juan a convertirse en hospitalero. Después de tantos años caminando sintió que había llegado el momento de devolver al Camino todo lo que este le había regalado. «Ser hospitalero es una manera de devolverle al Camino lo que me lleva aportando durante tantos años». Sin embargo, reconoce que pronto descubrió que seguía siendo él quien más aprendía. «Cada vez que abrimos la puerta no solo entran peregrinos; entran experiencias y vivencias que a mí, como hospitalero, me aportan muchísimo. Yo casi tendría que pagar por estar aquí».
Durante la conversación hay un instante en el que la emoción interrumpe sus palabras. Apenas unos segundos bastan para comprender que el Camino ha dejado una huella profunda en su vida. «A veces no llegas a encontrar tu sitio por mucho que lo busques y, de repente, es el Camino el que te dice: "¿Y por qué tu sitio no va a ser este?"». Quizá esa sea la explicación más sencilla de por qué sigue dedicando parte de su tiempo a recibir a quienes llegan cansados después de una jornada de caminata.
Y estos días llegan especialmente agotados. La intensa ola de calor obliga a muchos peregrinos a modificar etapas y horarios. En el albergue de A Rúa, explica Juan, la hospitalidad siempre está por encima del reloj. «Si un peregrino llega antes porque viene agotado, lo primero que le dices es: acomódate, dúchate... ya me dejarás los documentos después. Hay que cuidar la salud del peregrino. Si no hacemos eso, no estamos ejerciendo la hospitalidad». Para él, el verdadero caminante necesita muy poco: «Una ducha, una cama, algo caliente que cenar y un desayuno».
Después de más de cuarenta años vinculado al Camino, asegura que ya no siente la necesidad de llegar siempre a Santiago. A veces le basta con recorrer cinco o seis etapas y regresar a casa. Lo importante no es el destino, sino volver a sentir el peso de la mochila y dejar que los pensamientos encuentren su sitio mientras los kilómetros pasan bajo los pies. «El verdadero Camino empieza siempre después de Santiago. Cuando vuelves a casa y piensas en la experiencia que has vivido».
Antes de despedirse lanza una reflexión dirigida también a quienes viven en Valdeorras y contemplan el Camino de Invierno como una presencia cotidiana. «No dejéis pasar la oportunidad de disfrutar de un territorio inmensamente bonito por el que además pasa el Camino de Santiago. Si lo apreciáis, cuidadlo».
Lo dice alguien que ha recorrido buena parte de las rutas jacobeas y que, precisamente por eso, sabe reconocer aquello que todavía permanece intacto. En un tiempo en el que muchos peregrinos buscan volver a la esencia, el Camino de Invierno continúa ofreciendo algo que ya no resulta tan fácil encontrar: un territorio que se camina sin prisas, una hospitalidad que nace de la cercanía y la oportunidad de descubrir que, a veces, el viaje más importante no conduce a Santiago, sino al interior de uno mismo.