Santiago en Petín: la fiesta que cambia con los años, pero sigue latiendo en el mismo lugar
Las campanas repicaban ya desde primera hora de la mañana. Las potentes bombas de palenque despertaban incluso a quienes habían visto amanecer y el sonido de la charanga comenzaba a escucharse a lo lejos. Podría ser la estampa de muchas fiestas patronales, pero en Petín este 25 de julio tiene un significado especial: es el día de Santiago Apóstol, patrón de Galicia y también patrón del pueblo.
La mañana conserva algunos de los sonidos de siempre, aunque las fiestas ya no se viven exactamente como antes. Hubo un tiempo en el que los gaiteiros, e incluso la banda de música durante algunos años, recorrían con la alborada todos los barrios de Petín: O Sobredo, Santiago, A Ponte, A Veiguiña o Castrofolla.
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Los músicos avanzaban de casa en casa y los vecinos los recibían con una copita de licor café o, sencillamente, con un café acompañado de un pedazo del roscón preparado para la fiesta. A veces bastaba con que se detuviesen a descansar; otras, eran ellos mismos quienes llamaban a una puerta. La música servía para anunciar que el día grande ya había comenzado y para despertar un pueblo que se preparaba para celebrar.
Cocinas llenas desde primera hora
En las casas había entonces mucho más bullicio a esas horas. Desde primera hora, las mujeres de la familia y las tías que llegaban invitadas comenzaban a preparar el convite. El menú se repetía con pequeñas variaciones, pero tenía algo de ritual: lacón, gallina, cabrito, empanadas, salpicón, ensaladilla y ternera trufada, elaborada durante los días anteriores porque requería tiempo, paciencia y un buen prensado. Para terminar, macedonia, dulces y todo aquello que permitiera agasajar a quienes se sentaban a la mesa.
También había que colocar las mesas y dar el último repaso a la casa para que todo estuviese perfecto antes de recibir a tíos, sobrinos, primos, amigos y vecinos. Las viviendas eran pequeñas, pero siempre parecía quedar un hueco más para quien quisiera sentarse.
Las cocineras, sin embargo, apenas lo hacían. La madre, la abuela o la tía recorrían una y otra vez el camino entre la cocina y el comedor. Servían, recogían, comprobaban que nadie necesitara nada y volvían a llenar las fuentes. Era otra forma de vivir la fiesta, disfrutarla cuidando a los demás y ofreciendo a familiares y amigos las mejores viandas de la casa.
Hoy resulta difícil entender aquella manera de celebrar. Los menús son menos laboriosos, abundan los asados que apenas necesitan atención y los fiambres cuya mayor complicación es esperar el turno en el mostrador del supermercado. Las casas también reúnen a menos comensales aunque son infinitamente más grandes. Han cambiado las familias, los ritmos de vida y hasta la forma de sentarse alrededor de una mesa.
La procesión y la ropa de estreno
Los actos religiosos se vivían también de otra manera. Para asistir a la misa y a la procesión se estrenaba indumentaria. Los hombres acudían con traje, las mujeres lucían vestidos impolutos y los niños vestían pantalones cortos y camisas nuevas, mientras que las niñas llevaban vestidos alegres preparados para la ocasión.
En la iglesia no cabía un alfiler. La misa era uno de los momentos centrales de la jornada y la procesión sacaba la celebración a las calles, con la imagen de Santiago acompañada por vecinos que participaban no solo en un acto religioso, sino también en uno de los ritos colectivos más importantes del año.
Misa cantada por el coro de la iglesia que también se reduce un poquito más cada año que pasa, no hay continuidad . Los jóvenes no se unen a las voces que entonan los cánticos religiosos.
Hoy la procesión sigue recorriendo Petín. Quizá ya no estén todos los que antes la acompañaban y tal vez no se estrene ropa para acudir, pero continúa dejando una imagen reconocible, la del pueblo caminando detrás de su patrón, manteniendo viva una tradición que enlaza a varias generaciones.
De la sesión vermú al campeonato de tute
Después llegaba uno de los momentos más sociales de la mañana: la sesión vermú. La orquesta o el grupo que actuaría durante la fiesta y la verbena ofrecía sus primeros acordes, mientras algunos comenzaban a bailar y otros sostenían un vaso, una copa o una taza entre conversación y conversación.
Era el momento de reencontrarse con quienes regresaban al pueblo por las fiestas, preguntar por la familia y comprobar cuánto habían crecido los niños desde el verano anterior. Las calles y la plaza servían como punto de reunión antes del gran convite familiar.
Ya por la tarde se disputaba el campeonato de tute, una buena excusa para levantarse de la mesa para quienes no soportaban permanecer demasiado tiempo sentados. Los demás aprovechaban para dormir la siesta o continuar hablando del pasado, del presente, del futuro y, en definitiva, de la vida.
También se celebraba el conocido partido de solteros contra casados. Resulta difícil imaginar cómo podían correr detrás de un balón después de todo lo que habían comido, pero el partido formaba parte de la fiesta y siempre había fuerzas para defender el honor de uno u otro equipo.
Los más pequeños tenían sus propios entretenimientos: carreras de sacos, piñatas, el juego del pañuelo y otras pruebas que llenaban la tarde mientras esperaban la llegada de la fiesta.
Una plaza en la que apenas se podía caminar
Por la noche, la plaza se abarrotaba. Atravesarla entre la multitud era casi imposible, salvo cuando comenzaban los bailes lentos y las parejas se acercaban tanto que dejaban algo más de espacio alrededor.
Los mozos pedían baile a las mozas y los niños los observaban con curiosidad, quizá para aprender o simplemente porque no querían perderse nada de lo que ocurría. En aquella plaza se bailaba, se conocía gente, nacían historias y se compartían confidencias bajo las luces de la verbena.
Entre pitos y flautas, Santiago se iba despidiendo y el cuerpo comenzaba a prepararse para la jornada siguiente: el día de los vecinos, el de la patrona Santa Ana y también el de San Joaquín, los abuelos de Jesús.
La fiesta que cada uno lleva dentro
Son otros tiempos y otra forma de celebrar. Quedan muchos recuerdos, pero también nuevas imágenes que se incorporan cada año a la historia de Petín.
Hay quienes viven el día de Santiago con alegría, quienes lo hacen con morriña y quienes no pueden evitar acordarse de aquellos que ya no están. Cada familia guarda sus propias escenas: una mesa llena, una voz en la cocina, un baile en la plaza, el sonido de la banda acercándose por el barrio o una mano conocida acompañando la procesión.
Cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Sucede que la memoria acostumbra a quedarse con lo bonito y a suavizar aquello que costaba más. Las fiestas cambian porque también cambian los pueblos y las personas que los habitan.
Lo importante es seguir estando. En la fiesta y en la vida. Aquí y ahora, viviendo lo que toca vivir, escuchando las campanas, acompañando la procesión y dejando que Petín vuelva a reunirse alrededor de Santiago, su patrón.
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