jueves. 18.04.2024
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Pobre Paulino

De cazadores furtivos de historias está el mundo lleno, y de eso se nutren los autores para crear. De captar, de poner la antena, de despejar bien los tímpanos o de agarrar del hombro a la paciencia y dejarse llevar por ella. También, es de recibo martillear invisiblemente sobre una atención prestada, disimulando algo de distracción en la escucha de lo que se cuenta, claro. Ya sean historias, leyendas, fábulas, etc. Reales o ficticias.

Yo mismo, siempre he defendido que en los bares se podía hallar un elenco de personajes dignos de ser inmortalizados. Estos establecimientos se encuentran unidos al mundo literario por ese punto de unión que provoca un abrazo mutuo, a consecuencia de la soldadura inspiradora en la que tinta y papel se funden a la vez.

Manuel Rivas, sin ir más lejos, afirmó que, escribir en cafés había sido una práctica muy común en él. Y aludía con adecuado acierto, a que, en dichos lugares, primaba una “psicografía tabernícola”; motivo que los convertía en espacios particulares. Otro escritor gallego: Xoán Tallón, declaró acertando de pleno, que el bar era esa casa de la que siempre te podías marchar. Que los bares venían a ser nuestras biografías.

El poeta José Hierro, utilizó a diario un bar de barrio como punto de trabajo, en el que la escandalera y las voces cruzadas de los parroquianos se caracterizaban de musas ambientales.

Y Fernanda Paz, amiga y madriña literaria, reafirmó todo eso una tarde de agosto en el antiguo colegio de Santa Leonor (Pobra de Trives), con una frase de su propia cosecha: “La prueba irrefutable de que hoy estemos aquí… en este acto literario, es que perfectamente podemos salir de copas y conversar sobre literatura”.

La historia de Paulino llegó a mis oídos por primera vez en un bar. Sí… tenía todos los números para que así fuese ¿no? Por lo cual, procedo a narrar este hecho que sucedió tiempo ha.

Hace muchos, muchos años, cuando otros gallos cantaban y distinto siglo marcaba el compás de los tiempos… en A Pobra de Trives (La Puebla) vivía –y bien– un señorito que pertenecía a una familia reputada de la zona. A este joven, se le atribuían varias amantes. Y entre ellas, se encontraba una que ganaba más enteros en el corazón y la bragueta del señorito que ninguna. Esa amante era conocida como “La Pascuala”.

Esta mujer, tenía varios hijos. Unos del mismo padre, otros no. Unos se parecían y otros no. Como cuando compras un artículo de similares características y te aclaran eso de “tienen cosas en común, sí, pero son de distinto fabricante”.

De los hijos que tuvo “La Pascuala” con el señorito, éste no reconoció a ninguno. Sin embargo, se rumoreaba por la villa que el paso de los años había ido ablandando la coraza del padre. Obviaremos lo de supuesto, porque lo era a todos los efectos. Y que, pese a no reconocer tampoco al último, de nombre Paulino, sí que le pagó los estudios de notario en Madrid.

Por aquel entonces, los que cursaban esos estudios, los finalizaban siendo todavía bastante jóvenes. Con veintiún años o cerca de veintidós, consiguió Paulino abrazar a su profesión. Regresando a su Trives natal convertido con todas las de la ley –nunca mejor dicho– en un primerizo notario.

Pero el destino, que puede llegar a ser muy bastardo –más incluso que Paulino– se vistió de fatalidad con el traje de gala del por entonces tan letal y temido tifus. Así que, la desgracia, una mañana, se ajustó el cinturón de sus antojos al azar y le chistó exigente a la muerte, mientras le señalaba con el dedo índice el lugar exacto en el que se encontraba postrado en cama un agonizante Paulino.

Nuestro protagonista fue enterrado en el cementerio de A Pobra de Trives. En su lápida no figuraron apellidos, pues el estigma que se imponía a los hijos de madre soltera pesaba en exceso en aquella sociedad de entonces. Aunque, eso sí, sobre el mármol que debía indicar el lugar en el que yacían sus restos, figuró un conciso y escueto: Pobre Paulino.

Dicha lápida se perdió, por decirlo de alguna manera. Por lo tanto, no llegó a ser colocada en el cementerio trivés. Pero el destino le tenía reservado otro lugar –mejor, no lo vamos a negar– puesto que el mármol es un material muy aprovechable, por lo que la lápida del finado Paulino pasó a formar parte del mobiliario de un bar de la villa a modo de mesa. Concretamente, del que fue el Bar Jamón, conocido también como “El Maquinita”.

Esta historia, fue raptada allá por el 1.945 más o menos por la inspiración del escritor Camilo José Cela para la que fue su archiconocida obra literaria “La Colmena”.

El de Iria Flavia, plasmó en uno de los pasajes de dicha novela esa circunstancia que en su día le contaron sobre el paradero de la lápida del malogrado Paulino. Y así quedó inmortalizada su adaptación, que se reflejó en la consabida escena en la cual los protagonistas se reúnen alrededor de uno de los veladores de un café. Y es ahí, cuando se palpa y se lee por debajo de una mesa –gracias al relieve– la inscripción de una lápida que debería formar parte de un camposanto y no de una cafetería.

Existen cuentos que no acaban bien, otros que sí, e incluso los hay chinos. También –si se me permite– de los que se llevan a cuestas y se cuentan, porque siempre hay alguien que tiene la tranquilidad suficiente para escucharlos. Pero en este caso, el que se expone… se sabe que tras ese regusto agridulce que la muerte de Paulino dejó, tuvo dentro de lo que cabe un final feliz.

Ocurrió que, el señorito rico enviudó. Y entonces, vio el camino despejado para casarse con la mujer que durante tanto tiempo amó en la clandestinidad, por decirlo de alguna forma. Y esa mujer no era otra que “La Pascuala”, con la cual se casó.

Formaron así, los dos, una unión matrimonial de lo más normal –válgame lo aburguesado de esa normalización– porque eso sí, a “La Pascuala” siempre se le denegó el paso por la entrada principal de la casa. Por lo que se resignó –un mal menor después de lo vivido– a pasar por la puerta de servicio, sin que esa circunstancia le alterase el temperamento por encima de lo saludable.

A modo de epílogo, si se me permite, y para que no se quede esta puntualización braceando en el tintero del olvido, sin opción a surcar los mares de las pupilas lectoras… la lápida de Paulino ocupó su sitio en el lugar que le correspondía, que no era otro que el cementerio de A Pobra de Trives. Junto a los restos de esa familia que nunca le aceptó como uno de los suyos.

*Apéndice (y otros órganos): A día de hoy, la placa de mármol continúa ocupando su espacio en el cementerio trivés. Allí, y al igual que se esculpen los bostezos en la antesala del sueño, se puede dar con lo que en un tiempo remoto se cinceló en relieve sobre una superficie. Y sí, efectivamente, con o sin gafas, se puede leer una inscripción en la que pone lapidariamente lo siguiente: Pobre Paulino

¡Pobre Paulino!