Abrir cada día una farmacia en un pueblo pequeño no siempre es un negocio. Cuando la mayoría de los clientes son vecinos mayores y las ventas dependen casi por completo de recetas, los números dejan de cuadrar. Por eso, la Xunta ha decidido subvencionar estas boticas: para sostener un servicio que, aunque no sea rentable, resulta imprescindible para la vida en el rural.
El Diario Oficial de Galicia publica este miércoles una orden de ayudas dirigida a las farmacias ubicadas en las denominadas zonas farmacéuticas especiales, aquellas donde la baja población y la escasa actividad económica ponen en riesgo su continuidad. En Valdeorras la medida afecta a Carballeda de Valdeorras, O Bolo, Larouco y A Veiga, cuatro municipios donde mantener abierta una botica requiere algo más que vocación.
La línea de subvenciones, dotada con cerca de 100.000 euros para toda Galicia, permitirá a cada farmacia recibir hasta 18.000 euros al año. El objetivo es claro: cubrir gastos básicos de funcionamiento —desde el alquiler o la luz hasta los servicios de telecomunicaciones o los seguros— y facilitar la contratación de farmacéuticos adjuntos que puedan asumir guardias o sustituciones en vacaciones.
Porque ese es otro de los problemas silenciosos del rural: cuando solo hay una farmacia, no siempre es fácil garantizar turnos de guardia o, simplemente, que el titular pueda descansar unos días. Las ayudas buscan precisamente eso, dar oxígeno a unos establecimientos que funcionan como mucho más que un punto de dispensación de medicamentos.
Para poder acceder a estas subvenciones, las farmacias deben cumplir condiciones exigentes: estar en zonas con baja densidad de población, ser únicas en su área y acreditar dificultades económicas. En algunos casos, incluso haber mantenido guardias durante todo el año con una facturación limitada por recetas del sistema público.
La medida se enmarca en una estrategia más amplia de la Xunta para asegurar la prestación farmacéutica en todo el territorio, pero deja también una evidencia sobre la mesa: en buena parte del rural gallego, servicios básicos como una farmacia dependen ya de apoyo público para sobrevivir.
En comarcas como Valdeorras, donde la dispersión y el envejecimiento de la población son una constante, esta realidad no sorprende. Lo que sí cambia es que ahora tiene respaldo económico. Porque, cuando no salen las cuentas, mantener abierta una farmacia deja de ser una cuestión de negocio para convertirse en una necesidad colectiva.


