No todo cambio empieza con más esfuerzo
La psicóloga Iria Fernández invita a replantearnos los propósitos de Año Nuevo desde el cuidado y no desde la autoexigencia para evitar que aparezcan la culpa y la frustración por no haber cumplido lo prometido
Cuando llega febrero, muchas veces comprobamos que las listas de propósitos para el Año Nuevo siguen ahí, pero ahora pesan. A la euforia inicial le toma el relevo una sensación más incómoda: la de no haber cumplido, la de ir tarde, la de haber fallado demasiado pronto.
En lugar de motivación, aparece el cargo de conciencia; en lugar de impulso, la frustración. Y muchas personas empiezan a castigarse por no estar a la altura de todo lo que se prometieron.
Desde el Centro de Psicología Resiliencia, la psicóloga Iria Fernández explica que el cambio de año actúa como un marcador psicológico de inicio. «Nuestro cerebro organiza el tiempo en etapas y el cambio de año funciona como una frontera mental que nos permite pensar que lo anterior quedó atrás y ahora puedo hacerlo distinto», señala. Ese simbolismo puede ser útil, pero también peligroso si se traduce en exigencia y no en cuidado.
El efecto del «borrón y cuenta nueva»
La idea de empezar de cero tiene una base psicológica clara. Los días, los meses y los años ayudan al cerebro a ordenar la experiencia. «Estos marcadores sirven para ordenar nuestra cabeza», explica Fernández. El problema aparece cuando esa frontera mental se interpreta como una oportunidad para arreglarlo todo de golpe: hábitos, rendimiento, emociones o relaciones.
En ese contexto, el cambio deja de ser un proceso gradual y se convierte en una obligación inmediata. «El cerebro humano no rinde bien bajo presión extrema», advierte la psicóloga. Y esa presión suele hacerse más evidente cuando pasan las primeras semanas del año y los objetivos no se están cumpliendo como se esperaba.
Por qué muchos propósitos se abandonan
Uno de los errores más habituales es pensar que los propósitos fracasan por falta de voluntad. Según Iria Fernández, la causa suele estar en cómo se formulan. «Muchas veces no es por falta de voluntad, sino por cómo los planteamos», afirma.
Propósitos demasiado grandes, vagos o abstractos, y cargados de culpa y autoexigencia, generan más ansiedad que motivación. «No decimos cuántos días vamos a ir al gimnasio, ni cuánto tiempo, ni cuándo», explica. El cerebro recibe una orden difusa y, ante la presión, responde con evitación.
Cuando el propósito se convierte en castigo
En consulta, la psicóloga observa con frecuencia que muchos propósitos nacen de una revisión muy dura del año anterior. Pensamientos como «no fui suficiente», «debería haber hecho más» o «otra vez lo hice mal» acaban transformando el cambio en una forma de compensación.
«Desde ahí, el propósito se convierte en un castigo, no en algo motivador», señala. Aparece la idea de tener que recuperar el tiempo perdido o corregirlo todo de golpe. Frente a esa lógica, Fernández propone reformular la pregunta inicial: «¿Qué necesito este año para estar un poco mejor?». Un planteamiento que cambia por completo el punto de partida.
Desde un enfoque psicológico, los propósitos que funcionan comparten varias características. La primera es que sean pequeños y concretos. «No decir “voy a cambiar mi vida”, sino “voy a caminar diez minutos tres días a la semana” o “voy a estudiar veinte minutos después de comer”», explica.
La segunda es centrarse en la conducta y no en el resultado. «No es “quiero aprobar todo”, sino “voy a sentarme a estudiar aunque no tenga ganas”». Al concretar el cuándo, el cuánto y el cómo, el cerebro entiende mejor la tarea y resulta más fácil llevarla a cabo.
La tercera clave es incluir margen para fallar. «Fallarse un día no invalida el proceso. El problema no es fallar, es abandonar por culpa», advierte. Algo que se repite con frecuencia en hábitos como la alimentación o el ejercicio, donde un error puntual acaba sirviendo de excusa para dejarlo todo.
Bajar el listón también es avanzar
Otro patrón habitual en consulta es el agotamiento. Personas que ya se exigen mucho y que, aun así, se proponen rendir más, producir más o exigirse todavía más. «A veces el mejor propósito no es hacer más, sino exigirnos menos», explica Fernández.
Escuchar el cuerpo, poner límites y dejar de compararse aparecen como objetivos más saludables que sumar nuevas obligaciones. «Muchas veces los propósitos vienen de la comparación social», señala, y no de las necesidades reales de cada persona.
Lejos de la idea de una versión mejorada de uno mismo, la psicóloga invita a mirar este momento del año desde otro lugar. «El año nuevo no pide perfección, no exige una versión mejorada de nosotros mismos», afirma. El verdadero cambio, añade, «no suele ser espectacular, sino silencioso».
Levantarse un día más, intentarlo una vez más y no rendirse con uno mismo puede ser, en muchos casos, el mayor avance. Porque no todo cambio empieza con más esfuerzo y febrero también puede ser un buen momento para empezar de otra manera.
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